Especial Trump is back | Destino manifiesto digital e imperialismo tecnológico

Este texto forma parte del Especial de DPL News “Trump is back. El destino manifiesto digital y la tecnología como armas del nuevo imperialismo”, que puede consultar completo más abajo.

El regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos marca un nuevo punto de inflexión en la política internacional, donde los ámbitos digital y tecnológico no son la excepción. Su retorno a la Casa Blanca no es una continuación de su primera administración, es la emergencia de una nueva doctrina imperialista digital que redefine el concepto tradicional del destino manifiesto estadounidense.

Este segundo mandato que inició el 20 de enero de 2025 tampoco es una continuación de su política nacionalista y proteccionista de su primer periodo, es la consolidación de una visión que persigue un “destino manifiesto digital”. Trump se muestra como el líder de una misión intervencionista, donde la tecnología y lo digital no son sólo herramientas, son la base expansionista, económica y práctica de una nueva era de dominación global.

En su primer mandato que conocimos entre 2017 y 2021, Trump representó al presidente nacionalista que miraba hacia adentro, buscando proteger EE. UU. de las amenazas externas. Fue el mandatario que prohibió Huawei de las redes de telecomunicaciones e intentó imponer la Clean Network, impulsó la carrera de 5G, desmanteló la neutralidad de la red y criticó las plataformas de Internet como Twitter por sesgo político, a Facebook e incluso Apple por fabricar sus “máquinas” (iPhone) fuera de la Unión Americana.

Era un Trump que miraba hacia adentro, obsesionado con proteger la supremacía tecnológica estadounidense mediante barreras y prohibiciones. Sin embargo, el Trump que regresa al poder en 2025 emerge con una visión expansionista digital que trasciende las fronteras físicas y virtuales.

El Trump de este segundo mandato es un líder que, bajo la bandera del “destino manifiesto digital”, dirige su atención hacia el exterior, porque ahora sí busca expandir la hegemonía tecnológica estadounidense. Este nuevo Trump imperialista ambiciona la expansión territorial tradicional –con sus declaraciones sobre Groenlandia, el Canal de Panamá y el renombramiento del Golfo de México–, pero también establecer una hegemonía digital.

La revocación de la Orden Ejecutiva sobre Inteligencia Artificial de Biden señala una ruptura con las políticas regulatorias previas, al tiempo que favorece un enfoque más agresivo y menos restrictivo del desarrollo tecnológico estadounidense. Este cambio no es un simple giro estratégico, es un aprendizaje y un replanteamiento imperialista: la tecnología como sector estratégico para reconfigurar el orden mundial en favor de Estados Unidos.

El concepto de “destino manifiesto” ha sido tradicionalmente asociado con la expansión territorial de EE. UU. en el siglo XIX. En esta nueva era digital, Trump reinterpreta esta doctrina como una justificación para expandir la influencia estadounidense a través de la tecnología. 

La idea que subyace es que EE. UU. no sólo debe liderar en términos económicos y militares (Trump presume que no inició ningún conflicto bélico), también en el ámbito digital mediante el control de infraestructuras críticas, la imposición de estándares tecnológicos y la exportación de valores democráticos como “libertad de expresión” a través de plataformas digitales y redes sociales.

Este destino manifiesto reformulado se traduce en políticas que buscan fortalecer la posición de Estados Unidos frente a competidores como China. La administración Trump ha comenzado a implementar medidas para revitalizar la industria tecnológica nacional, incluidos incentivos para la manufactura local y una postura más agresiva contra las empresas chinas. 

Con un enfoque renovado hacia la Inteligencia Artificial y las criptomonedas, pero menos impulso hacia la electromovilidad, Trump está dispuesto a eliminar regulaciones que limiten el crecimiento tecnológico. La integración de un gabinete con funcionarios provenientes del sector tecnológico y la creación del Departamento de Eficiencia Gubernamental, liderado por Elon Musk, son evidencias de cómo integrar el sector privado en la administración pública para optimizar procesos y fomentar la innovación, a partir de quienes la desarrollan desde las corporaciones.

