8M | Mujeres en ciberseguridad: la oportunidad perdida en un sector en expansión

Esta es la sexta entrega de una serie especial en el marco del 8M que el equipo de DPL News ha preparado para abordar cómo la tecnología puede ser, al mismo tiempo, una palanca de inclusión o un factor de profundización de las desigualdades de género.

Mientras los ataques de ciberseguridad impactan infraestructuras críticas, sistemas financieros y plataformas digitales estratégicas, la industria encargada de proteger el ecosistema digital opera con una brecha estructural difícil de ignorar: la baja participación de mujeres.

En México y América Latina, las mujeres representan apenas entre 13.5% y 24% de la fuerza laboral en ciberseguridad, según el Informe sobre seguridad laboral 2024 del Foro Global de Ciberseguridad (GCF).

La cifra no sólo refleja una desigualdad persistente, también expone una contradicción en un sector que enfrenta escasez crónica de talento especializado y, al mismo tiempo, desaprovecha una parte significativa del capital humano disponible.

Barreras para ingresar y mantenerse

La discusión suele centrarse en cuántas mujeres ingresan al sector, pero el problema es más profundo. Claudia Alin Escoto, cofundadora de la Alianza México Ciberseguro, advierte que las barreras persisten tanto en el acceso como en el ascenso profesional.

El reporte Mujeres en TI y ciberseguridad de Standard Chartered identifica que, rumbo a 2025, las principales limitantes para que más mujeres ocupen posiciones de Alta Dirección son la discriminación en promociones por estereotipos, los sesgos inconscientes y las microagresiones. Estos factores alcanzan 44% en México y 37% en Centroamérica.

En la práctica, esto se traduce en menor acceso a proyectos estratégicos, menos exposición en iniciativas de alto impacto (38% en México) y oportunidades limitadas para construir el tipo de experiencia que posteriormente habilita puestos directivos.

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A ello se suman autolimitaciones asociadas a falta de autoconfianza (33% en México) y fenómenos como el síndrome de la impostora, que refuerzan dinámicas de exclusión sutil pero persistentes.

El desgaste también pesa. El burnout afecta a 32% de las mujeres en México, una cifra que dialoga con una realidad estructural: la carga desproporcionada de responsabilidades de cuidado que sigue recayendo sobre ellas. En un sector altamente demandante, esta presión adicional puede convertirse en un factor de salida.

La inclusión impacta en la innovación

La baja representación femenina no es únicamente un problema de equidad. Tiene implicaciones directas en la calidad de la seguridad digital.

La ciberseguridad requiere pensamiento crítico, anticipación de amenazas y comprensión de múltiples perfiles de usuario. Equipos homogéneos tienden a identificar riesgos desde perspectivas similares, lo que puede dejar puntos ciegos en el diseño de soluciones.

Las habilidades técnicas, certificaciones y experiencia son fundamentales, pero pueden fortalecerse si se incorporan perspectivas diversas, sostiene Escoto, quien también es cofundadora de la Alianza México Ciberseguro.

Una organización con enfoque de género no sólo es más inclusiva; también está mejor preparada para comprender riesgos diferenciados, desde violencia digital hasta vulnerabilidades que afectan de manera particular a ciertos grupos de usuarios.

En términos de negocio, la diversidad también impacta la innovación. Diseñar soluciones de seguridad sin considerar distintas experiencias puede generar sesgos en productos, limitar su adopción o reducir su alcance en mercados amplios y heterogéneos. En un entorno donde la confianza digital es un activo competitivo, estos sesgos pueden traducirse en costos reputacionales y financieros.

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Déficit de talento y oportunidad

El contexto agrava la paradoja. La industria global de ciberseguridad enfrenta un déficit significativo de profesionales, mientras la superficie de ataque digital crece con la expansión de la Inteligencia Artificial, Nube, el Internet de las Cosas y la digitalización de servicios públicos.

En este escenario, mantener una participación femenina que apenas ronda una quinta parte de la fuerza laboral no es sostenible. Por eso, ampliar la base de talento también es una estrategia de competitividad y soberanía digital.

México, en particular, atraviesa un momento clave con la conformación de su Estrategia Nacional de Ciberseguridad. Para Escoto, este proceso abre una ventana para incorporar una perspectiva de género e interseccionalidad desde el diseño de política pública.

Eso implica ir más allá del discurso: establecer políticas de reclutamiento con enfoque de género, promover certificaciones y profesionalización accesibles, impulsar programas de mentoría y garantizar que la alta dirección adopte compromisos medibles en materia de inclusión.

La ciberseguridad del futuro

Si la ciberseguridad es hoy un componente esencial de la estabilidad económica y la protección de derechos digitales, su arquitectura no puede construirse con una mirada parcial.

Cerrar la brecha de género en el sector no es un gesto simbólico ni una cuota estadística. Se trata de una decisión estructural que incide en la resiliencia de las organizaciones, la calidad de la innovación y la capacidad de los países para proteger su infraestructura digital en un entorno de amenazas crecientes.

En un ecosistema cada vez más complejo y expuesto, la pregunta ya no es si la industria puede incorporar más mujeres. Más, se trata de si puede darse el lujo de no hacerlo.