Reforma Jorge Fernando Negrete P.
Para que las cosas existan, hay que mencionarlas.
Eso me decía José María Pérez Gay hace casi 30 años, cuando imaginábamos los contenidos y la narrativa del Canal 22. Pérez Gay, “Chema”, para sus amigos, Dr. Pérez Gay para mí, era un personaje obsesionado con los nombres y la nominación de las cosas. Lo acompañé una vez a un panteón en Colonia, Alemania, para encontrar los nombres de algunos personajes de una novela suya. El mundo adquiría significados para él, en tanto encontrara forma de identificar, definir y explicar la realidad, con nuevos conceptos y nominaciones. Un mundo inconcluso, que se construye a partir de la lengua.
Hernán Cortés escribe en sus Cartas de relación a Carlos V, después de contarle lo que ha visto en México, que la lengua española le resultaba estrecha para designar tantas cosas nuevas y confiesa: “Por no saber poner los nombres a estas cosas no los expreso”; “No hay lengua humana que sepa explicar las grandezas y particularidades de ella.” Y García Márquez escribe en 100 años de soledad que “el mundo era tan reciente, que las cosas carecían de nombre y para mencionarlas, había que señalarlas con la mano”.
La lengua española es una lengua forjada por viajeros, andariegos e inmigrantes. Lengua de muchas lenguas, lengua de mestizajes, de emprendedores y de creadores. Carlos Fuentes.
Palabras como Edge Computing, Big Data, Cloud, 5G, Smart City, WiFi, Realidad Virtual, Internet e Internet de las Cosas son hijas de viajeros, andariegos e inmigrantes digitales, de científicos y centros de investigación privados y públicos que nominan nuevas realidades, usos y conductas en la sociedad.
El lenguaje y nomenclatura que el universo digital propone es audaz por lo profuso, florido, abundante y altamente epidémico. Este lenguaje es apoyado por una base de evidencia empírica que reclama espacios de vida en las nuevas cadenas de valor, nuevos modelos de negocio, nuevas categorías jurídicas y semántica del lenguaje. El lenguaje digital es acompañado por la construcción de oraciones completas, que imaginan y construyen mundos alternos y poderosas realidades que ponen contra la pared a los marcos jurídicos actuales.
Fui invitado a hablar de estos temas en el Congreso Iberoamericano de la Lengua Portuguesa y Española, CILPE, en Brasilia, y escuché con atención la propuesta de hablar de soberanía lingüística. Interesante concepto, pero creo que a la lengua, como otras áreas de los derechos fundamentales, les puede sobrar ideología si no hablamos antes de política pública.
El idioma y las lenguas son un derecho fundamental que hoy incluye el reconocimiento a los elementos culturales que las construyen, enriquecen e incluyen a las mismas en el universo digital. Hay que nombrar las cosas, señalarlas y comprender su significado. Con la lengua y con los idiomas, habilitamos el ejercicio de otros derechos fundamentales. Por eso, en el mundo de la lengua y la lingüística, coincido en que debemos proteger su pluralidad, riqueza y semántica.
Pero como todo proceso cultural, qué sería del castellano y el portugués sin el Xoco-Atl (chocolate), Xitomatl (jitomate), Ahuacatl-Mulli (guacamole), César Augusta (Zaragoza), Toletum (Toledo), Pergamino (Pérgamo), Al Cadiz (alcalde), Gib el Tariq (Gibraltar) o tantas palabras prestadas de culturas diversas, transportadas, como dice Fuentes, “por viajeros, andariegos e inmigrantes”.
No se si la soberanía lingüística responde a una fundada razón para la preservación de nuestra lengua. Lo que sí creo es en preservar y enriquecer la lengua con conocimientos y palabras que definan y construyan nuevas realidades, en este caso del universo digital. Una lengua poderosa, rica e incluyente. Comenzar por hablar en castellano, sin anglicismos y transportar significados, categorías y recursos conceptuales.
Propongo la creación de política digital lingüística y mirar al mismo tiempo, al Cielo y al Centro de Datos (Nube), ¿pues no acaso la nube es la hermana mayor de los sueños?
Presidente de Digital Policy & Law
Twitter @fernegretep