Excélsior Paul Lara
Nuevas tecnologías están emergiendo rápidamente, algunas aún en fase de experimentación y otras que los gobiernos esperaban poner a prueba, y que mejor que la pandemia del coronavirus para ello. Tal vez algunos lo harán por la emergencia, pero otros aprovecharán para el control y espionaje de la población en el futuro. El mundo va a cambiar después de la crisis global a la cual nos enfrentamos, pues las decisiones se están tomando rápidamente, ya que no hay tiempo para otra cosa.
Desde la semana pasada, pude leer en varios medios internacionales sobre como países como China, Estados Unidos, Italia, Corea del Sur y España están dando a conocer nuevas formas de “control de la población” para evitar la propagación del COVID-19, y mantener a sus ciudadanos bajo monitoreo, usando aplicaciones como medios de vigilancia biométrica masiva.
Por ejemplo, Corea del Sur ha logrado revertir las cifras de contagios y ha alcanzado un control que se ha convertido en un modelo para todos ¿Cómo lo ha logrado? A través de una app en el teléfono llamada Co100. Gracias a su uso, dicen medios en España y Estados Unidos, se ha logrado mantener a los afectados en sus domicilios y sin posibilidad de propagar el COVID-19.
La “genial idea” ha salido del ministerio de interior coreano que ha desarrollado la aplicación que permite a los afectados (y a los recién llegados al país) a comunicar su sintomatología de forma constante y, lo que resulta más interesante, mantener localizados a los infectados por coronavirus mediante el GPS de sus teléfonos.
¿En qué consiste la aplicación exactamente? La app fue concebida, en un principio, para controlar a todos los extranjeros que accedían al país provenientes de áreas afectadas por el coronavirus. Estos viajeros, una vez en el control aduanero, no podían franquearlo si no descargaban previamente la aplicación que era mostrada en el control de pasaportes mediante un código QR. Con la app ya operativa, los visitantes eran sometidos a una serie de preguntas diarias para conocer su estado y si desarrollaban alguno de los síntomas.
El resultado fue tan bueno que el gobierno coreano decidió expandirlo, de inicio de forma voluntaria, al resto de los ciudadanos. La app ofrece un incentivo a sus usuarios: les alerta cuando entran en radio inferior a los 100 metros de una persona infectada.
Estas nuevas técnicas de vigilancia permiten a los gobiernos apoyarse en sensores en los equipos móviles y algoritmos en vez de “espías humanos” para asegurarse que se cumplan las reglas, como la reclusión.
Otro caso es el de China, que, mediante el monitoreo de smartphones y el uso de millones de cámaras de reconocimiento facial, obliga a los ciudadanos a checarse y reportar su temperatura corporal y condiciones médicas, logrando detectar no sólo a los portadores del virus sino también trazar sus movimientos e identificar a todos con quienes estuvo en contacto.
El historiador israelí Yuval Noah Harari dice que ahora gobiernos y corporaciones tienen a su disposición herramientas antes impensadas. “Si no somos cuidadosos, la epidemia puede marcar un hito en la historia de la vigilancia, no tanto porque podría normalizar el despliegue de herramientas de vigilancia masiva en países que hasta ahora las han rechazado, sino más bien porque representa una dramática transición de vigilancia ‘sobre la piel’ a vigilancia ‘bajo la piel’.
Cómo es esto, sencillo: cuando el dedo de una persona toca la pantalla de un smartphone o hacía clic un link en una tablet o computadora, el gobierno podía saber qué estaba tocando. Con el coronavirus y las nuevas aplicaciones, ahora también quiere saber la temperatura del dedo y la presión sanguínea debajo de la piel.
El uso masivo de estas técnicas permitirá en un futuro cercano que gobiernos y corporaciones sepan si una persona está enferma, antes que la propia persona, y dónde y con quiénes estuvo. En tiempos de crisis, estas tecnologías acortan drásticamente el tiempo para detectar cadenas infecciosas, para frenarlas rápidamente. Eso es genial, pero puede legitimar un temible sistema de vigilancia en el que gobiernos y corporaciones no sólo podrán saber las preferencias políticas de un ciudadano, sino también sus reacciones emocionales al mirar, por ejemplo, un videoclip, lo que les permitirá vigilarlo y manipularlo mejor.
Piense como estas apps podrían leer (o mirar a través de nuestra cámara en el smartphone) nuestro enojo, alegría u aburrimiento. Son fenómenos biológicos como la fiebre y la tos. Si los gobiernos y las corporaciones empiezan a acumular más de nuestros datos biométricos en masa, llegarán a conocernos mejor que nosotros mismos y podrán no sólo predecir nuestros sentimientos, sino también manipularlos y venderlos al mejor postor.