Don Belisario ha pasado toda la vida en el campo. Cultiva la tierra, apacienta su ganado y repara las goteras que sufre su casa, entre otros menesteres del oficio. Cuando sus cabras tiran para el monte, en busca del ramoneo más verde, allá debe acudir este buen hombre para traerlas de vuelta al aprisco. En esas excursiones montaña adentro, el teléfono de don Belisario pierde invariablemente la conexión. Sin embargo, un día el destino cambió.
El celular vibró en su bolsillo al recibir un SMS. Este hecho era imposible, ya que la cobertura de las antenas no llega por esas coordenadas. Sin embargo, el mensaje de texto era una realidad. ¿Qué ocurrió? La respuesta no es terrestre, sino celestial. Fue la señal Direct-to-Cell que conectó el teléfono de don Belisario. Una bendición caída directamente del cielo: el término definitivo de su brecha digital.
La tecnología celeste
Como don Belisario, son millones las personas en el mundo que viven desconectadas digitalmente por su situación de aislamiento o ruralidad. Para ellos, la conectividad satelital directa al celular es una solución razonable.
Este tipo de conectividad, llamado Direct-to-Cell (D2C) o bien Direct-to-Device (D2D), es una tecnología inalámbrica que permite a los teléfonos móviles, u otros dispositivos como IoT, drones, etc., conectarse directamente a los satélites de órbita baja (LEO). No tiene necesidad de utilizar las ondas hertzianas terrestres que, apoyadas en antenas, permiten transmitir la comunicación.
El factor clave detrás del Direct-to-Cell son los satélites de órbita baja, también conocidos como satélites LEO (Low Earth Orbit). Su ubicación —entre los 160 y los 2.000 kilómetros de altitud sobre la superficie de la tierra— permite una comunicación más eficiente con los dispositivos móviles convencionales. Esto es una gran diferencia respecto de los satélites geoestacionarios (GEO), que operan, aproximadamente, a 36.000 kilómetros de altura y requieren antenas más sofisticadas.
Los satélites LEO orbitan la Tierra a gran velocidad. Forman constelaciones de cientos o miles de unidades que trabajan, codo a codo entre ellos, para garantizar una cobertura global para toda la población terrícola. Entre los titulares de estos enjambres espaciales encontramos empresas de ilustre linaje, como Starlink, OneWeb, Hughes, Kuiper (Amazon) e Hispasat, entre otros.
El negocio matrimonial
Los operadores del cielo han visto una buena oportunidad de negocio al aliarse con los operadores móviles de la tierra. Pueden suplir a estos últimos donde sus antenas no llegan, de tal manera que el usuario final experimente la conexión en cualquier punto del globo terráqueo, incluso en los parajes más inhóspitos y extremos.
¿Cuánto costará este lujo digital para el usuario? No mucho, incluso podría resultar gratis. Porque, en el plano eminentemente técnico, no habría obstáculos para que los satélites LEO puedan comunicarse con teléfonos móviles estándar. Esto quiere decir que no debiéramos modificar el hardware del terminal, o sea, comprar un nuevo dispositivo electrónico. La magia celestial podemos captarla con cualquier aparato que soporte una configuración 4G o posterior (LTE, LTE Advanced, 5G NSA, 5G SA) y que tenga la banda de frecuencias compatible.
Sin embargo, en un plano netamente comercial, nadie invierte por la sola benevolencia, sin esperar nada a cambio. No habría incentivos para que el operador móvil celebre acuerdos con un operador satelital si es que no puede cobrar un poco más por su oferta de productos.
Por ejemplo, el negocio podría estar en considerar la conectividad satelital directa al celular como una prestación de roaming, lo cual podría tarificarse de manera distinta que el servicio principal (la transmisión de datos, la voz, etc.).
Los desafíos regulatorios que nunca faltan
Como siempre, la tecnología en algún momento ha de toparse con la regulación. Aquí, una mirada rápida al fenómeno deja en evidencia una serie de riesgos del Direct-to-Cell. Es bueno tenerlos identificados para, posteriormente, ver cómo se mitigan. En este análisis sólo hacemos la primera parte de la tarea: identificamos algunas probables esquirlas del Direct-to-Cell dejado a su libre albedrío —sin una regulación apropiada.
