Reforma Jorge F. Negrete P.
Falleció Edgar Morin, un personaje cuya curiosidad intelectual lo aproximó al análisis del ser humano y sus acciones, bajo un enfoque metodológico apasionante: el pensamiento complejo. A su memoria.
La disputa tecnológica entre EUA y China se describe como una guerra por chips, patentes, plataformas, datos, Inteligencia Artificial y cadenas de suministro: esta descripción es insuficiente. Si se le observa sólo como una competencia entre dos superpotencias, se pierde lo esencial: estamos ante una relación de rivalidad estratégica y dependencia estructural, de diferencia cultural e integración económica. Es decir, estamos ante un fenómeno complejo.
Para comprenderlo no basta la economía, la geopolítica o la ética. Se requiere una metodología capaz de pensar lo singular y lo diverso, la autonomía y la interdependencia: el pensamiento complejo de Morin.
Sostengo que la relación entre EUA y China en materia de tecnología digital es una dependencia estructural dentro de un sistema político-digital-global en reorganización: nace el capitalismo digital. EUA lidera el diseño de chips, software, plataformas, financiamiento e investigación de frontera. China concentra refinación de minerales críticos, capacidad industrial, integración logística, velocidad de despliegue y un Estado capaz de sincronizar fríamente poder político, inversión, estrategia y ejecución. Cada uno depende del otro en los terrenos donde quiere dejar de depender. Aquí la paradoja.
Esta disputa no es material. Es también antropológica, ética y civilizatoria. La reciente encíclica Magnifica Humanitas del papa León XIV coloca en el centro la custodia de la persona humana en el tiempo de la IA y advierte sobre la concentración de poder digital, la normalización de la guerra tecnológica, la mercantilización y la necesidad de un bien común. Ese llamado permite leer el conflicto entre Washington y Pekín como una narrativa de civilización: protestantismo, confusionismo y catolicismo. No estamos ante una guerra por tecnología, sino ante la disputa por definir qué tipo de civilización gobernará la tecnología y esta, está fragmentada.
Morin insistió en que la realidad no se deja reducir a compartimentos, invita a pensar las conexiones que los constituyen. Aplicado al conflicto digital entre Estados Unidos y China, el método obliga a evitar simplificaciones, por ejemplo, la idea de que la soberanía digital equivale a autarquía: grave error. La soberanía digital se ejerce administrando interdependencias, no negándolas. La soberanía absoluta denuncia una incomprensión de la globalidad y del capitalismo. Veamos el encuentro Xi – Trump: uno con los poderosos empresarios digitales en el avión, el otro sin sus empresarios, pero con el poderoso Estado Chino imperial y principales ministros. Dos culturas del poder frente a frente.
EUA y China tienen un dilema: son adversarios sistémicos en un mismo metabolismo digital global donde se necesitan. Washington genera estrangulamiento tecnológico y Pekín controla las cadenas productivas.
En el mundo de la infraestructura digital, en cada chip, en cada Centro de Datos, en cada red 5G, en cada modelo de IA está inscrita la totalidad del conflicto. Esta asimetría recíproca es la base de la dependencia estructural entre ambas, el mundo y se extiende a toda la infraestructura digital. Reducir esta confrontación a una guerra tecnológica es el último error de un pensamiento incapaz de advertir que toda infraestructura digital es, en el fondo, una decisión de civilización. El pensamiento complejo no simplifica problemas, los vuelve comprensibles.
La verdadera batalla no se libra por la tecnología digital, sino por la arquitectura moral, política y civilizatoria del mundo complejo que viene y de una nueva geografía del capitalismo digital.
Bajo el pensamiento de Morin, el futuro no pertenecerá al más fuerte, sino al que sepa pensar y comprender la complejidad, antes de intentar dominarla.
Presidente de DPL Group.
X / @fernegretep