La gran deuda por la IA

Excélsior Paul Lara

El discurso de los autoproclamados “evangelistas” o “expertos” de la inteligencia artificial (IA) ha cambiado. Pasaron del cuento fantástico de que la IA se va a quedar con el mercado laboral, la piedra angular con la que inflaron su burbuja publicitaria y el pretexto perfecto para justificar esta supuesta revolución a un silencio incómodo.

De repente, los mismos genios que prometían el futuro están desesperados buscando el cobijo regulatorio y financiero del gobierno de Estados Unidos. Están empujando algunas de las Ofertas Públicas Iniciales (OPI) más sobrevaloradas de la historia, a pesar de que todas sus startups y divisiones tecnológicas están mucho más cerca de ser un agujero negro de tirar dinero que un negocio funcional y rentable.

Éste es, sin duda, el colmo del frenesí financiero. Es exactamente el tipo de comportamiento errático, ciego y desesperado que se observa en los mercados justo antes de que estalle una burbuja de proporciones históricas. Estamos ante un intento apenas disimulado de encontrar a un inversionista despistado que se quede con sus acciones infladas para poder sacar el dinero en efectivo antes de que todo el castillo de naipes se derrumbe. Pero ¿por qué este cambio tan radical en la narrativa de Silicon Valley? Bueno, las cosas se han puesto muy tensas en los últimos meses en el backend del dinero real. Detrás de los avatares hiperrealistas, los chatbots amigables y los textos generados en segundos, se esconde un monstruo financiero que muy pocos se atreven a mirar de frente: la deuda. Hagamos una pregunta: ¿cuánto dinero real creen que se ha destinado a la industria de la IA? Los datos fríos que han publicado agencias noticiosas como Reuters señalan que los inversionistas y las grandes corporaciones ya habían destinado cerca de dos billones de dólares a esta tecnología para el cierre de 2025. Sin embargo, esa cifra se queda muy corta frente a la realidad completa del mercado. La industria de la IA no sólo ha vivido de rondas de inversión en efectivo fresco de fondos de capital de riesgo, se ha apalancado hasta el cuello acumulando una deuda colosal que muchas veces se oculta de forma deliberada a través de estructuras empresariales complejas y filiales cruzadas.

Para dimensionar el problema, lo que analistas han comenzado a pregonar: sólo JP Morgan acumula una cifra cercana a los 1.5 billones de dólares en deuda directamente relacionada con proyectos e infraestructura de IA. Además, esta deuda ya representa entre 15% y 20% de todos los índices de bonos corporativos a escala global. En términos mundanos, significa que hay más de 1.5 billones de dólares en bonos de deuda emitidos por empresas tecnológicas circulando en el mercado abierto. Es una locura absoluta: la IA hoy en día está vinculada a más deuda viva que el propio sistema bancario tradicional. Sólo un puñado de gigantes tecnológicos planea absorber otro billón de dólares en deuda vinculada a centros de datos y semiconductores en los próximos años. En un abrir y cerrar de ojos, la deuda de la IA alcanzará tranquilamente los tres billones de dólares, y aquí es donde la matemática se vuelve aterradora. Esta gigantesca acumulación de pasivos crea una apuesta implícita sumamente peligrosa.

Esto significa una sola cosa: para que la industria de la IA sea viable y no caiga en un impago masivo, necesita generar cientos de miles de millones de dólares en ganancias netas anuales. ¡Ojo!, hablamos de ganancias reales, no de valuaciones alegres basadas en expectativas de humo. Seamos extremadamente optimistas y asumamos que la IA logra en el futuro un margen de rentabilidad neta de 10%, alcanza una paridad de costos perfecta con el trabajo humano y adquiere la capacidad técnica real de realizar la mayoría de las tareas diarias en una empresa (tres cosas que, dicho sea de paso, no ocurren hoy en día). Si el salario promedio en EU ronda los 66 mil dólares anuales, con ese margen del 10% una empresa proveedora de IA ganaría, en promedio, unos seis mil 600 dólares al año por cada puesto de trabajo que logre automatizar y eliminar. Saquen su calculadora: para poder cubrir los 309 mil millones de dólares necesarios para pagar su deuda anual, la industria de la IA necesita reemplazar urgentemente un total de 46.8 millones de empleos de carne y hueso. Eso equivale, palabras más, palabras menos, a borrar de un plumazo 27% de todos los puestos de trabajo existentes hoy en EU.

A esto se refieren cuando hablan de una apuesta implícita. Para salvarse de la bancarrota y del impago de sus bonos, la industria tecnológica necesita provocar un colapso laboral absoluto y un desplazamiento humano masivo a una velocidad supersónica. Si fallan en quitarle el empleo a la gente, toda su industria se irá al garete, arrastrando de paso a gran parte del sistema financiero que compró esos bonos. El único problema de esta colosal apuesta es el más obvio de todos: no está funcionando. A pesar del bombardeo diario de propaganda mediática pagada por las Big Techpara convencer al mundo de que los algoritmos ya nos superaron, la realidad es muy distinta. La gente no está perdiendo sus puestos de trabajo a causa de la IA a una escala macroeconómica significativa.