Las acciones iniciales de Trump reflejan esta postura renovada y distinta de su primer mandato:

  • Declarar el crimen organizado en México como terrorismo, para legitimar posibles intervenciones.
  • Imponer aranceles de 25 por ciento a productos mexicanos para ejercer presión económica a posturas políticas.
  • Proteger plataformas como TikTok bajo la bandera de la libertad de expresión, rompiendo con su postura inicial contra empresas chinas, incluida esa plataforma de videos.
  • Rodearse de las grandes tecnológicas estadounidenses como Meta, Google, Amazon, Apple y SpaceX, como brazos de la hegemonía tecnológica y digital global, como otrora lo fueron los grandes conglomerados de medios de comunicación y contenidos.
  • Apostar por la conquista de Marte para que el espacio exterior se convierte en la nueva frontera del destino manifiesto digital, de la mano de las empresas que más lo ambicionan: Blue Origin de Jeff Bezos y SpaceX de Elon Musk.

Paradójicamente, su defensa de TikTok y su postura contra la “censura” en las plataformas digitales revela una estrategia más sofisticada: ya no se trata de aislar EE. UU. del mundo digital, sino de dominarlo. Las grandes tecnológicas estadounidenses –Meta, Google, Apple, Amazon y las empresas de Musk– se convierten en los nuevos instrumentos de este destino manifiesto digital, las cuales están dispuestas a actuar como extensiones del poder estadounidense en el ciberespacio global.

En un mundo definido por la tecnología, las diferencias civilizatorias se han diluido. Las tecnologías actuales comparten los mismos principios: están estandarizadas, son unos y ceros y el dato se ha convertido en la medida de todas las cosas, como el átomo de la materia digital.

La tecnología trasciende las barreras culturales, religiosas y sociales que históricamente dividieron el mundo. China adopta cada vez más prácticas occidentales en tecnología, comercio y consumo. Europa carece de una identidad tecnológica definida, moviéndose entre la regulación y la dependencia de terceros. América Latina no ve la tecnología como un enemigo, sino como una herramienta para el crecimiento y el desarrollo.

Se trata de una manifestación renovada del destino manifiesto, doctrina fundacional de EE. UU. ajustada a los tiempos modernos donde la tecnología es la fuerza que define las relaciones de poder económico, político, simbólico y militar.

El “destino manifiesto digital” de Trump busca posicionar a Estados Unidos como el centro del mundo tecnológico. Quiere que las empresas estadounidenses lideren la innovación pero sin compartirla con los adversarios. La tecnología era un instrumento del poder blando de la Unión Americana, ahora empieza a endurecerse. Las plataformas de Internet son los nuevos pilares de una estrategia global que combina economía, diplomacia y tecnología.

En este modelo, Trump propone proteger los intereses de estas empresas pero instrumentalizándolas como herramientas para exportar valores democráticos, consolidar mercados y establecer estándares globales. Más allá de lo económico, el liderazgo digital estadounidense es presentado como una misión civilizadora, en la cual EE. UU. lidera y dicta las reglas del juego.

En este nuevo escenario, cada región del mundo tiene un papel que desempeñar.

Europa enfrenta un dilema existencial en este nuevo (des)orden mundial. Si bien ha intentado liderar en temas de regulación tecnológica a través de iniciativas como las leyes de Servicios Digitales y la de Mercados Digitales, carece de gigantes tecnológicos propios que le permitan competir en igualdad de condiciones con Estados Unidos y China.

Europa busca mantener su autonomía tecnológica y proteger la privacidad de sus ciudadanos (a través del Reglamento General de Protección de Datos), pero depende en gran medida de las empresas tecnológicas estadounidenses. Así, Europa corre el riesgo de quedar atrapada entre EE. UU. y China, si no es que ya lo está.

El regreso de Trump complica aún más el panorama. Europa comparte con EE. UU. valores democráticos y un interés común en limitar la influencia de China. Pero las políticas unilaterales y agresivas de Trump podrían relegar aún más a Europa a un papel secundario en la economía digital, atrincherándola en el terreno de la regulación digital y tecnológica, ya no como reacción sino como última línea de batalla.

