«¿Y qué pasa si no hacemos nada?» fue la pregunta que se hizo el ingeniero en computación Javier Soto en medio de la crisis económica que vivió Venezuela entre 2016 y 2017 y que afectaba tan corrosivamente a los sectores productivos del país, como el agroindustrial.
Volvió al pasado cuando la calamidad tocó a su puerta. Su familia, siendo aún muy pequeño, se dedicaba a la producción de cítricos. Era una unidad productiva modesta pero rentable. No rindió frutos a largo plazo por las mismas razones que seguían sin atenderse hasta la fecha: falta de acceso a asesorías técnicas, insumos y tecnología.