Vicente Roqueñí López Director Senior de Relaciones con Gobierno y Política Pública para América Latina de DiDi
Intervención de Vicente Roqueñí López durante el evento Digital Summit Latam el 27 de febrero de 2026. Agradecemos al autor su autorización para reproducir el texto.
En los próximos diez años… no se definirá qué empresa crece más.
Se definirá qué empresas —y qué países— conservan legitimidad suficiente para seguir creciendo.
Lo que enfrentamos no es una revolución tecnológica.
Es una redistribución estructural de poder.
Y cada vez que el poder se redistribuye en la historia,
la estructura social se reconfigura.
La imprenta redistribuyó poder informacional.
La industrialización redistribuyó poder productivo.
La electrificación redistribuyó poder económico.
Hoy, la convergencia digital redistribuye los tres al mismo tiempo.
Estamos entrando en una era que llamo “convergencia humano-digital”.
No es digitalización.
No es transformación tecnológica.
Es el punto donde la tecnología deja de ser herramienta
y se convierte en entorno.
Un entorno que define:
Quién accede a crédito.
Quién accede a la educación.
Quién accede a ingresos.
Quién accede a mercados globales.
Quién accede a la influencia.
Hoy, la economía digital representa aproximadamente 15% del PIB mundial, y en economías avanzadas supera el 25%.
En América Latina, más de 300 millones de personas están conectadas, y el comercio electrónico ha duplicado su tamaño en menos de cinco años.
Las plataformas digitales no son marginales.
Son infraestructura económica.
Según estudios del Banco Mundial y organismos multilaterales:
- La inclusión financiera digital reduce costos de transacción hasta en 90%.
- Las fintech han ampliado acceso a crédito a millones de personas previamente excluidas del sistema bancario.
- La economía de plataformas ha generado oportunidades de ingresos flexibles para millones de trabajadores en la región.
Cuando una fintech redefine acceso a crédito, no está innovando en pagos.
Está ampliando la movilidad económica.
Cuando una plataforma de movilidad reorganiza el trabajo urbano, no está optimizando el transporte.
Está creando elasticidad laboral en economías con alta informalidad.
Cuando la Inteligencia Artificial automatiza procesos,
no está solo reduciendo costos.
Está elevando la productividad sistémica.
La pregunta no es si el impacto es grande.
La pregunta es cómo lo gobernamos sin sofocarlo.
Aquí debemos ser claros.
Regular para prevenir riesgos hipotéticos puede terminar bloqueando beneficios reales.
La historia económica es consistente: cuando se regula antes de comprender completamente la tecnología, se inhibe inversión, se frena experimentación y se desplaza innovación hacia otras jurisdicciones.
Si hubiéramos regulado Internet en 1995 como si fuera televisión, no existiría la economía digital actual.
Si regulamos Inteligencia Artificial como si fuera un riesgo nuclear, desplazaremos talento, capital y desarrollo.
La regulación inteligente no es preventiva por miedo.
Es adaptativa por evidencia.
El desafío no es menos regulación.
Es mejor regulación.
Una que:
- Sea proporcional al riesgo real.
- Sea dinámica.
- Sea interoperable internacionalmente.
- Y no penalice modelos que generan inclusión y crecimiento.
Porque cuando frenamos innovación en economías emergentes,
no estamos protegiendo a los vulnerables.
Estamos impidiendo que accedan a nuevas oportunidades.
Y eso también es una decisión política.
El nuevo contrato social es digital y es el equilibrio entre:
Innovación que genera crecimiento.
Regulación que genera estabilidad.
Legitimidad que genera continuidad.
Durante veinte años, el crecimiento digital fue tolerado porque generaba eficiencia.
En la próxima década, sólo será sostenido si genera prosperidad compartida.
La sociedad ya no pregunta:
“¿Funciona?”
Pregunta:
“¿Distribuye oportunidad?”
“¿Es transparente?”
“¿Es sostenible en el tiempo?”
Y esa conversación no puede ser ideológica.
Debe ser estructural.
Ante esto, América Latina será laboratorio o periferia
En el plano geopolítico, el escenario es claro.
Estados Unidos compite en innovación.
China compite con innovación en escala.
Europa compite en regulación.
América Latina no puede competir copiando.
Debe competir diseñando.
La región tiene ventajas únicas:
- Demografía joven.
- Alta penetración móvil.
- Ecosistemas fintech de los más dinámicos del mundo.
- Una economía históricamente informal que puede formalizarse digitalmente más rápido que economías maduras.
La informalidad no es sólo un problema.
Es una oportunidad de formalización tecnológica acelerada.
Si América Latina articula estándares comunes, interoperabilidad regional y visión estratégica compartida, puede convertirse en el laboratorio global de modelos híbridos de regulación e innovación.
Pero si se fragmenta en marcos nacionales descoordinados,
será simplemente mercado de adopción.
La soberanía digital no es cerrar fronteras.
Es tener capacidad real de decisión sobre infraestructura crítica, datos, talento y estándares.
Es poder negociar desde bloque.
Avancemos diez años al 2036
La Inteligencia Artificial será una infraestructura invisible.
Las plataformas serán la columna vertebral del empleo flexible.
Los datos serán el activo productivo central.
La conectividad será requisito básico de ciudadanía.
La pregunta no será si el sistema funciona.
La pregunta será si el sistema es legítimo.
Porque cuando la tecnología redefine la estructura social, no sólo transforma mercados.
Transforma expectativas.
Y cuando las expectativas superan las instituciones, surge fricción.
Esta es la década en la que decidiremos:
Si el poder digital concentra o distribuye.
Si amplifica la desigualdad o multiplica movilidad.
Si fragmenta sociedades o las integra.
Quien construye infraestructura digital construye estructura social.
Quien diseña algoritmos diseña incentivos.
Quien despliega conectividad despliega ciudadanía.
Quien concentra datos concentra poder.
Pero el poder con propósito genera progreso.
Dentro de diez años, esta generación será evaluada.
No por su capacidad de innovar.
Sino por su capacidad de integrar innovación con cohesión.
No por su velocidad.
Sino por su visión estratégica.
No por su capitalización.
Sino por su responsabilidad histórica.
La historia no recordará quién tuvo la valuación más alta.
Recordará quién entendió que la arquitectura digital
era también arquitectura social.
No estamos gestionando empresas.
No estamos administrando gobiernos.
Estamos rediseñando el equilibrio de poder del siglo XXI.
La década que viene no premiará a los más agresivos.
Premiará a los más lúcidos.
No premiará a los que reaccionen.
Premiará a los que diseñen.
Porque el futuro digital no será determinado por la tecnología.
Será determinado por el carácter, la inteligencia institucional
y el coraje estratégico de quienes la estructuran.
Este es nuestro momento.
Y las generaciones que vienen vivirán dentro de las decisiones que tomemos ahora.
