Un velero llamado Millicom

Telefónica desempeñó durante más de tres décadas un papel central en el desarrollo de las telecomunicaciones en Chile, así como otro tanto en la región. La empresa lideró un proceso de modernización tecnológica que permitió ampliar significativamente la cobertura y calidad de los servicios de telefonía fija y de voz móvil.

Su presencia coincidió con una etapa de fuerte expansión de la conectividad, marcada por grandes inversiones en infraestructura de redes y por la introducción de nuevas tecnologías que integraron a Chile en la economía global. Pero, de la noche a la mañana, las circunstancias cambiaron….

Y se marchó…

Telefónica puso sus pies en Chile en 1991, heredando la hace poco privatizada CTC (Compañía de Teléfonos de Chile), que hasta entonces había estado en manos del conglomerado australiano Bond —nada que ver con James Bond, por cierto. 

Aquella empresa había adquirido la histórica CTC en una subasta pública convocada por el régimen militar, en el contexto de las reformas que buscaban superar las limitaciones del viejo modelo marxista de provisión de servicios públicos a la población (agua, alcantarillado, telefonía, electricidad, correo, etc.), de manera directa y sin intermediarios.

Hoy cuesta imaginarlo, pero en aquella época quien deseaba instalar una línea telefónica fija en su hogar debía esperar, en promedio, cerca de dos años para que el personal técnico acudiera a su puerta. No es que la telefonía no existiera: simplemente el sistema funcionaba mal. Sin incentivos alineados, con burocracia pesada y con escasa inversión, el país arrastraba un retraso tecnológico considerable.

Los muchachos de Bond —muy dados a las combis, las playas y el surf, mientras sonaba “Down Under”— lograron introducir algo de dinamismo en la empresa. Pero pronto decidieron vender su participación. Así comenzó la llamada conquista hispánica de CTC. En 1991, Telefónica adquirió el control de la compañía y abrió una nueva etapa en la historia de las telecomunicaciones chilenas.

El trazado vital de la compañía

Sabemos que la telefonía comenzó a operar en Chile en 1879, en Valparaíso. Esto fue con la instalación de una de las primeras líneas telefónicas por parte de la Compañía Chilena de Teléfonos de Edison, vinculada al imperio eléctrico de Thomas Edison.

Décadas más tarde, en 1927, la Chilean Telephone Company Limited, de capitales británicos, transfirió la empresa al Estado, lo que dio origen a un proceso de reestructuración jurídica del servicio. El proceso culminó en 1930, cuando se dictó la ley N° 4.791, que aprobó un contrato-ley mediante el cual la International Telephone and Telegraph Company (ITT) asumió el control de la empresa —aportando 80% del capital—, creando así formalmente la Compañía de Teléfonos de Chile (CTC) —con 20% en manos del Estado.

La empresa atravesó luego varias etapas turbulentas. En 1971 fue intervenida durante el proceso de estatizaciones del gobierno de la Unidad Popular. En 1974, CORFO adquirió la mayor parte de las acciones que hasta entonces poseía ITT, consolidando el control estatal sobre CTC.

Los años dorados de la gran Telefónica

Durante décadas, CTC fue protagonista central de la expansión de la conectividad en el país. No puede negarse su papel en el despliegue de redes, en la modernización tecnológica y en la extensión de servicios hacia territorios que hasta entonces parecían periféricos para el negocio. 

El pueblo de Cachiyuyo, en 1990, en la comuna nortina de Vallenar, provincia de Huasco, fue el mejor ejemplo del impulso modernizador que las telecomunicaciones rurales trajeron al país, incluso para “don Raimundo”, el fiel usuario de la cabina telefónica que ocupaba en Cachiyuyo. 

Gracias a ellas, “don Raimundo” podía comunicarse periódicamente con su nieto que vivía en la capital mediante las monedas de 100 pesos que depositaba en la ranura sobre el discador.

Entre tanta pompa y algarabía, el 12 de noviembre de 1996, Sus Majestades los Reyes de España, don Juan Carlos de Borbón y doña Sofía de Grecia, inauguraron en Santiago la Torre Telefónica. Era un edificio que buscaba representar el optimismo tecnológico de los años noventa y que terminó convirtiéndose en uno de los hitos urbanos de la capital y el más alto de la ciudad por 2 años. Durante algún tiempo, Telefónica parecía haber encontrado en Chile algo más que un mercado: un segundo hogar corporativo.

Pero las empresas, como los imperios, también cambian de rumbo y de intereses. Con el paso de los años, la estrategia global del grupo comenzó a concentrarse en mercados considerados prioritarios o con nata más densa: España, Alemania, Reino Unido y Brasil. Chile, pese a su estabilidad institucional y a su historia con la compañía, dejó de ocupar un lugar central en ese tablero.

El actual CEO de Telefónica, Marc Murtra, lo dijo en todos los tonos: Europa, Europa y Europa. Bueno, se le olvidó incluir Brasil. Es que Telefónica apuesta por salir de toda la región, menos el país del carnaval. Y así llegó el momento de partir.

Y a su barco le llamó libertad

El episodio quedó registrado en la liturgia del mercado de valores. El 10 de febrero de 2026, Telefónica Chile comunicó a la Comisión para el Mercado Financiero (CMF) la enajenación de su negocio en el país mediante un “hecho esencial” remitido por Celtel Chile, S.L., la sociedad adquirente.

La operación consistió en la compra de 100% de las acciones con derecho a voto de Telefónica Móviles Chile S.A., matriz que controla a Telefónica Chile S.A. y a sus principales filiales operativas. 

