Hace unas semanas la industria móvil chilena decidió, en su mayoría, subirse al carro del Open Gateway. Esta tendencia global, empujada por la GSMA, empieza a echar raíces en la región y aspira a venderse en el mercado tan rápido como el pan caliente. La iniciativa busca transformar las redes de telecomunicaciones en plataformas abiertas y programables mediante APIs. Toda una novedad la apuesta.
Para hacernos una idea, las primeras APIs implementadas en Chile serían tres. La primera (SIM SWAP) está diseñada para verificar cambios en tarjetas SIM. La segunda (Device Location) proporciona información sobre la ubicación de los dispositivos. Y la tercera (Device Status) se enfoca en determinar tanto el estado del terminal como si está en roaming.
Inicialmente, estas herramientas van dirigidas al sector bancario y fintech. Pero el buen apetito de las telcos las hace apuntar también al mundo de la salud, el IoT y el gaming. Además de, por qué no, el infinito y el más allá…
El negocio “apícola”
El corazón del Open Gateway está en las APIs. O sea, su centro de gravedad está en el negocio “apícola”. Por cierto, esto nada tiene que ver con la actividad apícola propiamente tal, donde emprendedores se dedican a la crianza de las abejas para cosechar la miel. Por eso, el juego de palabras viene entrecomillado (“apícola”). Porque las APIs están más emparentadas con la familia informática de las apps antes que con los enjambres de colmenas.
Una API es una Interfaz de Programación de Aplicaciones (Application Programming Interface). Cada API es un conjunto de reglas y herramientas que permiten que dos programas, sistemas o aplicaciones informáticas se comuniquen o hablen entre sí.
En este clima propicio al diálogo, las APIs permiten que una app (aplicación o servicio) use funciones o datos de otro sistema. Por ejemplo, para mostrarnos el pronóstico del tiempo, una app de clima (WeatherWise) utiliza la API de un proveedor meteorológico (AccuWeather API). También, la aplicación Uber emplea la API de Google Maps para ubicarse. Más claro sería echarle agua.
El atractivo de las APIs es seductor. Ellas favorecen la automatización de procesos —quintaesencia de la industria 4.0—, ya que facilitan que los sistemas intercambien información sin necesidad de intervención humana.
Asimismo, las APIs ahorran tiempo a los desarrolladores, quienes no deben crear todo desde cero, puesto que pueden aprovechar herramientas ya elaboradas. Pareciera un mundo de oportunidades, uno donde the sky is the limit.
El “cambio de hábito” de las telcos
El coqueteo de las telcos con un producto tan íntimo del ecosistema tecnológico, como las APIs, me recuerda la película Cambio de Hábito (Sister Act). En la cinta de 1992, Deloris Van Cartier, una extrovertida cantante de cabaré, se esconde en un convento para evitar la persecución de unos antisociales.
Dentro del claustro, ella transforma el coro tradicional de monjas en algo vibrante y moderno. Aquí vemos que Deloris se reinventa y logra adaptarse a un entorno religioso que le era bastante ajeno. Tal como las telcos lo están haciendo ahora frente a la digitalización y los OTTs (Netflix, WhatsApp, etc.), intentando formalmente cambiar de hábito.
En efecto, las telcos están dejando de ser simples proveedoras de conectividad (telefonía, Internet, datos) para abrazar un modelo más tecnológico que ofrece APIs como productos. Lo que está detrás del cambio de las telcos, como la muda de hábito de Deloris, es una reinvención estratégica: mantener la relevancia frente a la transformación digital. Como diría Charles Darwin, es adaptarse o morir.
Pero no se trata sólo de sobrevivencia. Detrás del cambio se encuentra, desde luego, la oportunidad de rentabilizar las inversiones en 5G. Esa siembra que tanto ha costado monetizar y que no consigue hacer despegar con el IoT masivo, las smart cities, la fábrica inteligente y tantas otras cosas prometedoras.
Pero hay más. El “cambio de hábito” permite a las telcos introducirse en el universo de la economía digital al ofrecer capacidades de red como un servicio. O sea, lo que se llama Network as a Service (NaaS). Un bien que es primo hermano de las prestaciones SaaS, IaaS y PaaS que ofrecen Google Cloud, AWS y otras tecnológicas.
¿A qué se debe en las telcos el parcial abandono de su antiguo hábito? Uno podría pensar que importantes banderas suyas no logran despertar el entusiasmo colectivo. Es que no se han visto concentraciones masivas por las calles exigiendo el fair-share y el level-playing-field. Entonces, nuevos estandartes como Open Gateway vendrían a restaurar la épica y mística de los operadores en un entorno que se digitaliza exponencialmente.
Sin embargo, también podría ser una rebelión silenciosa. Podría estar ocurriendo una especie de asalto que las telcos están acometiendo al santuario inexpugnable de las tecnológicas. Es como si quisieran disputarles, centímetro a centímetro, el terreno donde ellas campean como señoras y dueñas. De ser efectiva esta teoría, habrá un recálculo de los límites fronterizos que hacen colindar a dos importantes industrias.
El guion del regulador
El Open Gateway plantea algunos desafíos regulatorios. Ahora funciona al ritmo económico del laissez faire, laissez passer. Pero —bien lo sabemos— la autoridad puede intervenir cuando huela una mínima posible afectación del interés general. En especial, si el Open Gateway llegara a comprometer el orden público económico.
Desde luego, una telco podría verse tentada a priorizar el tráfico correspondiente a las APIs que comercializa, perjudicando la circulación generada por el resto de los usuarios. Una cosa semejante estaría violando el principio de la neutralidad de la red. La regla es que todos los datos nacen iguales en dignidad y derechos.
Asimismo, algunas APIs pueden manejar información sensible de las personas, como la ubicación o autenticación de su identidad. Por ello, será fundamental que la nueva autoridad en datos personales verifique que estos procesos cumplen con la legislación vigente.
En fin, el negocio de las APIs, si llega a cuajar, abrirá un nuevo mercado relevante que debe regirse por las reglas de la competencia. Sobre todo, porque el acceso a estos recursos digitales puede implicar una significativa barrera de entrada para los pequeños emprendedores. Entonces, los organismos antimonopolio deberán estar “attenti al lupo” de que no se infrinjan las condiciones justas y no discriminatorias en el nuevo mercado “apícola”.
En pocas palabras, el Open Gateway es un “cambio de hábito” estratégico de las telcos. Reinventa su modelo de negocio y les permite competir en los bordes de la jurisdicción tecnológica. Este giro trae oportunidades, pero también riesgos. Y acá la regulación no debe apresurarse. Pues como dice el refrán, a veces “los cuidados del sacristán terminan matando al señor cura”.
Pienso que es bueno dejar un rato tranquilas a las telcos en su nuevo papel dentro del ecosistema TIC. Porque si, con interfaces de programación en mano, están dispuestas a disputar su lugar en la economía digital, es porque reclaman su derecho a la sobrevivencia como especie. Esto traerá mayor competencia, más innovación y mejores servicios para los usuarios. En definitiva, sólo con más tiempo de rodaje podremos saber si finalmente el cambio de hábito fue exitoso para la industria y para todos nosotros como consumidores.