Transformación digital: legado de la pandemia

El Economista Jorge Bravo

La Organización Mundial de la Salud decretó el fin de la emergencia sanitaria por Covid-19. Uno de sus legados fue la transformación digital.

La pandemia ha dejado una huella indeleble en la humanidad, también fue un catalizador de la digitalización. Ahora que la emergencia ha sido superada, es importante analizar cómo la tecnología durante este trance ha influido en nuestras vidas, tanto positiva como negativamente.

Durante más de tres años, uno de los aspectos relevantes de la transformación digital durante la pandemia fue su capacidad para mantenernos conectados y permitir la continuidad de diversas actividades económicas y sociales. La interacción entre humanos con dispositivos electrónicos y datos se normalizó.

La tecnología fue fundamental para el sostenimiento y la recuperación económica y ha permitido a gobiernos, empresas y trabajadores adaptarse a la nueva normalidad, incluido el teletrabajo y el comercio electrónico.

La tecnología se convirtió en una herramienta indispensable para mantener la comunicación con nuestros familiares y amigos, trabajar de forma remota, continuar y reactivar las actividades económicas y proporcionar soluciones innovadoras a nuevos desafíos.

Las videoconferencias se institucionalizaron para reuniones de trabajo, sesiones educativas y consultas médicas, brindando una solución efectiva para superar las restricciones impuestas por el distanciamiento social. Emergió Zoom no sólo como plataforma para videoconectarnos, sino que la marca se integró a nuestro lenguaje habitual.

En educación, el aprendizaje en línea se convirtió en la norma para estudiantes y profesores. El detalle fue que las tecnologías son herramientas complementarias de la enseñanza-aprendizaje, pero durante el confinamiento se convirtieron en sustitutas del aula, la interacción y la participación en clase. Conozco a muchos estudiantes que aborrecen y son alérgicos a las clases en línea después de haber estado cientos de horas y días frente a la luz azul-violeta de las pantallas.

La digitalización impulsó el comercio electrónico y la economía en línea. Empresas de todos los tamaños y sectores se vieron obligadas a adaptarse rápidamente, lo que llevó a un aumento significativo de las transacciones en línea. Conozco varias pymes que ahora venden más en Internet que en sus tiendas físicas.

Los consumidores pudieron adquirir bienes y servicios sin salir de sus hogares, lo que ayudó a mantener a flote muchas empresas y generar empleo en el naciente modelo de negocio digital.

Por culpa de la pandemia se aceleraron innovaciones tecnológicas en áreas como telemedicina, educación en línea y entrega de alimentos a través de plataformas de Internet como DiDi Food o Uber Eats, brindando opciones seguras, accesibles y convenientes para las personas.

Fue tal el auge y aporte de las plataformas de Internet a las economías locales al preservar empleos de negocios familiares y restaurantes y en la generación de nuevos ingresos, que las autoridades oportunistas que no comprendieron el cambio de paradigma, de inmediato quisieron imponer a la economía colaborativa impuestos especiales o regulaciones laborales de la sociedad industrial.

Sin embargo, no podemos ignorar los aspectos desafiantes y las desigualdades que surgieron durante esta transformación digital. En primer lugar, persiste una brecha digital que ha dejado a muchas personas rezagadas y excluidas. Aquellos sin acceso a Internet, los desconectados o sin habilidades digitales suficientes se enfrentaron a dificultades para acceder a servicios esenciales y sin el ejercicio pleno de sus derechos fundamentales.

Esta brecha ha exacerbado las desigualdades existentes, dejando a algunos sectores de la población en una situación de mayor vulnerabilidad. Muchos gobiernos no tuvieron la capacidad de diseñar e implementar rápidamente políticas públicas para la inclusión digital universal. Ante el fin de la emergencia sanitaria, dichos programas de conectividad siguen ausentes y pendientes.

Muchos no han entendido que sin la infraestructura de banda ancha, sin los servicios de telecomunicaciones, sin las tecnologías y sin las plataformas de Internet la pandemia hubiera sido aún más catastrófica.

Desde luego, la digitalización planteó preocupaciones sobre la privacidad y la seguridad de los datos personales. Con el aumento de las interacciones en línea, también aumentaron los riesgos cibernéticos, como el robo de datos y el fraude en línea.

La ciberseguridad se convirtió en un desafío transversal a todas las actividades y crecieron exponencialmente los incidentes, ataques y ciberdelitos. Como siempre, los más afectados fueron los más vulnerables, las personas adultas mayores que fueron víctimas de fraudes y extorsiones.

La dependencia excesiva de la tecnología y la vida frente a las múltiples pantallas también condujo a una fatiga digital y a la falta de conexión humana genuina. Muchas personas experimentaron una sensación de aislamiento y agotamiento mental debido a la falta de interacción cara a cara. La pandemia sacó a flote otros malestares como los padecimientos de salud mental, algunos desatados por la profunda y prolongada inmersión en las redes sociales.

A medida que avanzamos hacia un futuro post-pandémico, debemos insistir en que la digitalización y la tecnología sean inclusivas y accesibles para todas y todos, garantizando que nadie se quede atrás. Debemos asegurar que todos tengan acceso a los beneficios de las tecnologías, independientemente de sus ingresos, ubicación geográfica o antecedentes culturales.

Conforme el mundo emerge de la pandemia, está claro que la transformación digital llegó para quedarse, a pesar de los intentos de restauración analógica. La pregunta es cómo garantizar que esta digitalización se convierta en una evolución y avance civilizatorios. Ya somos conscientes de los desafíos y podemos trabajar para mitigar los riesgos. La pandemia fue un interludio difícil para todos, también un experimento que puso a prueba nuestra capacidad de cambio, adaptación e innovación.

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