En el debate actual sobre el futuro de las telecomunicaciones —impulsado por innovaciones constantes y promesas cada vez más ambiciosas, desde 6G hasta las redes satelitales de órbita baja y el Edge Computing distribuido— ha ganado terreno una idea tan seductora como engañosa: que las redes móviles, gracias a sus avances tecnológicos, sustituirán eventualmente la infraestructura fija.
Esta es una ilusión peligrosa que corre el riesgo de generar expectativas falsas y, lo que es peor, decisiones políticas equivocadas para el futuro digital de México.
Las redes móviles son una herramienta extraordinaria para el acceso, la cobertura y la flexibilidad.
Son fundamentales para garantizar conectividad en movimiento, atender zonas remotas donde el despliegue de fibra no es económicamente viable y habilitar aplicaciones en tiempo real en sectores como logística, transporte, salud o agricultura inteligente.
Pero cuando hablamos de desempeño —medido en términos de capacidad, latencia estable, confiabilidad, simetría y escalabilidad—, las redes fijas basadas en fibra siguen siendo, y seguirán siendo, insuperables.
La razón principal es física. Las redes de fibra óptica ya pueden ofrecer velocidades superiores a los 10 Gbps con una latencia inferior al milisegundo, sin verse afectadas por limitaciones de espectro, interferencias electromagnéticas o saturación del aire.
Además, la fibra es inherentemente simétrica, es decir, ofrece la misma calidad en subida que en bajada, algo cada vez más crucial para el teletrabajo, los servicios en la Nube, la telemedicina y la creación de contenidos.
En cambio, incluso las redes móviles más avanzadas —como 5G standalone— dependen de un espectro limitado y compartido, y pueden degradarse en entornos urbanos densos o bajo condiciones ambientales adversas.
Las mejores prácticas internacionales, como las que impulsa la Unión Europea a través de su estrategia “Conectividad para un mercado digital competitivo – Hacia una sociedad del gigabit”, destacan que sólo la fibra puede garantizar la resiliencia, la sostenibilidad ambiental y la capacidad necesarias para una verdadera transformación digital.
La fibra es la base indispensable para habilitar servicios avanzados en la Nube, Edge Computing y aplicaciones críticas de datos intensivos.
Tecnologías emergentes como el metaverso industrial, la robótica colaborativa, la Inteligencia Artificial Generativa y la computación de alto rendimiento requieren una densidad de capacidad y una estabilidad de red que sólo la fibra puede proporcionar.
Por eso, los principales centros industriales en países como Alemania, Francia o Corea del Sur están apostando de forma decidida por redes FTTH y backhaul óptico avanzado. México, si quiere competir en la nueva economía digital, debe hacer lo mismo.
Hay también un argumento ambiental de peso. Una vez desplegadas, las redes de fibra consumen mucha menos energía por bit transmitido que las redes móviles. Según un estudio de Boston Consulting Group, la fibra utiliza entre 3 y 5 veces menos energía por gigabyte que las redes móviles, una ventaja ecológica clave que suele pasarse por alto.
En un país como México, que ha asumido compromisos internacionales en materia de sostenibilidad, esto no es un detalle menor: es una prioridad estratégica.
El debate regulatorio en México sobre el Acceso Fijo Inalámbrico (FWA) refuerza aún más la necesidad de tomar una postura clara. Aunque el FWA puede ser útil en situaciones transitorias o en regiones de difícil acceso, no puede garantizar un desempeño simétrico y estable a gran escala, especialmente en zonas urbanas con alta densidad de usuarios.
Las autoridades —tanto federales como estatales— deben evitar caer en soluciones simplistas o “tecnologías milagrosas” y enfocarse en completar la cobertura de fibra óptica en todo el país, reservando a las redes móviles el papel que realmente les corresponde: ser complementarias, no sustitutas.
En conclusión, las redes móviles seguirán evolucionando y ofrecerán servicios cada vez más sofisticados. Pero sería un error estratégico —para reguladores, operadores y ciudadanos— creer que pueden reemplazar las redes fijas.
El verdadero desafío para México no es elegir entre lo móvil y lo fijo, sino invertir con decisión en ambos, reconociendo sus roles distintos: ubicuidad y flexibilidad para las redes móviles; potencia, estabilidad y sostenibilidad para la fibra óptica.
Sólo así el país podrá construir una infraestructura digital a la altura de sus aspiraciones industriales, educativas y sociales.
