Reforma Verónica Baz
Hoy el mundo se enfrenta a un cuello de botella en la producción de un insumo cuyo desabasto era inimaginable. Se trata de los semiconductores o chips que, al ser piezas que permiten o impiden el paso de corriente eléctrica, forman parte de miles de artículos que utilizamos en nuestra vida.
La escasez de cualquier insumo clave para el funcionamiento de la economía se puede volver un tema de interés nacional y geopolítico. De ahí que, por ejemplo, para muchos países ha sido estratégica la capacidad de refinar petróleo.
Hoy el mundo se enfrenta a un cuello de botella en la producción de un insumo cuyo desabasto era inimaginable. Se trata de los semiconductores o chips que, al ser piezas que permiten o impiden el paso de corriente eléctrica, forman parte de miles de artículos que utilizamos en nuestra vida cotidiana y en la producción industrial.
Goldman Sachs ubicó 169 industrias que están sufriendo por la falta de semiconductores. La lista incluye giros tan variados como telefonía, ordenadores, videojuegos, aires acondicionados, equipos de refrigeración, maquinaria para la producción de cervezas, equipo de jardinería, vehículos espaciales y misiles guiados.
Esta crisis de desabasto, que para el presidente Biden podría significar un golpe al Producto Interno Bruto, comenzó a gestarse desde la administración anterior cuando el presidente Trump puso restricciones al comercio e inversión en China, haciendo que se volviera menos atractivo fabricar semiconductores en Estados Unidos.
Otras variables que han contribuido a esta crisis son el confinamiento por la pandemia, que llevó a muchas personas a comprar electrodomésticos y equipo de trabajo con alto contenido de chips; y la rápida recuperación de la industria automotriz, que consume gran cantidad de semiconductores. Cuando incrementó la demanda por autos, esta industria se vio obligada a esperar al final de la fila para ser atendida por sus proveedores.
A ello se han sumado otros sucesos naturales que han agravado la situación, tales como la sequía en Taiwán, que dejó sin agua a las plantas productoras de chips, y el incendio en la planta de Japón de uno de los principales proveedores de la industria automotriz.
La crisis ha tenido consecuencias interesantes. Los precios de algunos productos han subido afectando a los consumidores finales. Empresas como Samsung e Intel están pensando en ampliar su capacidad productiva para no volver a sufrir desabasto, y los gobiernos están entrando en una dinámica que la revista británica The Economist llamó Tecno-Nacionalismo, la cual explora formas para no depender de la producción de otros países.
Estados Unidos está dando incentivos millonarios para que productores que estaban en Asia regresen, y Europa tiene una meta de fabricar el 20% de los semiconductores para 2030.
Muchos líderes, ante las enormes pérdidas, piensan que debieron de haber previsto este desabasto. La realidad es que fue una especie de “tormenta perfecta” imposible de prever. Hoy el riesgo es que se invierta demasiada energía en una integración vertical de la industria a costa de estar atentos a las nuevas vicisitudes de estos tiempos tan cambiantes.