“Vendo por apuro”. Así suelen anunciar los marketplaces la venta de algunos bienes que, por una desgraciada urgencia económica, su dueño debe transformar rápidamente en dinero líquido, no salvándose siquiera la “joyita” (el preciado automóvil).
El caso de WOM no llega a tal extremo, pero la imagen tiene una expresiva fuerza simbólica. Nos evoca la mirada desamparada del pobre y enflaquecido Job, el personaje bíblico que pintó León Bonnat.
Según el Diario Financiero, serían cinco las razones que explican la actual situación financiera de WOM.
Entre ellas, el retiro de 340 millones de dólares efectuado por los accionistas en 2022; la alta rotación de ejecutivos que causó un desgobierno en el control de los proyectos en ejecución; la amenaza de la Subsecretaría de Telecomunicaciones (Subtel) de Chile de cobrar las garantías por los retrasos en el despliegue de 5G y el FON; entre otros motivos de resorte interno de la firma.
A mi modo de ver, estos problemas no explican al 100 por ciento la crisis que tiene viviendo “a pan y agua” a la compañía más joven, díscola y “woke” del mercado.
Hay fuerzas subterráneas, de resonancia global en toda la industria telco, que en el caso de WOM se concertaron para formarle la tormenta perfecta. Esa que, a la usanza antigua, hace llover sobre mojado.
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Desde luego, un factor importante es el desangramiento incurrido en las redes de próxima generación (fibra óptica y 5G). El problema es que no ha sido posible monetizarlas, debido a la falta de demanda en el mercado.
La economía global, y sobre todo la chilena, no hacen posible estrenar los nuevos usos, servicios y aplicaciones que, por ejemplo, profetiza 5G.
Las características de esta red son envidiables: banda ancha móvil mejorada (eMBB), comunicaciones ultra-fiables de baja latencia (URLLC) y comunicaciones masivas tipo máquina (mMTC).
Pero tales atributos, por la falta de demanda, no han podido brillar en la conducción autónoma, las smart cities o la fábrica inteligente. Las seguimos usando para ver Netflix, Instagram y Tik Tok.
Enseguida, las telecos europeas y sus pares latinas denuncian que el “chancho está mal pelado”. Hay una desigual distribución de las cargas. Los operadores de telecomunicación han debido financiar todas las redes de banda ancha que soportan el caudaloso tráfico de datos que engendra la economía digital.
Pero resulta que el 80 por ciento de ese volumen es generado por grandes plataformas en línea como Netflix, Google, Amazon, Meta (ex Facebook) o X (otrora Twitter). Como siempre, el que mejor come es el león, aunque no haya movido una soberana extremidad para cazar la gacela.
Con todo, lo cierto es que el despliegue de redes debe seguir creciendo para sostener la transformación digital (ese monstruo grande que pisa fuerte).
Entonces las telecos se envalentonaron y decidieron mostrar los dientes. Porque si la guagua no llora, nadie dará de amamantar a la bendición. En el fondo, los operadores buscan que las firmas tecnológicas (los “gatekeeper” o guardianes de acceso) realicen una compensación justa por el uso intensivo de las infraestructuras.
Es el clamor por el “fair share”, una suerte de obligación caballeresca que recae sobre los grandes generadores de tráfico para negociar un acuerdo económico que remunere a los operadores de redes por el transporte de datos que se les brinda.
En fin, otra fuerza subterránea que le mueve el piso financiero a las telecos es la prácticamente perdida batalla contra los OTT. Esto les genera una caída sostenida de los ingresos.
Las plataformas de contenidos ofrecen servicios de música (Spotify), películas y series (Netflix), llamadas (WhatsApp) y mensajería (Telegram), todo en formato digital.
Es decir, similares prestaciones que ofrecen los operadores tradicionales de radio, televisión, telefonía y SMS. El problema es que los proveedores OTT carecen de la misma carga regulatoria (permisos, obligaciones, sanciones, etc.) que los actores tradicionales, quienes deben soportar todo el peso del bloque jurídico.
O sea, las asimetrías regulatorias proyectan una cancha más dispareja que montaña rusa. A esto se suma el hecho que mientras los OTT juegan con chuteadores, los operadores lo hacen a pie pelado. Entonces, el reclamo de las telecos hacia los reguladores es que aseguren un “level playing field”, es decir, un esquema competitivo gobernado por las mismas reglas del juego. La idea es que todos los participantes de un mismo mercado compitan en igualdad de condiciones.
En definitiva, nadie en su sano juicio afirmaría que WOM es una “vístima” de la crisis que experimenta. Un viejo brocardo jurídico enseña la responsabilidad por los actos propios. Pero tampoco hay que desconocer que la industria de telecomunicaciones pasa momentos difíciles. Un vía crucis que amenaza su sostenibilidad financiera y, por rebote, el desarrollo digital de Chile.
Si ayer era una industria acomodada y entera de “tapizada”, ahora ha tenido que acostumbrarse a la sencillez de los relojes Casio que marcan la hora igual que un cronógrafo Rolex.