Reforma Jorge F. Negrete P.
El silencio digital ocasionado por el huracán Otis, significó 24 horas sin conectividad y sin saber nada de una ciudad completa, sus ciudadanos y las instituciones públicas; de su vida, de sus gritos, de sus reclamos y desgracias públicas. Donde existe alguien hay comunicación, donde hay infraestructura de conectividad o infraestructura digital, alguien ofrece su auxilio; cuando no, su solidaridad. Todos hemos conocido el silencio digital por primera vez.
Sin información no existe la realidad; hay imaginación, nausea, ausencia, desesperación, inquietud, miedo y frustración. Una realidad distópica. Fue como un libro sin letras, sin historias ni narrativas de la vida de los otros. Un libro incapaz de narrar tragedias personales, llamadas de auxilio, dramas colectivos y desilusión pública. Ninguna comunicación digital con nadie. La Internet y las llamadas de voz fija y móvil fueron cortadas visceralmente, de tajo.
La más poderosa infraestructura de comunicación que el ser humano ha visto colapsó y sucumbió irremediablemente bajo el ataque de una mezcla de dioses Greco-Mayas. Huracán y Eolo liberaron vientos que corrían furiosos e incontrolables a cientos de kilómetros por hora, formando una tormenta tropical categoría 5.
Se cortaron redes de fibra óptica, radiobases, equipos de WiFi, se desactivaron centros de datos, centrales de comunicación, dispositivos móviles y fijos y cayeron torres de telecomunicaciones entre miles de distintos equipos más.
El silencio digital del huracán Otis en realidad fue resultado de un agujero negro climático que devoró las comunicaciones digitales, al destruir la más poderosa infraestructura del siglo XXI: la digital.
La destrucción de la infraestructura digital, la que nos conecta a todos, comprobó empíricamente que esta infraestructura habilita el ejercicio de los derechos humanos. Su ausencia dejó documentado que casi un millón de ciudadanos dejaron de ejercer su libertad de expresión, derecho a la información, derecho de acceso a la salud, a la seguridad, a la movilidad, al derecho de auxilio y llamado a la autoridad pública.
Se canceló su derecho al reclamo público y digital, a la seguridad y a la vida propia. Quedamos muy lejos, cuando en el terremoto de 2017, la Ciudad de México colapsó, pero las comunicaciones digitales funcionaron espléndidamente, incluso hubo quien, dentro de su desgracia personal, al estar enterrados bajo toneladas de concreto, enviaban mensajes de WhatsApp, reclamando el apoyo para salvar su vida. Los derechos a la información, la libertad de expresión y la vida, bajo escombros, fueron habilitados por la infraestructura digital y la Internet.
En Acapulco, 24 horas de silencio digital, incapacitaron a las instituciones públicas para actuar, para tener un diagnóstico, estrategia y prospectiva de la situación. 24 horas de incertidumbre e inacción estratégica y táctica de la autoridad. Imposible que el Estado esté desconectado, que no se entere de momentos catastróficos del país. No en el siglo XXI.
Este es un llamado de atención para apoyar el mayor despliegue de infraestructura, facilitar el despliegue en estados, alcaldías y poblaciones pequeñas, para bajar los precios del espectro radioeléctrico y tener agendas digitales por sector económico y derechos humanos.
Rindo un homenaje a todos los trabajadores de la industria digital que restauran la conectividad, porque con su trabajo, no restauran un servicio, habilitan el derecho a reclamar por la vida, la salud, la seguridad, por el derecho a la acción pública, al bienestar digital, que es ejercer sus derechos humanos y su economía digital.
Su trabajo fue la reconstrucción de las bases de una sociedad digital destruida e inerte ante un acontecimiento catastrófico de proporciones épicas. Le restituyeron a las personas de Acapulco y Guerrero no su bienestar económico, sino el derecho a reclamarlo, así como la justicia y los derechos que construyen a una sociedad.
Fortalecieron y dieron vida a la República Digital.
Presidente de Digital Policy & Law
X / Twitter: @fernegretep