Chile, un hub digital de datos para cuatro continentes

En la América hispánica y lusitana, Chile suele verse como el alumno responsable y aplicado en las tareas de normar prudencialmente, dar gobernanza al sector y favorecer el despliegue de sistemas y redes TIC. Lo respaldan sus cifras: más de 96% de la población conectada, una red capilar de fibra óptica, Data Centers en operación y en construcción, presencia de firmas hiperescalares, servicios satelitales activos, cables submarinos desplegados y el próximo proyecto Humboldt Connect.

Por estas condiciones, muchos lo presentan con floreos como un hub digital regional. Y si damos esta premisa por verdadera —hay que creerse el cuento—, conviene preguntar ¿de qué tipo de hub hablamos? ¿Cuáles son sus fortalezas y flancos débiles? ¿Y de qué lugar, en rigor, seríamos uno?

Los pellejos de un hub

En la tipología zoológica de conectividad, los hubs digitales son como animales que se diferencian por su distinto pelaje funcional. No todos hacen lo mismo o cumplen idéntico propósito.

Así, están los hubs de datos (data hubs), que hacen referencia a lugares con fuerte infraestructura de conectividad, como múltiples cables submarinos y puntos de intercambio de tráfico (IXPs), que los convierten en nodos de alto flujo de datos. Entre otros, Frankfurt, Singapur y Miami.

Asimismo, están los hubs de servicios digitales (service hubs), que aluden a países o jurisdicciones que exportan servicios digitales y de computación en la Nube a terceros países, lo cual implica contar con empresas TIC que prestan servicios regionales y una infraestructura capaz de soportar dichas operaciones. Por ejemplo, India, Irlanda y Uruguay.

De igual manera, encontramos los hubs de innovación (innovation hubs), que se refieren a ecosistemas donde florecen startups, se desarrolla capital humano avanzado (talento especializado), se crean soluciones o software exportables, hay financiamiento para empresas tecnológicas y se apalancan fuertemente en universidades innovadoras. Entre ellos, Silicon Valley, Tel Aviv y Shenzhen (China).

Finalmente, identificamos los hubs regulatorios (regulatory hubs), jurisdicciones con marcos legales estables, fuertes leyes de protección de datos personales y alta madurez institucional en ciberseguridad, lo cual les convierte en plataformas de confianza para la economía digital. Como referentes están Reino Unido, Estonia y Canadá.

En este mapa animal, Chile se perfila ante todo como un emergente hub de datos, gracias a la infraestructura que ha construido y a las iniciativas que lo proyectan como punto neurálgico del tráfico digital del Pacífico Sur. Esta concreción en el lenguaje le quita vaporosidad al etéreo concepto de “hub digital” —donde todos quieren subirse al carro—, aterrizándolo en una entidad con nombre y apellido validado internacionalmente: un hub de datos.

Si sobran las ganas, la vocación tecnológica de Chile podría complementarse, en menor medida, con las otras especies de la fauna, como un regulatory hub por su estabilidad institucional —aunque alicaída economía. También, un innovation hub si consolida talento y capital de riesgo, así como un service hub si logra exportar soluciones digitales propias. Pero todo esto sin volverse ambiciosos y sabiendo colaborar con los hermanos que menos tienen. Porque si a la región le va bien en su conjunto, a todos nos puede ir mejor.

Amenazas y fortalezas de un hub

Nunca debe perderse de vista la fragilidad del “título nobiliario” de hub. Porque es una nobleza “de toga” —reversible—, a diferencia de la nobleza de “sangre o espada” —transmitida por linaje— que ostentaron tantos duques, marqueses y condes europeos. Como el célebre marqués del Mediodía francés, Donatien Alphonse François de Sade. Sospecho que la crueldad de sus escritos habría estremecido de espanto al mismo conde Drácula, príncipe de Valaquia, conocido por empalar a sus adversarios. 

Es que hay amenazas y desafíos que enfrentan los países para mantener la corona nobiliaria que han ganado con tanto mérito y esfuerzo. Y Chile no es la excepción. Nuestra nación enfrenta hoy algunos riesgos que podrían erosionar ese estatus social incipiente, perdiendo la diadema de laureles.

Desde luego, nuestra legislación en protección de datos personales quedó solícita en la tutela del derecho de los individuos frente al responsable de las bases, bancos o ficheros. Sin embargo, la normativa es altamente exigente para el tratamiento de la información personal —incluida la sensible— y para la transferencia internacional de datos. 

