Davos 2026: fragmentación, poder e Inteligencia Artificial

El Foro Económico Mundial (WEF) 2026 en Davos se desarrolló en un clima inédito por la densidad de los acontecimientos que alteraron de forma profunda el orden global. Más que anticipar hacia dónde va el mundo, Davos volvió a funcionar como un termómetro de los temores del poder. Y este año el temor dominante fue uno: perder el control. Con más de 60 jefes de Estado y de Gobierno presentes, el encuentro se consolidó una vez más como el espacio donde los actores centrales del sistema internacional ensayan, prueban y venden su relato sobre el presente inmediato, en un contexto de crecientes tensiones entre Estados Unidos y Europa y de resquebrajamiento del orden multilateral. En paralelo, temas como la Inteligencia Artificial atravesaron buena parte de los debates, no sólo por su impacto económico, sino por su rol en la disputa por el poder y en el futuro del trabajo.

Cambio en el orden mundial

La reiteración casi obsesiva de llamados al diálogo fue, en sí misma, una señal de alarma. Si hace falta insistir tanto en la cooperación es porque el consenso que sostuvo durante décadas al sistema basado en reglas se está erosionando. Davos no presume de predecir el futuro, sino de evitar perder el control del relato del presente. Y en 2026 ese relato estuvo atravesado por la constatación de que la rivalidad entre grandes potencias (como está ocurriendo con Estados Unidos y Europa) dejó de ser coyuntural para volverse estructural, y que esperar el regreso del “viejo orden” ya no es una estrategia viable.

Esa idea quedó sintetizada en una de las intervenciones más citadas del foro. El primer ministro de Canadá, Mark Carney, fue explícito al afirmar que el mundo atraviesa “una ruptura, no una transición”. Pese a sus diferencias, líderes de potencias medias coincidieron en una lectura similar: el sistema que antes ofrecía previsibilidad ya no funciona bajo las mismas reglas. Para muchos, el punto de partida en Davos no fue la incertidumbre, sino el reconocimiento de que el mundo opera de forma diferente.

Desde Europa, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, reforzó esa mirada al plantear el momento actual como irreversible. “Los choques geopolíticos pueden y deben servir como una oportunidad para Europa”, sostuvo, y llamó a construir “una nueva forma de independencia europea”. Von der Leyen insistió en que el cambio es permanente y advirtió contra la nostalgia por el orden pasado: “La nostalgia no devolverá el viejo orden. Y ganar tiempo esperando que las cosas vuelvan pronto no solucionará los problemas estructurales que tenemos”. En la misma línea, el presidente francés Emmanuel Macron pidió “mantener la calma” frente a las amenazas de Donald Trump y aseguró que Europa no debe dudar en desplegar todas las herramientas a su alcance para proteger sus intereses.

El telón de fondo de estas intervenciones fue reforzado por el más reciente Informe de Riesgos Globales del WEF, presentado en la antesala de Davos. Según la encuesta realizada entre referentes de la academia, empresas, gobiernos y sociedad civil, los riesgos geopolíticos y geoeconómicos dominan la perspectiva para 2026: la confrontación geoeconómica se ubicó como el principal riesgo (18%), seguida por el conflicto armado estatal (14%).

Inteligencia Artificial en Davos: entre la promesa económica y los riesgos

La Inteligencia Artificial fue uno de los ejes transversales del Foro Económico Mundial de Davos, no sólo por su impacto económico inmediato, sino por su peso creciente en la disputa por poder, competitividad y gobernanza global. A lo largo de múltiples paneles y conferencias, la IA apareció como una tecnología capaz de redefinir la productividad, el empleo y el equilibrio geopolítico, en un contexto de creciente fragmentación internacional.

De acuerdo con el Informe de Riesgos del WEF, los “resultados adversos” de la IA figuran entre las prioridades más urgentes para los próximos dos años, especialmente por su potencial para profundizar la polarización social a partir de la brecha de habilidades. Aunque la tecnología todavía depende de la intuición humana para formular hipótesis —considerada el nivel más alto de creatividad científica—, su capacidad para automatizar procesos complejos ya plantea dilemas económicos y sociales de gran escala. En ese marco, la IA y la computación cuántica fueron señaladas como detonantes de una nueva carrera entre potencias, con riesgos de bifurcación económica y polarización política.

Uno de los focos más sensibles en el informe fue el impacto de la IA sobre el trabajo, elemento que atravesó muchos de los debates del Foro. Dario Amodei, CEO de Anthropic, sostuvo que la Inteligencia Artificial General podría igualar o superar capacidades humanas en un horizonte de uno a cinco años, y alertó sobre el impacto inmediato en empleos de alta calificación. Según explicó, sus propios ingenieros ya no programan desde cero: supervisan y editan el trabajo de los modelos. Sin inversiones urgentes en reentrenamiento a gran escala, advirtió, el riesgo es una inestabilidad social significativa. En contraste, Demis Hassabis, CEO de Google DeepMind, adoptó un optimismo cauteloso: reconoció la inevitabilidad de la automatización, pero defendió la creación de trabajos más significativos y planteó que el debate debe incluir el sentido que los humanos encuentran en su actividad.

Otros líderes pusieron el acento en la escala económica del fenómeno. Satya Nadella, CEO de Microsoft, afirmó que el verdadero valor de la IA está en su difusión masiva, capaz de inclinar la curva de productividad global y generar bienestar, siempre que sus beneficios se distribuyan de manera equitativa. Jensen Huang, fundador de Nvidia, explicó que la IA dejó de ser una curiosidad tecnológica gracias a tres avances clave: modelos más confiables, el impulso de los modelos abiertos y el surgimiento de la “inteligencia física”, que ya impacta en industrias como la manufactura, la energía o el descubrimiento de fármacos. Elon Musk llevó esa lógica al extremo, proyectando un futuro de abundancia radical impulsado por IA y robótica ubicuas.

La discusión incorporó una dimensión geopolítica explícita. Ursula von der Leyen subrayó que la soberanía tecnológica es hoy una cuestión de seguridad nacional para Europa y habló sobre la creación de “fábricas de IA” que permitan a empresas y startups entrenar modelos propios bajo estándares europeos. Sin embargo, voces como la de Börje Ekholm, CEO de Ericsson, advirtieron sobre los riesgos de una desconexión tecnológica de Estados Unidos.