Nuevo Twitter y libertad de expresión

Proceso Jorge Bravo

La libertad de expresión en Internet se defiende o se exige, pero ¿también se compra? Elon Musk pagó 44 mil millones de dólares para adquirir Twitter porque considera que el problema de esa red sociodigital es la censura.

El empresario más rico del mundo, cuya fortuna está valuada en más de 269 mil millones de dólares, piensa que “la libertad de expresión es la base de una democracia que funcione, y Twitter es la plaza pública digital donde se debaten asuntos vitales para el futuro de la humanidad”.

La declaración de Musk al anunciar la adquisición de Twitter está lejos de ser original, no es brillante y es superficial, pero adquiere mayor dimensión y mucha mayor propagación por tratarse de un personaje relevante de los negocios y la industria de la tecnología. 

En otro tuit, Musk explicó lo que él entiende por libertad de expresión: “simplemente lo que se ajusta a la ley. Estoy en contra de la censura que va mucho más allá de la ley”.

El dueño de Tesla y Space X no adquirió Twitter para tener libertad de expresión él y la humanidad, sino para que él, los clientes y los actores políticos tengan mayor influencia. Ésta es el poder de una persona o entidad para determinar o alterar la forma de pensar o de actuar de alguien. En Internet la influencia se ejerce a través de los algoritmos y la ciencia de datos.

Twitter es una plataforma de Internet privada, pero ha sido apropiada como una plaza pública digital. Es la red social predilecta de personajes prominentes como políticos o empresarios protagónicos como Musk, pero no es la principal para llegar a todo tipo de audiencia. Instagram y TikTok no sólo tienen más usuarios, también son más eficientes para alcanzar y hablar el lenguaje de los jóvenes.

Twitter no es la red social con más usuarios (ni siquiera está entre las 10 principales), pero sí es la más influyente políticamente. Tiene apenas 350 millones de usuarios en el mundo (incluidas las cuentas falsas) y sólo 217 millones de esas cuentas son monetizables.

En comparación, Facebook tiene 2 mil 910 millones de usuarios globales. Pero en ninguna de las otras redes sociales competidoras en publicidad y creación de contenidos ocurre lo que sucede en el mundo y de lo que la gente está hablando al momento como en Twitter.

Musk pagó 125.7 dólares por cada cuenta de Twitter, incluidas las falsas. Según una investigación de las universidades del Sur de California y de Indiana, hasta 15% de las cuentas de Twitter son bots y no personas reales.

Según el software de auditoría SparkToro, Más de 40% de los seguidores de Twitter de personajes relevantes son falsos. Musk tiene la mayor proporción de seguidores apócrifos. Cuando se auditó en 2021, de los 60 millones de cuentas que lo siguen, 28 millones eran falsas, 46.5% de sus seguidores. Además, cerca de 15 mil cuentas se hacen pasar por Elon Musk, algunas con miles de seguidores.

Twitter es una plataforma global para la autoexpresión pública y la conversación en tiempo real a través de temas, intereses y tendencias. Democratizó la creación y distribución de contenidos para que los usuarios puedan consumir, crear, distribuir y descubrir contenidos sobre los temas de su interés.

Twitter es una empresa de datos y una máquina extractora de esa materia prima conductual a través de la actividad e interacciones que los usuarios hacen de forma gratuita a cambio de la autoexpresión. El excedente de datos que obtiene Twitter de los usuarios los utiliza para venderlos a terceros, generar publicidad personalizada e ingresos.

A través de su algoritmo, Twitter organiza la conversación. Ahí radica el principal problema de la red social. El usuario no tiene suficiente control sobre la conversación, la plataforma es identificada como poco saludable en términos de conversación pública, las personas se encuentran con desinformación y esto afecta la confianza en la red y los ingresos.

Las marcas y las organizaciones que se anuncian en Twitter no quieren estar asociadas o aparecer cerca de conversaciones tóxicas, cuentas falsas o discursos de odio.

La oportunidad de negocio de Twitter en la era Musk radica en “sanear” y desintoxicar la red social y la conversación, hacerla más políticamente correcta y conservadora para atraer a los anunciantes e incrementar los ingresos de la plataforma.

Musk declaró que buscará mejorar el producto con nuevas funciones (por ejemplo, un botón para editar el contenido previamente publicado). También quiere derrotar a los robots de spam y autenticar a todos los usuarios.

Esto último es positivo porque muchos usuarios de Twitter, ocultos en el anonimato, expresan lo que no dirían con una identidad auténtica. Tanto el anonimato como las cuentas falsas y las granjas de bots han intoxicado la conversación y las interacciones. Pero también ahí radica el riesgo político.

En 2019, Twitter prohibió en todo el mundo la promoción de contenido político. La red social considera que “el alcance de los mensajes políticos se debe ganar, no comprar”. Para Twitter el contenido político “hace referencia a un candidato, partido político, funcionario gubernamental electo o designado, elección, referéndum, medida sometida a votación, ley, normativa, directiva o fallo judicial”. También “peticiones de votos, solicitudes de apoyo financiero y promoción a favor o en contra de los tipos de contenido político mencionados anteriormente”.

Si para Musk el problema de Twitter es la censura, una de sus primeras decisiones sería revocar la política de prohibir el contenido político y cobrar por él. Automáticamente, colocaría a Twitter en el foco de la regulación político-electoral y en el ámbito de la ley que plantea Musk como parte de la libertad de expresión.

Lo más problemático y polémico de la visión de Musk sobre Twitter es que el algoritmo sea de código abierto para aumentar la confianza. El algoritmo es el secreto mejor guardado y la propiedad industrial más valiosa de una plataforma de Internet. Abrir el algoritmo de Twitter suena muy democrático y revolucionario, pero las implicaciones en términos de privacidad detrás de esa decisión es que los datos conductuales de los usuarios estarán más expuestos para ser analizados y utilizados por terceros, incluidos clientes políticos.

Para los anunciantes será más sencillo vender predicciones utilizando los datos conductuales como instrumento, pero también para modificar o moldear los comportamientos. Ahí es donde la libertad de los usuarios que tanto defiende Musk, terminaría.