Jorge Fernando Negrete P. | Refotma
México es un país industrial, el más importante de América Latina. El Bajío, Nuevo León, Baja California Norte, Chihuahua y, en general, los estados del norte del país, lideran los índices de productividad industrial.
Somos el país que más exporta bienes manufacturados a Estados Unidos y nuestra planta industrial es excepcional. El T-MEC ha generado una poderosa integración de las cadenas de suministro. Pero esa condición lleva una obligación que impacta en la competitividad a mediano y largo plazo: ir hacia adelante y evolucionar a lo digital.
Si la política industrial no promueve o se dirige a su transformación digital, será menos competitiva, generará menos empleos y recaudará poco. Otros países en la región tomarán nuestra posición, como Canadá o Brasil. Ya empezaron y nos tienen en la mira.
La manufactura industrial es la candidata para la transformación digital, es el único camino para ser competitivos: hablo de fábricas de automóviles, plantas industriales, logística, puertos marítimos y aéreos, carreteras inteligentes e incluso agrotech.
Están incluidas fábricas de semiconductores y de alta tecnología como smartphones, robots y computadoras. Pero al abordar el reto, surge un dilema. Se necesitan redes robustas de infraestructura de telecomunicaciones. Más fibra óptica, más radiobases, más espectro radioeléctrico. ¿Cuánto? Los manuales de 5G de los vendors tecnológicos se están quedando cortos. China anunció en septiembre de 2025 que necesitaba cuando menos 100 veces más fibra, radiobases y Data Centers para liberar la Inteligencia Artificial que necesita.
Basta cruzar de Nuevo León a Texas, Nuevo México o Arizona para comprender por qué el nuevo milagro digital se da en esos estados. Miles y miles de radiobases, fibra óptica, cómputo al borde e infraestructura robusta liberan la capacidad para fábricas, industria digital avanzada e inteligencia artificial. El éxito de Phoenix o Austin no depende de su suerte, sino de su poderosa infraestructura digital.
Una red privada de telecomunicaciones industrial es una infraestructura de conectividad diseñada para operar dentro de los límites de negocios expresamente diseñados. A diferencia de una red pública como la de Telcel, o AT&T, donde compartes el espectro y las antenas con millones de usuarios, una red privada es tuya. Tiene sus propias celdas, núcleo de red y tarjetas SIM, lo que da el control sobre el diseño del servicio, seguridad y cobertura.
Aquí surge el dilema. Este servicio, ¿lo ofrece mejor un nuevo operador o un concesionario tradicional? No tengo duda, una telco tradicional. Hay una crisis sobre la escala en las telecomunicaciones. Con todo su poder, han sufrido en todo el mundo. Esto quiere decir que un operador pequeño y sin capacidad va a morir en el intento. Requiere una inversión de capital inicial considerable en infraestructura, software, núcleo de red y pago por los derechos de uso del espectro radioeléctrico. No es rentable.
Un estudio de la asociación global de operadores de telecomunicaciones (GSMA), señaló que “no hay indicios de que las reservas de espectro aceleren la digitalización de las redes privadas de empresas”. “Asimismo, las reservas de espectro para verticales a menudo se ofrecen sin costo o a un costo reducido. Ofrecer precios diferenciales puede distorsionar el mercado y conducir a ineficiencias económicas.”
El sector de las telecomunicaciones tradicionales está en transición en todo el mundo, con enormes desafíos de escala, ingreso por usuario bajo, altos precios del espectro, masivas inversiones de tecnología y nuevos modelos de negocio.
La amenaza es clara. Licitar redes privadas puede de-satar un modelo de operación que distorsione el mercado, no cumpla las inversiones esperadas, balcanice el espectro, genere litigios, frustre al regulador; pero, sobre todo, compita deslealmente con los operadores tradicionales, matando los incentivos a la inversión. No es un tema de competencia económica, es de hacer lo correcto.