It is the productivity, stupid: la urgencia de la transformación digital en América Latina
Pablo Bello es economista chileno, experto en políticas públicas de tecnologías digitales. Actualmente es Asesor Especial en el Ministerio de Hacienda de Brasil. Anteriormente fue Director de Políticas Públicas de WhatsApp para América Latina (2019-2024), Director Ejecutivo de la Asociación de Empresas de Telecomunicaciones de América Latina (2011-2019) y Viceministro de Telecomunicaciones de Chile (2006-2010).
América Latina y el Caribe enfrenta un momento crítico. Mientras la región creció apenas 1% anual entre 2014 y 2024, Asia emergente lo hizo 5%, China en torno a 6% y las economías avanzadas cerca de 2%.
Más dramático: durante 2014-2019 el crecimiento fue de apenas 0.6% anual, peor que durante la Gran Depresión y “la década perdida” de los 80s. Esta vez el contexto es más peligroso: América Latina está perdiendo su bono demográfico, con la población en edad de trabajar estabilizándose y la proporción de mayores de 65 años duplicándose para 2050. Esta combinación generará tensiones sociales crecientes que erosionarán la confianza en las instituciones democráticas.
El Latin American Economic Outlook 2025 de la OCDE es contundente: el crecimiento potencial del PIB per cápita en la región es apenas 0.8% anual (1980-2024) versus 1.7% en la OCDE. El PIB per cápita latinoamericano se ha mantenido estático en 27% del nivel estadounidense desde 1990. No hay convergencia.
La Productividad Total de Factores prácticamente no creció (0.02% anual versus 0.8% en la OCDE), alimentando un círculo vicioso donde el crecimiento insuficiente hace imposible mejoras sociales significativas, la desigualdad erosiona la cohesión social y la inestabilidad política ahuyenta la inversión productiva.
A pesar de décadas de intentos de diversificación, la región permanece anclada en un modelo económico del siglo XIX: explotación de recursos naturales con mínima sofisticación tecnológica y servicios de baja productividad que absorben 55% de la fuerza laboral en informalidad.
Apenas 2.1% de los empleos tienen alta intensidad tecnológica (versus 7.7% en la OCDE). Necesitamos implementar con urgencia una ambiciosa agenda de transformación productiva.
Elevar la productividad requiere una agenda integral: sistemas educativos que formen habilidades para la economía del siglo XXI, infraestructura física que reduzca costos logísticos, inserción inteligente en mercados internacionales, diversificación productiva, y agregación de valor para pasar de exportar materias primas a productos procesados.
Pero hay un elemento que atraviesa todos estos ejes: la transformación digital. El informe de Mario Draghi para la Comisión Europea demostró que 70% de la brecha de productividad entre Europa y Estados Unidos se explica por el rezago en tecnologías digitales. Para América Latina, con brechas aún más profundas, el mensaje es urgente: sin transformación digital acelerada, la convergencia será inalcanzable.
La transformación digital debe entenderse en su dimensión más amplia: no sólo como la creación de nuevos servicios digitales, sino como una infraestructura horizontal estratégica y su capacidad de modernización de infraestructuras tradicionales.
La digitalización de redes eléctricas mediante Smart Grids, la optimización de sistemas de transporte y logística, la tecnificación del agronegocio mediante IoT y la sofisticación de actividades extractivas con automatización son ejemplos de cómo la digitalización potencia la productividad en sectores que representan el núcleo de nuestras economías.
La región tiene activos importantes: un mercado digital de más de 650 millones de personas, capacidad de innovación, liderazgo en sectores como Fintech y recursos naturales críticos.
Pero enfrenta brechas críticas: dependencia tecnológica estructural, déficit de capacidad de procesamiento con 60% de la economía brasileña dependiendo de centros en Estados Unidos, brecha de inversión de 300 mil millones de dólares en telecomunicaciones, baja diversidad en conectividad internacional, fragmentación regulatoria y baja absorción de tecnologías avanzadas en el tejido productivo.
Una agenda digital transformadora debe entender la integralidad del ecosistema digital y estructurarse sobre tres ejes: infraestructura digital, servicios digitales e Inteligencia Artificial.
Primero, infraestructura digital: América Latina ha logrado avances importantes en el despliegue de telecomunicaciones durante los últimos 20 años, expandiendo significativamente la cobertura de banda ancha fija y móvil.
Sin embargo, persisten brechas críticas de conectividad de alta calidad a precios adecuados, especialmente en zonas rurales donde existen actividades económicas que dependen de tecnologías digitales para avanzar en productividad y expandir mercados.
La tecnificación del agronegocio, la sofisticación de la minería y la optimización de la logística rural requieren banda ancha de alta capacidad que hoy es inexistente o inasequible en vastas extensiones de la región.
