Reforma Verónica Baz
Hace unas semanas Jack Dorsey, CEO de Twitter, vendió su primer tuit por 2.9 millones de dólares y el artista digital Beeple subastó un archivo digital en 69 millones. Ambos lo hicieron en la modalidad de Activo Digital Único, lo que en inglés es un Non Fungible Token (NFT).
Un NFT es un concepto difícil de entender. Cuando una persona paga por él, lo que en realidad está comprando es vincular su nombre con este activo, es decir, no tiene derechos sobre la distribución. El nombre del comprador queda conectado con ese contenido que puede ser un meme, una obra de arte, una canción, o lo que sea. Es como comprar un certificado de autenticidad sin poseer la obra. Puedes presumir tu vínculo único y que pagaste por él, pero sin controlar su reproducción y obtener ganancias de su distribución.
Los NFTs se albergan en blockchain, que es una estructura matemática descentralizada que permite almacenar información haciéndola infalsificable y, en esta medida, permite transferir valor entre individuos de forma transparente y verificable. A diferencia de las criptomonedas donde, por ejemplo, un Bitcoin es idéntico a otro y sirve para lo mismo, los NFTs son únicos.
Algunos fanáticos de esta herramienta digital y financiera consideran que servirá para democratizar algunos procesos en el mundo del arte digital, pues le quita poder a los intermediarios que deciden lo que tiene y lo que no tiene valor, a la vez que se convierte en una especie de certificado de autenticidad y propiedad de la obra, algo altamente valorado entre coleccionistas. Por otra parte, hay quienes consideran que este esquema digital es muy endeble, fácilmente destruible y vulnerable, argumento al que otros replican que igual de vulnerable es el arte en forma física.
Independientemente de a dónde va este modelo, lo cierto es que nos acerca más a un mundo virtual en el que hoy muchas personas, incluyendo cada vez más niños y niñas, ya viven. Un tema recurrente entre papás y mamás es que muchos niños de navidad o cumpleaños no quieren juguetes ni dinero, sino “monedas” que les permitan comprar mapas, texturas, objetos, avatars, vestuarios, armas y vehículos dentro de sus videojuegos favoritos, como Minecraft o Fortnite.
En el último año hemos estado escuchando más de los NFT porque las personas han pasado más tiempo en Internet y tienen menos lugares donde gastar y/o apostar. En el 2020 se cuadruplicó el monto de transacciones de estos activos. También creció la compra de criptomonedas. Bitcoin, por ejemplo, llegó hace poco a su precio máximo, en medio de especulaciones sobre si es o no parte de una burbuja.
Tanto la tecnología de blockchain como las criptomonedas y ahora los NFTs son abstractos y cuesta trabajo relacionarse con ellos, más para los que crecimos y vivimos en lugares donde se va la luz, se cae el Internet y no hay señal o es intermitente en el celular. También tenemos un sesgo que nos lleva a valorar más lo tangible por encima de lo intangible y lo conocido por encima de lo desconocido.
Es interesante pensar que quizás en otras etapas se tuvo la misma desconfianza de los billetes, las chequeras, el dinero en el banco y/o la compra y venta de acciones en el mercado financiero. Que puede haber una burbuja especulativa y todo este sistema colapsar es cierto, pero también lo es cuando hablamos de mercados financieros. Habrá que continuar observando este fenómeno.
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@VeronicaBaz
