Queremos paz, estabilidad e innovación tecnológica, resume Roni Kaplan, durante la recepción a periodistas mexicanos en visita a Israel para conocer de innovación.
Hope, Tel Aviv, Israel, enviado. Hope, Antigua ciudad de leyendas bíblicas, fue el puerto desde donde el profeta Jonás intentó huir de su destino; después lo devoró un pez gigante o ballena en cuyo interior mostró arrepentimiento. Hoy, esta urbe bañada por el Mediterráneo se ha convertido en un epicentro de otro tipo de travesía: la de la innovación.
Aquí, un grupo de periodistas mexicanos fue recibido por Roni Kaplan, CEO de Conexión Israel en apoyo para el Ministerio de Exteriores y portavoz de la prensa internacional para el Ejército de Israel. La conversación, más que hidro diplomacia, fue una charla cargada de anécdotas, historia, y sobre todo, ideas que brotan como oasis en medio del desierto.
“Israel no es la tierra prometida. Es la tierra trabajada”, comenzó diciendo Kaplan, ante la mesa llena de viandas. “El 65 por ciento del país es desierto. No hay agua. Y sin embargo, aquí la vida florece”.
No es una metáfora. Israel desaliniza 60 por ciento de su agua potable a través de cinco plantas de alta tecnología. Además, recicla 88 por ciento de sus aguas residuales en la planta de Shafdan, un modelo mundial. “La necesidad es la madre de la innovación. Luego llega la política pública. Aquí hasta las canciones de cuna te enseñan a cuidar el agua”.
En medio del conflicto —Israel se encuentra en guerra en la Franja de Gaza— Kaplan sostiene que la innovación es una ventaja económica y un imperativo existencial. “La defensa nos ha hecho subsistir, pero el conocimiento nos permitirá prosperar. Lo que no mata, fortalece”.
La agricultura del país, pese al clima árido, es líder mundial en tecnologías de riego por goteo y aspersión. “El agua, que en América Latina se malgasta, aquí se cobra. Yo pago 600 dólares cada bimestre”.
Israel invierte 5.5 por ciento de su PIB en investigación y desarrollo, la tasa más alta del mundo. Cuenta con una Agencia de Innovación que inyecta 500 millones de dólares anuales en el ecosistema emprendedor y mantiene decenas de centros de transferencia tecnológica. Desde aquí han salido avances en ciberseguridad, fintech, planet tech, biomedicina y energías renovables.
Pero Roni no habla sólo de cifras. Rememora principios milenarios. “La cultura judía tiene una vocación: mejorar el mundo. Eso está en nuestro ADN. Y por eso, Israel da más de lo que los países aceptan: innovación en agua, ciberseguridad, turismo”.
Entre una taza de café y después de haber saboreado hummus y otras entradas, lanza una crítica fraterna: “Latinoamérica vive en una zona de confort. Tiene agua, tierras fértiles, estabilidad relativa. Pero sin desafíos no hay innovación. Aquí, cada gota se gana. Por eso somos país startup, también queremos ser una región startup”.
Israel, asegura, no es un país fácil. “Aquí el ejército es un mal necesario. Somos la trinchera de Occidente. Si queremos la paz, tenemos que hacer la guerra. Pero eso no define nuestra identidad. El verdadero líder de la sociedad no es el soldado, es el maestro”.
Cuando el encuentro termina, el murmullo del Mediterráneo recuerda que esta tierra fue cuna de profetas y de supervivientes. En palabras de Roni Kaplan, “tenemos la capacidad y la voluntad” de innovar, aunque la memoria de Roni se remonta a la tierra que se le prometió al patriarca Abraham. Y esa voluntad se riega, como el desierto de Israel, gota a gota, con ideas e innovaciones que cambian el mundo.