Esto podría afectar actividades que se cocinan en la misma olla que el concepto de hub, como la ciencia de datos, el aprendizaje automático, el Big Data o la innovación, que dependen de flujos amplios y globales de información. Por ejemplo, académicos del primer mundo plantean una revisión del Reglamento Europeo de Datos Personales en asuntos específicos para no frenar la fuerza inventiva.

A esto hay que agregar un desnutrido Plan Nacional de Data Centers 2024-2030, impulsado por el actual gobierno, que carece de medidas autorizatorias y financieras concretas. Esto nos abochorna frente a un evento ocurrido al otro lado de la cordillera, en Argentina, donde OpenAI anunció un proyecto de hasta 25,000 millones de dólares para un Centro de Datos de gran escala. En pocas palabras, el Plan chileno aspira a atraer inversión por USD 2,500 millones en los próximos años; o sea, diez veces menos que el anuncio de OpenAI.

Por último, el deseo de sobre-regular los sistemas de Inteligencia Artificial en el Congreso es una tentación bastante seductora. Una eventual legislación inspirada en los guiones de Black Mirror podría paralizar la innovación y el conocimiento respecto de estas nuevas tecnologías que se busca proteger y promover. 

Por otro lado, regular tan de la mano de la Unión Europea, que es reconocida por su sesgo jurídico conservador y escrupuloso, podría no ser la mejor estrategia para países con un PIB per cápita bastante diferente. Este precedente sería un punto en contra del ideal de Chile como paraíso digital. 

Por fortuna, no todo son espinas y sombras en este valle de lágrimas. Es una muy buena noticia la regulación que busca simplificar el sistema de permisos y autorizaciones para grandes proyectos de infraestructura, incluidos los centros de procesamiento de datos. El silencio positivo debiera agilizar el peregrinaje permisológico, acortando los tiempos de espera para iniciar las obras.

También es motivo de jolgorio la sólida cultura regulatoria que Chile ha cultivado en ciberseguridad y gestión de ciberincidencias. La cooperación público-privada ha mostrado aceptación y madurez pocas veces vista, naturalmente que escarmentada por los infaustos episodios vividos por algunas importantes empresas víctimas de ciberataques. Aquí, las pérdidas económicas fueron millonarias.

Igualmente, potencia el anhelo de Chile como hub digital un tejido de reglas en telecomunicaciones y Tecnologías de la Información que es sumamente favorable a la inversión privada en redes y servicios. Este tejido —más allá del hecho puntual del sistema autorizatorio telco que está en crisis—, no entorpece innecesariamente la creatividad humana y facilita que brote el talento electrónico e informático donde sea que esté escondido. 

¿Un hub de dónde?

En este mundo donde todo parece obvio, algunas cosas no lo son tanto. ¿De qué lugar sería Chile un hub digital?

Pensar que lo sería de la región latinoamericana es más que discutible. Con apenas 19 millones de habitantes, nuestro volumen poblacional y de consumo de datos es reducido frente a Brasil, México o Argentina, verdaderos gigantes en generación y procesamiento de información.

Pero, visto desde otro ángulo, ser el “hub latinoamericano” puede ser una aspiración demasiado modesta. Sería quedarse cortos, chicos y estrechos. Porque el potencial expansivo de Chile es mucho mayor que sus repercusiones en un solo continente. 

En efecto, hoy ya existen cinco cables submarinos en funcionamiento que nos conectan con el hemisferio norte. El próximo cable Humboldt será la puerta de entrada a Nueva Zelanda y Australia, mediante una línea de alta capacidad del Estado chileno en alianza con Google. 

Además, se habla de un proyecto de infraestructura liderado por un consorcio de empresas estatales chinas, quienes estarían afinando los detalles para un inminente despliegue submarino que conecte un puerto de Chile con Hong Kong. 

Por último, se encuentran en fase de estudios los planes de factibilidad de un cable de fibra submarina entre Chile y la Antártica, para el transporte de información científica desde y hacia el continente blanco. Los resultados definitivos debieran estar disponibles el primer semestre de 2026.

Así las cosas, Chile bien podría reivindicar el título de “hub digital de cuatro continentes”. Le haría bien relativizar la carrera por disputar el podio en América Latina, para enfocar su energía en donde exhibe su mayor ventaja comparativa: los estratégicos puntos que lo conectan con América del Norte y del Sur, Oceanía, la Antártica y Asia. Ser un hub de datos para todos estos continentes y no sólo nuestra región.

¿Qué otro país del vecindario podría reclamar este mérito con tanta serenidad y soltura de cuerpo?