Cerrar estas brechas es fundamental, al igual que reforzar los backbones de fibra óptica nacionales y regionales, diversificar cables submarinos (la iniciativa brasileña de conectividad sur-sur con África, el Sudeste Asiático y Oceanía es relevante) y desarrollar Centros de Datos regionales con estándares de sostenibilidad.
Esto requiere instrumentos de blended finance, alianzas estratégicas internacionales, rebalanceo de cargas entre telecomunicaciones y plataformas digitales y una nueva generación de políticas que prioricen la inversión en infraestructuras digitales, incluida la desregulación de tecnologías y servicios legacy.
Segundo, servicios digitales: si bien las grandes plataformas tecnológicas han democratizado el acceso a servicios y mercados, la región debe desarrollar mayor capacidad propia de creación de valor.
Esto requiere marcos modernos de competencia y protección de datos, políticas activas de desarrollo tecnológico que incentiven el capital de riesgo regional y la construcción de clusters empresariales que generen escala. Este último punto es particularmente desafiante: históricamente, la baja confianza entre empresarios ha dificultado la cooperación necesaria para competir globalmente. Superar esta fragmentación mediante mecanismos que faciliten la integración de pymes en cadenas de valor digitales es fundamental para construir campeones regionales.
La creación de mercados digitales regionales mediante convergencia de políticas, armonización tributaria y data trusts con acuerdos de reconocimiento mutuo (modelo safe harbour) facilitaría el libre tránsito de datos.
En competencia digital, donde pocas plataformas dominan múltiples mercados como gatekeepers, se necesitan modelos flexibles y balanceados de intervención, inclusive ex-ante, para garantizar mercados contestables. El proyecto brasileño inspirado en la Digital Markets Act del Reino Unido es un caso relevante.
Tercero, Inteligencia Artificial: la IA representa tanto oportunidad como riesgo de profundizar brechas. La agenda de transformación digital debe incluir inversión en infraestructura habilitante para IA, desarrollo masivo de talento, sandboxes regulatorios, marco ético, incentivos para adopción en pymes y coordinación regional.
América Latina debe desarrollar plataformas compartidas de IA y modelos en español y portugués (como Latam-GPT). El Plan Brasilero de Inteligencia Artificial, con más de 4 mil millones de dólares hasta 2028, es un caso relevante.
Pero tener el diagnóstico correcto y la agenda adecuada no es suficiente. El desafío está en la capacidad de implementación. América Latina no podrá ejecutar esta agenda sin instituciones capaces de articular políticas coherentes entre sector privado, universidades y gobiernos, de convocar a todas las partes interesadas y de mantener el rumbo estratégico con respaldo de la sociedad y con instrumentos de política, especialmente financieros.
Los bancos de desarrollo tienen un rol fundamental que trasciende el financiamiento tradicional. Pueden actuar como articuladores institucionales capaces de alinear incentivos entre actores públicos y privados, estructurar instrumentos de blended finance que movilicen capital privado hacia infraestructura digital, proveer asistencia técnica para implementación de políticas complejas y facilitar la coordinación regional que América Latina necesita para generar escala negociadora.
Es crucial entender que soberanía tecnológica, infraestructura resiliente, reconocimiento del valor de datos, una nueva generación de políticas y regulaciones pro-inversión, fortalecer la competencia digital y políticas activas de desarrollo tecnológico son agendas interconectadas.
Requieren implementación en tres niveles: nacional, regional para generar escala negociadora y global. América Latina necesita un modelo propio que combine apertura a la innovación sin subordinación estratégica, desarrollo de capacidades sin pretensión de producir todo localmente y regulación inteligente que reduzca dependencias críticas sin proteccionismos contraproducentes.
América Latina tiene fortalezas genuinas: más de 650 millones de habitantes, liderazgo en agroindustria, recursos naturales críticos y posición geográfica estratégica. La ventana de oportunidad es limitada. Los próximos cinco años serán decisivos.
Si América Latina no actúa ahora de forma coordinada, corre el riesgo de consolidarse permanentemente en la periferia permanente. Pero si logra articular una visión común, movilizar inversiones, fortalecer instituciones y actuar con unidad, puede convertirse en polo de innovación y referente global.
La transformación digital no es una opción, es una necesidad existencial. Parafraseando a Carville, y adaptando su frase al contexto latinoamericano: It is the productivity, stupid.
El salto de productividad que necesitamos se construye sobre infraestructuras digitales sólidas, marcos regulatorios inteligentes, instituciones capaces con respaldo de la sociedad y visión estratégica que permita a América Latina participar en la economía digital global no como consumidora pasiva de tecnología ajena ni como simple proveedora de datos y materias primas, sino como protagonista activa de su propio destino productivo. El momento de actuar es ahora.
