Mois Navon: la IA avanza como un tren, pero el ser humano sigue siendo la pregunta central

Mois Navon, fundador de Mobileye, dictó en una conferencia sobre Inteligencia Artificial (IA), tecnología y filosofía que la máquina debe asistir al ser humano, nunca sustituirlo, y que el gran reto tecnológico es ético, filosófico y espiritual. 

Navon diseñó el chip de Mobileye que está en más de 250 millones de vehículos autónomos. Es un ingeniero que construyó infraestructura crítica para la movilidad, un académico que se volvió referente en ética de la IA y un pensador que reflexiona que el mayor desafío de la era digital no es crear máquinas más poderosas, sino seres humanos más lúcidos, más morales y más capaces de gobernar su propio destino.

Para Navon, la revolución de la IA Generativa no comenzó con ChatGPT, sino en la década de 1950, cuando nació la idea de simular la inteligencia humana. 

Recordó hitos como las victorias de las máquinas en checkers, ajedrez y go. El salto real ocurrió cuando los sistemas dejaron de estar rígidamente programados y empezaron a aprender por su cuenta. 

Ahora la máquina tiene la capacidad de crear, decidir y, quizá, desbordar a sus propios desarrolladores.

Pero el centro de su disertación no fue la superioridad técnica de los sistemas, sino el lugar del ser humano frente a ellos. 

Navon recordó que la IA ya puede hacer tareas de creatividad cotidiana como proponer rutas, generar textos o producir imágenes, pero todavía tiene un límite. La máquina no puede crear a la persona.

Desde su interpretación filosófica, la creatividad humana no consiste en producir objetos, sino en convertirse en alguien. Por eso la vida no se reduce a fabricar cosas, sino a hacerse a uno mismo.

El ingeniero enlazó la relación entre Dios, el ser humano y la máquina. Navon recurrió a la tradición bíblica y a la figura de dos formas de ser humano, una orientada a construir, conquistar y entender el mundo; otra enfocada en la pregunta por el sentido de las cosas, la obediencia moral y la vida interior. Explicó que esa tensión vive dentro de cada persona. 

La tecnología pertenece al impulso por hacer, pero la filosofía pertenece a la pregunta “para qué”. En esa unión está la ventaja humana frente a la máquina.

La diferencia humana no está en la inteligencia, sino en la capacidad de elegir, fallar y corregirse. Navon afirmó que lo que vuelve singular al ser humano es la inclinación al error, el deseo y la tentación, pero también la posibilidad de retorno y transformación. 

Esa vuelta a uno mismo es un acto de creación personal. La máquina no debe pensar por la persona, sino convertirse en la mejor versión de sí misma.

El profesor de Ben-Gurion y director del Center for Ethics and AI and Jewish Thought en Bar-Ilan dijo que no se puede usar la IA para reemplazar el juicio humano; hacerlo debilita la capacidad de pensar. 

La verdadera amenaza no es que las máquinas se salgan de control, sino que las personas deleguen su criterio, su memoria y su responsabilidad a sistemas que ofrecen respuestas rápidas. La IA debe ayudar a decidir, no decidir por nosotros.

Navon habló de los riesgos de la innovación sin freno. Puso como ejemplo los deepfakes, útiles para educación o entretenimiento, pero capaces de destruir reputaciones y de producir abuso sexual digital. Ese es el tipo de daño que sí exige regulación inmediata, mientras que otros avances deben ser guiados, no frenados. 

Dijo que la tecnología avanza como un tren que casi nunca se detiene, de modo que la tarea de gobiernos, empresas y sociedad es conducirlo con reglas, límites y responsabilidad.

El ingeniero asesora a Anthropic y al Vaticano. Todos quieren que la IA sirva al florecimiento humano y no a su destrucción. Esa coincidencia es más importante que las diferencias doctrinales o de negocio. 

Navon dedicó años a formarse como rabino y después cursó una maestría y un doctorado en filosofía judía en Bar-Ilan. Escribió su tesis sobre el estatus moral de la IA y siempre se ha preguntado cómo deben relacionarse las personas con máquinas que hablan, actúan y pronto podrían parecerse físicamente a nosotros.