En primer lugar, ¿se desordena la gestión del espectro? El Direct-to-Cell no usa bandas satelitales tradicionales, sino espectro asignado a operadores móviles terrestres. Esto plantea la duda si empresas como Starlink, Kuiper o OneWeb pueden utilizarlas sin una autorización específica del regulador.
Esto tiene especial relevancia desde el punto de vista de evitar las eventuales interferencias perjudiciales entre servicios terrestres y satelitales. Ambos tipos de servicios debieran funcionar armónicamente. Para esto los países se comprometieron en un pacto de sangre con la Unión Internacional de Telecomunicaciones: realizar una eficaz y eficiente gestión del espectro radioeléctrico.
En segundo lugar, ¿es necesario modificar las licencias de los operadores satelitales? Los reguladores deberán determinar si las empresas satelitales requieren una concesión adicional o si basta con los acuerdos que celebren con los operadores móviles.
Por ejemplo, Starlink ya opera en Chile con una concesión de Internet satelital, pero la conexión directa a celulares podría requerir modificaciones. En la contracara, ¿se deben actualizar las licencias de las telecos? Los operadores móviles como Entel, Movistar, Claro y WOM podrían necesitar una autorización para ofrecer conectividad satelital. La Subsecretaría de Telecomunicaciones (Subtel) deberá determinar si esto es una extensión del servicio móvil o si, en cambio, es una nueva prestación con regulación propia.
En tercer lugar, habrá que analizar la posibilidad de rentabilizar el Direct-to-Cell de manera legítima o ajustada a derecho. ¿Pueden los operadores móviles cobrar distinto por el servicio satelital entregado a los usuarios, bajo el entendido de que es una prestación nueva (en este caso, roaming)? O este es, más bien, una modalidad diferente de prestar el servicio principal contratado. En el primer caso se justificaría un cobro extra al usuario, pero no en el segundo.
En cuarto lugar, ¿qué tan ultrajado queda el principio de neutralidad de la red? Hemos leído en los diarios que el Direct-to-Cell comenzará entregando inicialmente sólo el servicio de mensajería de texto (SMS), pero no la telefonía ni el acceso a Internet. ¿Quién decidió esto? ¿Hay alguna razón técnica de fondo?
Aquí se aprecia un problema “ético”: el operador satelital estaría discriminando, a su sola discreción, algunos tráficos por ciertas características. O sea, haciendo lo que se llama acepción de individuos, una cuestión muy reñida con la moral y el Evangelio. Esta priorización de los paquetes de mensajería de texto —así como el bloqueo del tráfico de voz y de Internet— podría ser un ataque flagrante a la neutralidad de la red, que promueve la igualdad absoluta de todos los datos.
En quinto lugar, ¿qué ocurre con la calidad del servicio satelital? La conexión satelital, por sus características físicas y estado de avance de la técnica, no puede entregar las mismas capacidades, velocidades y umbrales de latencia que las redes terrestres (4G o 5G). Entonces, cuando don Belisario salga de su granja para internarse al monte, la calidad de su conexión inalámbrica experimentará degradación. Sencillamente, porque el satélite no puede entregarle los mismos gigabits que los contratados con su compañía móvil.
Esto abre flancos en materia de protección al consumidor, así como respecto de ciertos promedios de velocidades mínimas de acceso que deben garantizarse al usuario, como ocurre en Chile.
La gran duda metódica
¿Cuál debería ser la actitud del regulador ante el fenómeno D2C? Excluyendo la opción prohibitiva, ¿será preciso regular el Direct-to-Cell? ¿O basta con dejar que el mercado funcione sin cortapisas?
Para algunos, “más vale prevenir que lamentar”. Esta aproximación precautoria busca anteponer la planificación y la minimización de los riesgos del D2C. Por el contrario, hay otros que opinan que “por el camino se arregla la carga”.
Este enfoque filosófico refleja una actitud más flexible y adaptativa, que permite ajustar las normas conforme vaya evolucionando la realidad del mercado de servicios satelitales.
En lo personal, me gusta la segunda opción. A don Belisario también. Porque gracias al Direct-to-Cell, cuando una de sus cabras tire para el monte, él podrá encontrarla con toda facilidad mediante la app de rastreo “Cabra Finder”. Esta le proporcionará la ubicación exacta y en tiempo real donde se apacienta el caprino descarriado. Todo gracias a la señal que viene del cielo.
