Este artículo se publicó originalmente en Digital Trends | Riesgos digitales. Consulta la revista completa más abajo.
Desde 2025, un nuevo fantasma recorre el mundo. Es el fantasma de los aranceles de Estados Unidos. El presidente Donald Trump los impuso a diestra y siniestra a productos específicos y prácticamente a la totalidad de los países del mundo. Específicamente, en su llamado “Día de la Liberación”, puso un piso del 10% a 185 países y territorios.
En su segunda estancia en la Casa Blanca, Trump hizo de los aranceles su principal arma de negociación para obtener, o al menos exigir, lo que quería del resto de los países. Estas medidas tuvieron su efecto inmediato: incertidumbre en los mercados financieros, alteraciones de las relaciones comerciales y, por lo tanto, disrupciones en las cadenas de suministro.
Más que una medida económica —Trump justificó las medidas diciendo que eran para corregir su balanza comercial y cerrar el déficit con el resto de los países—, se trató de una medida política y, particularmente, geopolítica. Sus adversarios recibieron los mayores aranceles y China, su rival más acérrimo, se hizo depositario de los montos más altos.
Y si bien es cierto que el despliegue inicial se vio mermado por retrasos y retrocesos, la segunda oleada, enfocada en materias primas particulares, tuvo efectos más notables en la economía y el comercio internacional.
2026: una amenaza latente
De cara al 2026, los aranceles se mantienen como una amenaza latente para la mayoría de los países, una espada de Damocles que pende sobre sus cabezas y puede caer en cualquier momento.
Los efectos inmediatos son los más predecibles: aumentos en los costos de las importaciones que, a su vez, se traducen en incrementos de precios para los consumidores finales.
De acuerdo con J.P. Morgan, los anuncios más recientes han aumentado la volatilidad del mercado y creado obstáculos importantes que afectarán el crecimiento económico a nivel global. Según la unidad de investigación global del banco, los aranceles aunados a la incertidumbre en la política comercial podrían disminuir hasta en un punto porcentual el Producto Interno Bruto (PIB) estadounidense y en un 0.5% el PIB del mundo.
A nivel regional, los impactos serían más severos, aunque quizás más retardados en el tiempo, como la desintegración de bloques económicos previamente integrados, tanto geográfica como sectorialmente. Por citar un ejemplo, podría verse en la industria automotriz en Norteamérica un proceso de desintegración que, presumiblemente, ya está en curso, impulsado por las políticas arancelarias de Trump y su ambición de llevar la manufactura de vuelta al suelo estadounidense, y podría recrudecerse si continúan los aranceles a productos como el acero.
El cierre definitivo de la planta CIVAC de Nissan en Morelos, México, en 2025 obedeció a una reestructura de la compañía japonesa derivada de su crisis financiera, aunque otras empresas globales como Stellantis y General Motors (GM) sí han desplazado algunas líneas de producción de México a EE. UU. Sin embargo, el anuncio de inversión de 1,000 millones de dólares durante los próximos dos años que GM hizo a inicios de enero de 2026 da muestra del compromiso que aún mantienen las armadoras estadounidenses por la manufactura en México, pese a las presiones de Trump.
Sergio Kurczyn, director de Estudios Económicos de Banamex, considera que los aranceles son un riesgo. Aunque señala que ha aumentado la certidumbre por parte del gobierno estadounidense, advierte que esto no quiere decir que ya hay certeza y se haya cerrado este capítulo.
Para el caso particular de México, el principal socio comercial de EE. UU., los aranceles tienen un agravante adicional que repercute directamente en su relación bilateral. En 2026 está prevista una revisión del T-MEC, que varios expertos han advertido que podría derivar en una renegociación.
Por lo tanto, corre el riesgo de escalar a una dimensión mayor. Si, como se ha asentado, los aranceles son la principal herramienta de negociación de Trump, es indiscutible que amagará con ellos, como ya lo ha hecho con otras cuestiones: la seguridad, el fentanilo y, más recientemente, el agua.
El arancel, entonces, tiene la doble condición de ser a la vez la amenaza y el antídoto, ya que el tratado exenta, por sí mismo, de costos a las importaciones y exportaciones entre los tres países.
Así, luego de un proceso de negociación que se presupone tortuoso, México podría librarse, al menos por un tiempo determinado, de esta amenaza común. Pese a que siempre está latente el contraataque inesperado de Trump y la subsecuente prolongación de su entrada en vigor, el mandatario también trae consigo su propio antídoto, para el cual incluso ya se ha creado un acrónimo: TACO.
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