Reforma Jorge F. Negrete P.
El discurso de la conectividad ha sido vital por vertiginoso y constructor de la más poderosa infraestructura de nuestra civilización: la digital. El diálogo por la conectividad nos ha llevado a tener poco más de 8 mil millones de conexiones móviles en el planeta o 103 conexiones por cada 100 habitantes. En América Latina hay 422 millones de suscriptores móviles únicos, algo así como 67% de la población, según GSMA.
La penetración de suscriptores en la región varía en función de la ubicación. Países como Chile, Panamá, Uruguay y Costa Rica se aproximan a 90%. Pero otros países como Nicaragua, Cuba, Guatemala, Honduras y provincias especificas en México, Brasil, Colombia, Perú y otros, presentan un parecido sistema de desconexión.
Una persona conectada tiene la oportunidad de una vida mejor, por eso hemos hablado de acceso y conectividad los últimos años. Hemos enviado un mensaje poderoso y demostrado con evidencia empírica de la transformación que se logra cuando ingresamos al universo digital.
La era del acceso. Así la denominó Jeremy Rifkin hace varios años: “los mercados dejan sitio a las redes y el acceso sustituye la propiedad privada”. Vino acompañado por una nueva generación de conectividad móvil 4G, global y con más ancho de banda para soportar el tráfico de enormes cantidades de datos.
Las empresas expandieron sus mercados y se volvieron globales. Montadas sobre la carretera de Internet, generaron nuevos productos y servicios disruptivos, destruyendo y creando nuevas cadenas de valor, generando un nuevo tipo de bienestar: bienestar digital, y nueva marginación: marginación digital.
Las personas no buscan la propiedad de todo, quieren el acceso a todo, música, libros, viviendas y departamentos, transporte, experiencias digitales; jugar en línea, comercio digital, servicios públicos y justicia en línea. Construimos una sociedad de redes que permite conectar a todos y todo. Una nueva civilización conectada, le llaman algunos, y tienen razón.
A la falta de conectividad los economistas le llaman “brecha de acceso”, los abogados hablamos del “derecho de acceso a Internet y a los servicios de telecomunicaciones”. En política pública hablamos de políticas de conectividad.
Transformación digital. ¿Es lo mismo conectar que transformar? No, pero sin conexión no hay transformación digital. Una es el principio, transformar es lo que sigue. Las redes en el mundo son inteligentes y junto al cómputo, procesadores y software denuncian las ineficiencias en las cadenas de valor. Lo que no sirve lo delata, lo grita con impunidad. La ineficiencia no está en su vocabulario. La innovación nace de forma transparente.
En la transformación digital, las brechas son otras: brecha de habilidades digitales, de género, de adopción de tecnología en pymes, brechas en innovación, financieras y competitividad.
¿La oportunidad? La transformación digital de la sociedad y la Industria 4.0. Un conjunto de tecnologías que nacen en la nube: Internet de las cosas (IoT), análisis de los grandes datos (Big Data), Inteligencia Artificial (IA) y su detonador 5G.
La transformación digital debe ser la nueva política pública del Estado, los gobiernos, las administraciones públicas, las empresas y los ciudadanos. Tecnología para todos, incluyentes, con sociedades abiertas, democráticas y economías competitivas, garantes de salud, educación, seguridad, cultura, economía, justicia y combate a la corrupción.
Las redes evolucionarán a un universo 5G y “los países con mejor preparación digital serán los primeros en salir de la crisis. Serán economías más productivas e incluyentes”, dice la OCDE. Cepal propone “un equipo, tableta y conectividad. Servicios zero raiting, roaming gratuito e inclusión plena de las mujeres”. Ambas afirmaciones durante la presentación Perspectivas económicas de América Latina 2020, Transformación digital.
No se puede hablar de transformación si se mantienen las ideas del pasado.
Conectar es el principio, transformar digitalmente… lo es todo.
Presidente de Digital Policy & Law
Twitter: @fernegretep