Del mar al grifo: desalinización del agua coloca a Israel en la meca de la innovación

Tel Aviv, Israel, enviado. Estoy en Sorek, la planta desalinizadora más grande del mundo. En sólo una hora convierte agua salada del Mediterráneo en 24 millones de metros cúbicos listos para el consumo humano. 

Bajo la guía experta de Marc Damatov, CFO de la compañía, el futuro del agua potable ya es presente desde hace una década, cuando el Estado de Israel decidió construir cinco plantas desalinizadoras de agua.

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La planta revela cómo la ingeniería y la innovación convierten un recurso abundante -el agua de mar- en la materia prima de la seguridad hídrica de la nación. Cada gota reciclada y cada kilovatio optimizado, colocan a Israel en un referente de la gestión inteligente del agua.

En Sorek, inaugurada en 2013, se procesan hasta 624 mil m³ de agua de mar diarios mediante ósmosis inversa. La planta emplea 16 mil membranas de 16 pulgadas fabricadas por Dupont y dispuestas verticalmente para optimizar el espacio y el consumo energético.

Impresiona que en la planta sólo laboran 50 personas porque todos los procesos están automatizados. 

Gracias a sistemas de recuperación de energía, la planta consume apenas 2.5-3.5 kWh por m³, aproximadamente 3.4 por ciento de la demanda eléctrica nacional. 

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Construida bajo una licitación BOT (construir, operar, transferir) a 25 años con una inversión aproximada de 500 millones de dólares (20% aportado por el gobierno), Sorek aporta 20 por ciento del agua potable de Israel, satisface necesidades domésticas (34%), agrícolas (55%), industriales (5%) e incluso exporta excedentes a Jordania (6%).

Israel recicla 90 por ciento de sus aguas residuales para riego, así utiliza dos veces la misma agua en un país donde cada gota cuenta. 

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Israel ha convertido la desalinización en pilar de su seguridad hídrica, especialmente frente a sequías crónicas y el estrés del cambio climático. 

Dos líneas de captación conducen hasta 50,000 m³ de agua de mar cada día hacia la planta. “El mar es nuestro aliado y nuestro desafío: su alta corrosividad y el boro disuelto en el agua obligan a mantener rigurosos protocolos de pretratamiento”, explicó Damatov. 

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La desalinización inicia con la captación cuando grandes rejillas retienen sedimentos y fauna marina. Posteriormente, el agua llega a grandes tanques o albercas con lechos de arena que eliminan partículas menores a manera de filtro natural. 

La técnica de desalinización conocida como ósmosis inversa aplica muchísima presión sobre una mezcla de agua salada y dulce para separar las sales del agua a través de 16 mil membranas verticales de 16 pulgadas de diámetro. 

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Un total de doce bombas de 6 mil kg de presión impulsan el agua a través de las membranas. El procedimiento separa minerales como calcio y boro. 

Sólo 10 de las 12 bombas funcionan simultáneamente para optimizar el consumo.

En la cadena de valor la planta debe reducir el porcentaje de boro en el agua porque es nocivo para la agricultura. En tanto que el calcio es positivo para el consumo humano y la desalinización incluye un proceso para diluir el calcio en el agua para su consumo. 

El proceso de desalinización del agua cumple estándares regulatorios muy estrictos. La planta tiene dos áreas de monitoreo del agua (de la empresa y el gobierno) que permiten cumplir con la calidad en tiempo real.

El agua tratada se envía a grandes estanques antes de integrarse al sistema de distribución municipal.

Modelo económico y regulatorio

Cada planta de esta envergadura cuesta alrededor de 500 millones de dólares, con un esquema BOT a 25 años donde el Estado financia 20 por ciento del capital. 

El precio del agua para uso domestico para el usuario final es de aproximadamente 2 dólares por 3.5 m³ por persona al mes.