martes, noviembre 29, 2022
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Tecnofobia regulatoria y miedos digitales

El Economista Jorge Bravo

Antes de que las tecnologías asombren, fascinen o causen adicción, provocan miedo. Al principio, las tecnologías y sus efectos resultan desconocidos y esa sensación de incertidumbre asusta. El miedo a su vez desata reacciones inmediatas como parálisis, lucha o deseos de huir. Una de las especies políticas que más le teme al avance tecnológico y la digitalización son los reguladores.

En algún momento de su desarrollo inicial las tecnologías y el avance digital sacan nuestro lado más instintivo, conservador y tradicional. No es extraño que las personas de la tercera edad les teman y prefieren no acercarse, aunque por sabiduría terminan por aceptar que la tecnología es muy útil.

Existe un trastorno de la personalidad llamado “tecnofobia”. Un miedo extremo a la tecnología. Los tecnófobos le temen a la Inteligencia Artificial, los robots, las computadoras o los smartphones. No sólo es resistencia a aceptar y aprender. Las personas con esta afección se obsesionan con la tecnología, o bien, hacen todo lo posible por evitar incorporarla a su vida cotidiana.

La tecnofobia está muy extendida, se ubica en todos los ámbitos de la vida y en todas las clases sociales. Por ejemplo, los activistas y defensores de los derechos humanos le tememos a la videovigilancia, el seguimiento de datos personales y la invasión a la privacidad.

La burguesía y los dueños de los medios de producción como fábricas, industrias y manufacturas (los empresarios) le temen a la automatización y la transformación digital de sus industrias y retrasan lo más que pueden las inversiones que incluso los harían crecer y liderar más en sus negocios.

Uno de los síntomas que genera el miedo digital y tecnológico es querer disparar a la primera los gatillos regulatorios. No saben cómo, a veces ni por qué, pero los políticos luego-luego quieren regular, presentar iniciativas de ley y “apaciguar” sus temores, una vez que su tecnofobia ha disparado también su instinto de supervivencia política.

Los tecnófobos en el gobierno, los reguladores o los congresos, que les toca atestiguar el avance tecnológico o el desarrollo de Internet, no lo asumen como una oportunidad sino que casi siempre reaccionan de la misma manera: ante la sensación de angustia y desconfianza provocada por la presencia de un peligro tecnológico o digital real o imaginario, exhiben por delante la ley.

Casi siempre esta ley, normativa o regulación es obsoleta; surgió antes del avance tecnológico, pero pretenden aplicarla a lo nuevo, lo cambiante, desconocido o flexible; y reglamenta mercados, servicios o prácticas tradicionales o del pasado.

En el mejor de los casos buscan modificar o crear una regulación, aunque no siempre logran actualizarla a las mejores prácticas y las nuevas realidades de la sociedad y la economía digitales.

Las regulaciones y leyes que exhiben los tecnófobos son tan reptilianas como su cerebro, diseñado para mantenerse a salvo y en su zona de confort política y normativa. No es que la regulación no sea necesaria o positiva, pero cuando se fundamenta en el temor y el desconocimiento, difícilmente arroja los resultados progresistas y los beneficios sociales y económicos que se espera de ella.

Regular Internet, la Inteligencia Artificial, las redes sociales, las plataformas digitales, los robots, las criptomonedas, 5G… Cualquier aspecto que desconocen los tecnófobos, o evaden su regulación oportuna o quieren regular en sus estados más primigenios y cambiantes, cuando los modelos de negocio aún no están maduros, cuando se trata de servicios y tecnologías flexibles o cuando ocurre un evento de alto impacto, como cuando un auto autónomo embistió fatalmente a una mujer.

A los miedosos tecnológicos y digitales les salen ronchas regulatorias por la resistencia al cambio, critican sin fundamento la tecnología y a sus desarrolladores, la ideología brota como la pus y emana un hedor de negacionismo ante un futuro que ya es presente.

Como el miedo es contagioso, también hay que reconocer que las empresas que adoptan la tecnología y provocan los cambios, desarrollan nuevos modelos de negocio y ofrecen servicios digitales innovadores, también desarrollan su propia fobia a la regulación, porque saben que ella altera los costos de operación, crea incertidumbre a la inversión, interviene los mercados y hasta pone en riesgo la viabilidad del negocio.

La tecnofobia del comportamiento y regulatoria tiene las mismas causas: ansiedad general sobre el futuro, histeria masiva sobre las incógnitas tecnológicas (como el problema informático del año 2000) y porque los medios de comunicación retratan escenarios apocalípticos y desproporcionados donde la tecnología falla, causa accidentes graves o domina a los humanos.

Audiovisuales como Ex MachinaThe Social Dilemma o Black Mirror legitiman la tecnofobia regulatoria y actitudinal porque retratan la tecnología como un poder manipulador que tarde o temprano se volverá contra nosotros y tomará el control. En el colmo del maniqueísmo tecnófobo, la mano que mueve ese poder manipulador casi siempre es la misma: un monopolista ambicioso, un corporativo explotador, un líder tecnológico visionario pero loco.

El tecnófobo es reduccionista, conspiracionista y le gusta ponerle rostro y nombre a sus temores: Steve Jobs, Mark Zuckerberg o Elon Musk ahora que compró Twitter. Los modelos del poder manipulador de la tecnología, causantes de todos los males, también son escasos pero muy emblemáticos: Apple, Google, Facebook, Uber…

La mayoría de los temores con respecto a la tecnología provienen de la falta de información; con frecuencia la sociedad, los gobiernos y los reguladores carecen de ella.

Afortunadamente, existen tratamientos contra la tecnofobia. Recomiendo la terapia de exposición: familiarizarse con la tecnología, el servicio digital, la plataforma de Internet o la empresa de su miedo. Informarse, comprender, usar la tecnología y ponerse en los zapatos del otro ayuda a la cura. Apropiarse de la tecnología como lo hacen los usuarios. La terapia de exposición es uno de los tratamientos de fobia más efectivos. Puede ser el único tratamiento que necesite un tecnófobo regulatorio para sanar.

También existe la terapia cognitiva conductual tecnológica: hablar y escuchar a un terapeuta o especialista tecnológico sobre los efectos. El terapeuta-consultor-especialista puede ayudar a comprender los cambios de la sociedad y la economía digital, identificar los modelos de negocio, las mejores y las peores prácticas. El tecnófobo aprende a reemplazar la ignorancia y los pensamientos tradicionales, falsos o prejuiciosos del pasado por otros más racionales del futuro.

Tecnófobo regulatorio: acepte su desconocimiento en la materia; no se niegue a adaptarse a la tecnología; consulte a todos los expertos que necesite; concéntrese en los cambios, los beneficios y los desafíos de la tecnología; sea objetivo y no convenenciero al analizar la experiencia internacional; tómese su tiempo y no sienta presión, pero actúe cuando ya es una tendencia del futuro.

Jorge Bravo
Jorge Bravohttps://digipolis.wordpress.com/
Jorge Bravo es Director General en Digital Policy & Law. Presidente de la Asociación Mexicana de Derecho a la Información (Amedi).

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