Rescatar el Amazonas: tecnologías clave para proteger los pulmones del mundo

Los esfuerzos en tecnología y cooperación de Brasil, Colombia, Ecuador y Perú para preservar la selva amazónica.

Crédito: Adobe Stock

En el corazón del trópico pantanoso más grande del planeta, el Amazonas, se unen tecnología satelital, drones, aplicaciones móviles e Inteligencia Artificial (IA) para vigilar, prevenir y combatir la tala ilegal y otras amenazas ambientales, y así proteger la vida y salvaguardar la diversidad de uno de los pulmones del mundo.

El Proyecto de Monitoreo de la Amazonía Andina (MAAP), impulsado por Amazon Conservation y sus socios regionales, utilizan imágenes de satélites como Landsat, Sentinel, Planet y DigitalGlobe, además del satélite peruano PeruSat‑1, para generar alertas casi en tiempo real de deforestación en Colombia, Ecuador, Brasil, Perú y Bolivia. 

Este sistema reveló que entre 2016 y 2018, en Colombia se perdieron 478,000 hectáreas de bosque del Amazonas, 73% en zonas primarias, aquellas áreas de bosque natural que no han sido perturbadas significativamente por actividades humanas.

Del lado de Ecuador, drones proporcionan datos de alta resolución en sitios remotos, que comuneros y guardaparques usan para identificar amenazas en tiempo real.

Desde 2021, la comunidad indígena Waorani combina caminatas por la selva con herramientas digitales, como celulares, para registrar geolocalización. Además, emplean drones llamados “Kenguiwe”, que se traduce “águilas arpías” en su propia lengua, Wao Terero.

En estos años, los Waorani  han mapeado más de 1,000 alertas –de las cuales casi la mitad corresponden a tala ilegal–, instalando puestos de control con Internet solar y movilizando denuncias cuando encuentran actividades ilícitas.

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Por su parte, Brasil ha apostado por la trazabilidad tecnológica. Una aplicación móvil desarrollada por The Nature Conservancy y aliados académicos permitirá rastrear el origen de la madera amazónica mediante análisis de isótopos químicos. Esta solución busca cortar la cadena de comercialización ilegal, que representa uno de los principales motores de la deforestación. Al identificar el lugar exacto de origen de la madera, esta herramienta no sólo promueve el comercio legal, sino que también puede influir en políticas ambientales y acuerdos internacionales.

A través del Instituto Nacional de Pesquisas Espaciais (INPE), Brasil ha comenzado a compartir su tecnología satelital con otros países de la cuenca amazónica –incluyendo a Colombia y Ecuador–, para vigilancia ambiental, lo que ha permitido detectar a tiempo actividades como tala, minería y tráfico de especies, incluso bajo condiciones de nubosidad. 

Esta cooperación, impulsada por la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica (OTCA), busca crear un frente común de vigilancia y respuesta rápida ante actividades ilícitas. Gracias a estos acuerdos, se ha fortalecido el monitoreo conjunto, mejorado el intercambio de datos y abierto espacios para la capacitación mutua.

Otra de las apuestas más ambiciosas es la misión Perceive, un satélite de nueva generación desarrollado con tecnología brasileña y europea, que recogerá datos sobre temperatura, humedad y biodiversidad mediante sensores IoT. Este satélite alimentará un sistema nacional de respuesta ambiental llamado Perception, y su lanzamiento marcaría un hito en la soberanía tecnológica regional para la protección del Amazonas.

Colombia, Ecuador y Brasil han venido estrechando lazos para proteger de forma coordinada la Amazonia. En encuentros recientes, se firmaron acuerdos bilaterales enfocados en seguridad, protección ambiental y comercio sustentable. Además, Ecuador organizó reuniones con países de la región para incorporar tecnologías innovadoras al monitoreo amazónico.

Desafíos para proteger el Amazonas

Proteger el Amazonas no es sólo cuestión de buena voluntad política o tecnología avanzada; implica enfrentar una compleja red de desafíos estructurales, económicos y políticos. Uno de los principales obstáculos es la debilidad institucional en los territorios amazónicos. Muchas regiones carecen de presencia estatal efectiva, lo que impide una respuesta rápida ante actividades ilegales como la minería, la tala o el narcotráfico. Esta ausencia deja a las comunidades solas frente a amenazas constantes y limita la implementación de estrategias de conservación sostenibles.

A esto se suma la violencia contra líderes ambientales e indígenas, que ha crecido en los últimos años. En Colombia y Brasil, numerosos defensores del bosque han sido intimidados y, en los peores casos, han perdido la vida por denunciar actividades ilícitas. Este clima de riesgo disuade la participación comunitaria y dificulta los esfuerzos de monitoreo en terreno, incluso cuando existen herramientas tecnológicas a su disposición. La protección del Amazonas exige tanto inversión ambiental como garantías de seguridad y justicia para quienes lo protegen.

Otro reto clave es la falta de conectividad y formación tecnológica en zonas remotas. Aunque existen drones, satélites y plataformas digitales, muchas veces las comunidades no cuentan con Internet, energía eléctrica o conocimientos técnicos para usarlas de manera autónoma. Esto genera una dependencia constante de organizaciones no gubernamentales o instituciones externas, lo que puede limitar la sostenibilidad de los proyectos. Invertir en infraestructura digital y en capacitación local es esencial para cerrar esta brecha y lograr una conservación de largo plazo.

También persisten tensiones entre los modelos de desarrollo económico y los principios de conservación. En muchos países amazónicos, las políticas públicas priorizan la extracción de recursos –como petróleo, madera o minerales– por encima de la protección ambiental. Esta contradicción se refleja en la aprobación de proyectos sin consulta previa o en el debilitamiento de normas ambientales. Sin un cambio de enfoque hacia economías regenerativas y basadas en la bioeconomía, la presión sobre el bosque seguirá creciendo.

Por último, se necesita una mayor integración regional y coherencia entre países. Aunque existen acuerdos como la OTCA, las estrategias de conservación siguen siendo fragmentadas.