China, el principal rival tecnológico de EE. UU., tiene la capacidad de adoptar un enfoque pragmático ante el retorno de Trump. Aunque este ha suavizado su postura hacia ciertas empresas chinas como TikTok, la competencia estratégica sigue siendo intensa, especialmente en áreas como la Inteligencia Artificial, las redes 5G (las futuras 6G, pues Trump gobernará hasta enero de 2029), la computación cuántica, los vehículos eléctricos y las energías renovables.

China ha demostrado su capacidad para desarrollar resiliencia y ecosistemas tecnológicos autónomos, mientras refuerza su influencia global a través de iniciativas como la Franja y la Ruta Digital. América Latina, África y Asia son objetivos clave de su expansión, mediante una estrategia de colaboración con los gobiernos y otros actores. China mantiene su ventaja competitiva y su autonomía digital con el Gran Cortafuegos y sus propias plataformas y empresas de tecnología.

América Latina, por su parte, emerge como un territorio clave en esta nueva configuración. La región, tradicionalmente considerada el “patio trasero” de EE. UU., se convierte en un campo de batalla digital donde se disputa la influencia económica y el control de datos y tecnologías emergentes.

Sin embargo, América Latina puede beneficiarse del interés renovado de EE. UU. por expandir su influencia digital, sobre todo ciertos países alineados hacia ese eje como Argentina, Costa Rica, El Salvador y Paraguay. Pero también implica riesgos relacionados con intervencionismos y presiones para las naciones que no quieran alinearse con los valores estadounidenses, como es el caso de Brasil o México. 

En todo caso, para América Latina la tecnología es una herramienta para el desarrollo. Países como México, Brasil, Chile y Argentina tienen la oportunidad de convertirse en líderes regionales en digitalización, pero enfrentan el desafío de equilibrar las presiones de EE. UU. y las oportunidades que ofrece China. La decisión es clave pero compleja. Todo indica que América Latina debe encontrar un salomónico equilibrio entre cooperación y autonomía.

El renovado imperialismo de Trump, combinado con las inversiones chinas en infraestructura digital y los intentos de Europa por imponer su catálogo regulatorio, coloca a la región en una encrucijada. La clave estará en desarrollar estrategias soberanas que aprovechen la tecnología para impulsar el crecimiento sin depender excesivamente de uno u otro bloque geopolítico.

En todo caso, los objetivos geoestratégicos a corto plazo de la Unión Americana y Trump no necesariamente coinciden con los objetivos políticos y económicos de los demás países a largo plazo. Durante su primera administración y posteriormente vimos que las empresas chinas fortalecieron sus propias cadenas de suministro. La iniciativa Clean Network encontró enormes resistencias y la Inteligencia Artificial dio un vuelco que no había sido previsto.

Estados Unidos inventó la revolución digital, pero hoy vemos dos enfoques geopolíticos claramente diferenciados en su política tecnológica. Por un lado, la diplomacia demócrata de Biden apostó por la colaboración internacional, el multilateralismo y el establecimiento de estándares globales que refuercen el liderazgo estadounidense sin rupturas dramáticas. Por otro lado, está el autoritarismo republicano de Trump que enfatiza la unilateralidad, la imposición de intereses y el uso de la tecnología como herramienta de dominación.

Ambos enfoques, aunque distintos en forma y estilo, comparten una raíz común: asegurar que EE. UU. mantenga su hegemonía en el ecosistema digital global. El enfoque que prevalezca determinará el futuro del orden internacional en la era digital.

El segundo mandato de Trump es un momento definitorio para el orden mundial digital. El “destino manifiesto digital” establece un nuevo paradigma: la tecnología como el lenguaje universal de la hegemonía.

Hoy el mundo se divide entre quienes lideran la innovación y quienes se adaptan a ella. Estados Unidos busca consolidarse como el epicentro de un tablero global dominado por unos y ceros. El futuro será definido por quienes controlen los datos y la infraestructura tecnológica que los soportan y transportan.

Consulta y descarga el especial de DPL News sobre el regreso de Trump

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