Una discusión de nicho, enrevesada y parcialmente técnica es, para muchos, el debate del fair share.
En ello no dejan de tener razón. Es el mismo problema que afecta el RAN-sharing, el “level playing field”, el Open-RAN y otras temáticas del entorno TIC. Por lo demás, su denominación anglosajona es una valla extra para quienes aprendimos a reír con Cervantes antes que llorar con Shakespeare. En consecuencia, hay que decodificar la polémica del fair share. Traducirla a un lenguaje comprensible para un “nivel usuario”. En coordenadas políticas, hay que democratizar el debate y bajarlo al territorio.
Sin entrar en detalles, el fair share designa la cruzada de los operadores de redes de telecomunicaciones en contra de los proveedores de contenidos y servicios Over-the-Top (OTT), como Facebook, Netflix, Google, TikTok y YouTube.
Es una contienda entre compañías telcos y empresas de base tecnológica. Los operadores piden negociar, en condiciones equitativas y equilibradas, una tarifa o compensación por el servicio de transporte nacional de tráfico que suministran a las Big Tech.
La médula del fair share, o “contribución justa”, es la participación proporcional de dos industrias del ecosistema TIC en la construcción y manutención de las futuras redes de conectividad. En forma conjunta o separada, indistintamente.
Dentro de los márgenes de esta idea matriz, el fair share constituye un mundo por imaginar. El modelo es una página en blanco respecto de los detalles y modalidades de implementación.
De este modo, la “contribución justa” podría designar el reparto proporcional del costo de las redes. Pero, también, el aporte equitativo al financiamiento de la infraestructura, así como cualquier otra modalidad ecuánime de participación.
El detonante de la cruzada es la congestión de la red que provoca el uso intensivo de los heavy users (grandes consumidores). Ellos tienen nombre y apellido. Son los OTT, quienes recargan la red de transmisión con un exorbitante tráfico de datos. Por eso el apodo, “grandes generadores de tráfico” (GGT).
Cerca de dos tercios de la información que fluye por Internet proviene de los contenidos y servicios que ofrecen las plataformas digitales. En 2021, los GGT fueron responsables de 57 por ciento de la carga de la red, según Telefónica.
Mientras tanto, su contribución económica no está alineada, proporcionalmente, con el volumen de tráfico que ellos generan. En la carretera digital, el envío de un correo electrónico y la descarga de una serie en alta definición, por ejemplo, pagan la misma tarifa.
En las carreteras de asfalto, en cambio, un vehículo de 950 kilos y un tráiler de 44 toneladas (camión con acoplado) pagan distinto peaje por el acceso y uso de la vía.
Mirado con perspectiva, el uso intensivo (masivo, concentrado, a destajo) de la red por parte de los OTT es semejante a la conducta del polizón. Ese pasajero clandestino que las publicaciones también denominan gorrón, free-rider o consumidor parásito.
En la literatura económica, el “problema del polizón” es un caso de falla de mercado. Aquí un individuo paga menos, o incluso nada, de los costos que le corresponden en un recurso compartido, o bien se le permite consumir más que la proporción correspondiente.
Pues bien, la modernización y la extensión de la infraestructura digital es mérito de las telecos. Se han “partido el lomo” en este afán. Sin embargo, dicha inversión causa el milagro de incrementar la rentabilidad de los grandes GGT, quienes no incurren en costos proporcionales.
De esta manera, el hecho de poner más carriles en la autopista y extender el trazado vial, como obra y gracia de las telcos, representa una externalidad positiva que genera ganancias inmediatas para los OTT.
Entretanto, el ingreso medio por usuario (ARPU) que recaudan las telefónicas decrece mes a mes. Evidentemente, “nadie sabe para quién trabaja”.
Las telcos son conscientes del parasitismo en sus redes. Por ello, demandan que las plataformas digitales paguen a los operadores una tarifa o compensación por el servicio de transporte nacional de tráfico. Porque hasta ahora ni siquiera han recibido las gracias.
Entonces, el petitorio de los operadores es que los OTT dejen la tacañería y se pongan con algo. Que todo el ecosistema TIC contribuya a financiar el despliegue y mantenimiento de las redes futuras. Es que si una mano lava a la otra, las dos juntas podrán lavar la cara.
El diagnóstico es prácticamente unánime. Los trazados y antenas actuales no son suficientes para afrontar el aluvión de datos procedente de la digitalización. La industria 4.0 y las smart cities, la economía digital y el hogar inteligente, la Inteligencia Artificial y el blockchain, por decir algo, son innovaciones que generan una cuantiosa data.
Sin nuevas obras, tal volumen de información colapsará la capacidad de las autopistas digitales. Estas no darán el ancho ni el largo para tanto cargamento de datos.
Frente a toda esta crítica, los OTT han pedido el uso de la palabra. Se muestran convencidos que el cobro adicional pretendido por las telecos es improcedente, injustificado, atrevido.
Desde luego, sospechan que es una intentona de pasarles “gato por liebre”, porque ellos ya pagan a los operadores el acceso y uso de la red como cualquier otro hijo de vecino. Además, la fijación de un cargo a las plataformas por el uso de la infraestructura sería una agresión flagrante al régimen de neutralidad de la red. Ni qué decir de la alteración de la estructura abierta de Internet.
Más todavía, los OTT argumentan que ellos también aportan al tejido general de conectividad. La contribución está en el tendido de cables submarinos y en el despliegue de redes de distribución de contenido (CDN).
Estas infraestructuras buscan aligerar el tráfico de la red y mejorar la transmisión de contenidos y servicios al usuario. Entonces, las firmas tecnológicas no comparten el diagnóstico de que los operadores sean los únicos que soportan el peso de las inversiones en infraestructura digital.
En fin, en Silicon Valley y otros sitios perciben a los operadores como unos malagradecidos. Porque no reconocen que un importante número de clientes contrata el servicio de acceso a Internet por causa de la oferta de los OTT. Es decir, para disfrutar de los contenidos y servicios que proporcionan las plataformas como Netflix, Facebook, Google, HBO Max y tantas otras apps entretenidas.
Sin ellas, piensan las tecnológicas, los márgenes del negocio de conectividad que proveen las telcos no serían muy distintos a los números que consigue la venta de estufas en el Caribe.
En la raya para la suma, es difícil profetizar el derrotero que seguirá la polémica. Tampoco saber con certeza si la cruzada de las telcos tendrá éxito o fracasará en la travesía.
Cualquiera sea la respuesta, el debate del fair share empieza a tomar forma. A democratizarse, poco a poco, bajando al territorio. ¿Qué irán a pensar las bases ciudadanas al respecto? Como diría don Francisco si esto fuera Sábado Gigante: ¿qué dice el público?