En términos económicos, la transacción implicó la adquisición de 99,4% del capital social del holding chileno controlado por Telefónica. El pequeño porcentaje restante permanece en manos de accionistas minoritarios históricos, una presencia casi arqueológica que suele sobrevivir durante décadas en las sociedades abiertas.

La misteriosa Celtel

Detrás de Celtel Chile —el vehículo jurídico de la compra— se encuentra una estructura societaria cuidadosamente diseñada. La compañía fue constituida en España en noviembre de 2025 y está controlada conjuntamente por NJJ Cactus SAS y Millicom Spain, S.L.

Millicom Spain, S.L. es el destilado químicamente puro de Millicom S.A., la luxemburguesa. Y bueno, el holding NJJ es el vehículo del empresario francés Xavier Niel, uno de los personajes más singulares del capitalismo europeo contemporáneo: magnate de telecomunicaciones, inversionista tecnológico y figura recurrente en la industria digital del continente.

La participación accionaria del vehículo se distribuye en 51% para NJJ y 49% para Millicom. Sin embargo, el acuerdo de gobernanza establece que Millicom asumirá el control operativo del negocio desde el primer día, aplicando el modelo corporativo que ya utiliza en otros mercados de América Latina.

Por ahora, la marca Movistar seguirá existiendo. Las nuevas denominaciones —Tigo, Celtel u otras— quedarán para un capítulo posterior de la historia. En telecomunicaciones, las marcas cambian con más facilidad que las antenas.

El tras bambalinas de la venta

La venta de Telefónica no fue un proceso silencioso. Tuvo algo de telenovela latinoamericana, con alianzas insinuadas, negociaciones fallidas y varios pretendientes rondando el activo como gatos alrededor de una carnicería.

Para Telefónica, vender a un actor extranjero tenía una ventaja evidente: las autorizaciones regulatorias chilenas serían más simples que si el comprador hubiese sido un incumbente local. Para estos últimos, en cambio, era el peor desenlace posible. 

La entrada de un nuevo actor internacional implicaba mantener intacta la estructura de cuatro operadores móviles, prolongando la presión sobre los márgenes que desde hace años tensiona al sector. Es condenar a la maullaría a cuatro flacuchentos felinos, a media tripa llena, en vez de tres gatos persas a cuerpo de unos reales condes (no digamos que a “cuerpo de rey”, porque eso sería ya una exageración en este mercado).

Y por eso hubo un inusual número de interesados. Si hasta WOM, resucitado no hace poco más de tres días en el sudario de la Delaware Court of Chancery, infló el pecho y apostó USD 1 millón que sonó contundente y claro. Por su parte, Entel y América Móvil iban a ir por los negocios móviles y fijos, respectivamente, pero quebraron su alianza vinculante momentos antes de concretar la oferta obligatoria. 

Los caribeño-ingleses de Paradise Mobile y los emiratíes de  Beyond One habrían hecho ofertas vinculantes, pero por valores que no cayeron en gracia a la ibérica. Los únicos locales que desmintieron estar interesados en la compra fueron el Grupo GDT y la empresa Mundo Telecomunicaciones.

Finalmente, Millicom fue quien terminó ganando la partida. Así, como diría la vieja canción de ABBA, “the winner takes it all”. Pero la cuestión interesante no es qué ocurrió, sino por qué ocurrió lo sucedido. Intentar encontrar algunas explicaciones, porque la respuesta última sólo queda reservada al sigilo íntimo de los tomadores de decisión. 

La búsqueda de la racionalidad económica de la operación

¿Por qué Millicom y el grupo NJJ decidirían entrar en un mercado pequeño, fragmentado y con cuatro operadores que compiten con la intensidad de un torneo medieval?

El diagnóstico no es difícil de comprender: Chile tiene 19 millones de habitantes, cuatro operadores móviles con red propia, una presión constante sobre el ARPU (en prepago, CLP $80 por llamadas y CLP $60 por MB) y una competencia tarifaria feroz (market share inestable).

En ese contexto, la rentabilidad rara vez es una fiesta. En 2025 sólo Entel tuvo balances azules. Las empresas deben invertir miles de millones en espectro, torres, fibra y redes 5G, mientras los consumidores —con toda justicia— esperan precios cada vez más bajos. El resultado se parece a un banquete romano en el que todos comen con entusiasmo productos de calidad, pero ninguno quiere pagar la cuenta.

Sin embargo, la jugada también puede interpretarse de otra manera. La decisión de Millicom podría no ser una apuesta por el presente del mercado chileno, sino por su futuro y, específicamente, por su eventual reconfiguración estructural. 

Los movimientos corporativos rara vez se explican por la rentabilidad inmediata. Responden más bien a estrategias de posicionamiento: adquirir activos, ganar escala regional y esperar el momento en que las condiciones del mercado permitan capturar valor. Así, no sería raro que el torneo medieval en unos años ocurra entre otras empresas regionales consolidadas: América Móvil, Liberty Media y Tigo.

La pregunta, entonces, es simple: ¿estamos frente a una temeridad empresarial o ante una jugada de ajedrez pensada varios movimientos adelante? ¿Puede sostenerse indefinidamente una estructura de cuatro operadores móviles con red propia en un mercado del tamaño demográfico de Chile? La respuesta no es ideológica. Es económica. 

Las telecomunicaciones requieren escala, inversión continua y horizontes financieros largos. En mercados maduros, la experiencia internacional muestra una tendencia clara: la consolidación. Europa la ha vivido. Estados Unidos también. América Latina probablemente no será la excepción con los prospectos anunciados u otros.

Y si algo enseña la historia de esta industria es que el número de jugadores importa menos que la intensidad con que compiten. El tiempo —ese regulador supremo que no necesita decreto— tendrá la última palabra.