Cambiar de smartphone por el último modelo se ha vuelto algo cotidiano para muchos de quienes vivimos en ciudades como la de México. También tener servicio de Internet es actualmente equivalente a tener luz o agua.
Utilizar Netflix, HBO Max, Star+, Disney+ se ha vuelto un privilegio cotidiano, pues incluso muchos tenemos contratado más de uno de estos servicios. Lo mismo ocurre con las plataformas de música como Spotify o Amazon Music, ya que muchos buscamos que se pueda reproducir en calidad Ultra HD.
Twitter está plagado de quejas porque de pronto se va la señal de Internet un momento o el servicio falló por algunas horas. Estamos acostumbrados a contactar a los proveedores a través de las redes sociales o en sus sitios y hablamos con chatbots.
También en las grandes ciudades estamos acostumbrados ya a pedir un taxi a través de una app. Hoy nos quejamos porque la calidad de esos servicios ha disminuido, pero llevamos años utilizándolos.
Muchos de nosotros usamos la banca en línea y hacemos comercio electrónico de manera habitual, son ya actividades sumamente cotidianas gracias a la digitalización.
Todo lo anterior se trata de privilegios que, al volverse tan cotidianos, hemos dado por hecho que todos obtienen acceso a ellos, pero no es así. Yo los utilizo y escribo de ellos desde mi privilegio.
Hoy en las ciudades como la de México hablamos de la Transformación Digital, incluso utilizamos ya las nuevas redes 5G de ultra alta velocidad y súper baja latencia.
El fin de semana pasado regresé (hace años no lo hacía y mis visitas eran más frecuentes) a un municipio llamado Jalpan, que se ubica en la sierra norte de Puebla.
Fui por asuntos personales, pero también a abrir los ojos y vivir en carne propia lo que algunos especialistas hemos venido advirtiendo: llevamos años sin poder reducir la brecha digital, llevamos años, muchos, escuchando a los líderes políticos diciendo que van a llevar conectividad a las zonas remotas.
Es más, uno de los pueblos que visité es de los más “desarrollados”, comparado con otros pequeños poblados de alrededor de aquella zona serrana, viven ahí poco más de dos mil habitantes y aunque hay algunas antenas de operadores de servicios de Internet, la calidad de este es muy deficiente.
En aquel lugar la gente tiene que moverse a algún rincón para que la señal celular pueda ser captada por sus teléfonos inteligentes, que por supuesto quienes tienen, son de gama baja. Pero ellos no utilizan Uber, tampoco Netflix, ni Spotify, algunos ponen YouTube cuando encuentran mejor señal celular, menos utilizan la banca electrónica y ni siquiera te topas con algún servicio de entrega de supermercado o de paquetería por Amazon, ya que no usan el comercio electrónico, y si quisieran quién sabe si pudieran ver una camioneta de Mercado Libre por sus calles.
Es más, fui testigo de cómo la gente del pueblo espera por horas y hace fila para pagar su recibo de luz. Como si fuera un ritual, llega cada dos meses un representante de la Comisión Federal de Electricidad a la explanada del Palacio Municipal (que funge también como cancha de futbol, de básquetbol y espacio para eventos o repartir ayudas sociales cuando hay), coloca una pequeña mesa plegable y una silla, y comienza a hacer el cobro en efectivo.
Fui testigo también que quienes tienen un teléfono inteligente acceden a Internet a través de recarga con “fichas” –le llaman allá–, es decir, tarjetas de prepago.
Llevar puesto un reloj inteligente o tener un teléfono con capacidad 5G y sistema fotográfico de cuatro cámaras es completamente un lujo. Los niños que juegan por ahí y notaban mi reloj se acercaban para jugar con él y ver cómo funcionaba.
Los habitantes de aquella región de la sierra norte de Puebla se levantan temprano, a las cuatro de la mañana “almuerzan” para irse a trabajar a sus potreros o parcelas, aunque en muchas ocasiones ni siquiera son de ellos, sino que trabajan para los dueños.
No piden Uber, sino que esperan una camioneta que ya tiene un horario definido para llevarlos y otro para traerlos, pues aunque cada vez hay más transporte colectivo como taxis y combis, aún se rigen por horarios.
La Transformación Digital se ha convertido en un privilegio de unos cuantos, porque la realidad del país, de México en todo su territorio, no es la misma que la de la Ciudad de México, Monterrey, Guadalajara, Querétaro y otras, en donde la fibra óptica y las redes móviles están transformando nuestras vidas por completo.
Ni siquiera bastará con que el gobierno federal cumpla la promesa de llevar conectividad a todo el país. En aquel pueblo al que visité sí hay conectividad, deficiente, pero la hay. Tienen un cibercafé al que acuden algunas personas para ver YouTube o Facebook y comunicarse con sus familiares que están en alguna ciudad del país o en Estados Unidos. Pero digo que no bastará, porque efectivamente se necesita que exista una estrategia de educación digital, y por supuesto que de alguna manera les hagan llegar los dispositivos a través de los cuales se puedan conectar, porque la gente en esos lugares no tiene la capacidad económica para comprarlos. En pocas palabras, ellos eligen comer que ser parte de la “Transformación Digital”, y ¿quién no elegiría eso?
Por eso y más es que digo que nosotros, los citadinos, vivimos en una burbuja digital. En el privilegio, pues.