Todo era risas hasta que en el lapso de casi tres meses el coronavirus se desparramó por todo el mundo a la velocidad de la globalización y ya nada es igual. Y cuando esto termine, en un plazo aún incierto, probablemente no todo vuelva a ser como antes, las TIC incluidas. Al contrario, de lo que emerge de esta crisis es, entre otras cosas, el rol central que ejercen en nuestra cotidianeidad que hoy se hace más evidente que nunca.
Siendo que todavía estamos atravesando los tormentosos mares de la pandemia, se hace difícil imaginar cómo será el día después. No obstante, hay escenarios que se pueden inferir en función de los cambios registrados durante la misma y que seguramente acelerarán la adopción de tecnologías. Esas que ya existían pero que, por una u otra razón, avanzaban a un ritmo inferior al que probablemente veamos en el futuro próximo. Para bien y para mal.
Tareas remotas
La pandemia, o más particularmente el aislamiento de la población, trajo un fuerte impulso a prácticas a distancia, como el teletrabajo, la teleeducación o la telemedicina. Pero también echó luz sobre las limitaciones de una implementación de urgencia.
El súbito envío de los trabajadores de oficina a sus hogares dejó al descubierto que el teletrabajo requiere de mucho más que eso. No se trata únicamente de las limitaciones físicas que pueden existir en el hogar (falta de equipamiento o ámbitos adecuados entre otras) sino también de las tecnológicas, propias de las organizaciones, para implementar esta modalidad adecuadamente. Esto se hizo más evidente aún en el ámbito de la administración pública, que en muchos casos se vio congelada, ante la imposibilidad de sus empleados de seguir realizando tareas de oficina desde sus hogares. No obstante, luego de esta experiencia (forzada) de teletrabajo, seguramente se lo comenzará a mirar con nuevos ojos. Por parte de las organizaciones que ven que pueden funcionar así con menos recursos destinados a oficinas, y por parte de los trabajadores que habrán visto que no es necesario desplazarse diariamente hasta una oficina para estar todo el día frente a una computadora, tal como están haciéndolo hoy en sus hogares. Claro que exigirá una adaptación de los sistemas informáticos y de comunicaciones de las organizaciones para facilitar su acceso remoto sin comprometer la seguridad. A su vez, probablemente presenciemos un impulso mayor a los servicios en la nube, accesibles en cualquier momento y cualquier lugar.
Las videollamadas conocieron con la pandemia un renacer, principalmente por la capacidad de estas plataformas de comunicar no ya dos personas sino a grupos de éstas. Y no sólo por motivos laborales, sino también sociales (los últimos para compensar la falta de contacto social por el confinamiento). No obstante, es esperable que el uso social de las videollamadas grupales caiga abruptamente una vez que la obligación de aislamiento sea sólo un amargo recuerdo. Pero sí es probable que, aunque caigan, tengan un nuevo piso en ámbitos laborales. Con el uso que se le comenzó a dar por la pandemia, varios descubrieron que efectivamente se ahorra mucho tiempo en traslados, a veces dentro de la ciudad, otras entre ciudades cuando no entre países. Esos ahorros de tiempo y recursos económicos seguramente no pasen desapercibidos por las organizaciones. Algo que a su vez impactará en industrias tan variadas como la del transporte (público y privado), los hoteles o los organizadores de eventos.
“Dispositivo y conectividad tienen que ser vistos como una única cosa.”
En materia de telemedicina, si bien no se ven aún grandes avances en temas como el diagnóstico remoto y mucho menos en intervenciones quirúrgicas a distancia (como se prometen con 5G), el aislamiento obligatorio que rige en varios países obligó a impulsar la creatividad para atenuar sus consecuencias en el ámbito de la salud. Visitas a médicos para consultas básicas que no requieren de una examinación física, como la evaluación de análisis clínicos, la emisión de recetas o una entrevista limitada a síntomas manifestados por el paciente o visibles, han sido implementadas motu proprio por diversos médicos utilizando mensajería o videollamadas. De esta forma, pueden seguir atendiendo mientras cierran sus consultorios al público para evitar contagios. Una práctica que podrá permanecer en el tiempo al permitir que un mismo profesional atienda más personas en un mismo intervalo de tiempo, mejorando su productividad sin alterar su eficacia, al tiempo que beneficia a los pacientes al evitarles traslados y exposiciones innecesarias.
En la misma línea, en Argentina algunas empresas de medicina prepaga y mutuales de salud junto con las farmacias comenzaron a aceptar fotografías de prescripciones médicas, recibidas por los pacientes de sus médicos vía mail o WhatsApp. Todavía está lejos de ser una prescripción electrónica, pero implica una mejora en un proceso totalmente arcaico como lo es trasladarse para ir a buscar un papel.
En educación, la actualización no será tan inmediata. No sólo porque sigue siendo importante la interacción cara a cara con docentes y entre alumnos, amén de requerir de la adaptación de la forma de enseñar, cosa de la que se viene hablando desde hace años, pero en la que se ha avanzado todavía poco.
La pandemia y su consecuente aislamiento puso en evidencia un déficit ya conocido: el dispar acceso a conectividad de calidad. Y aquí juegan un rol importante no sólo el dispositivo (que fue abordado por diversos planes de distribución de computadoras gratuitamente a alumnos) sino, tan o más importante, la conectividad. En países como los latinoamericanos el acceso a banda ancha fija y a PC está retaceado. Este escenario hace que la brecha social se acentúe, con los niños y jóvenes de hogares urbanos medios y altos manteniendo su educación (aunque con limitaciones) a través de la educación a distancia, mientras que aquellos de sectores más bajos o en áreas menos conectadas indefectiblemente pierden semanas y semanas de clases, cuando no el año entero.
Dispositivo y conectividad tienen que ser vistos como una única cosa. Exigirá también la adaptación de los contenidos a los celulares, y no sólo por un tema de popularidad y accesibilidad, sino también por el tipo de conectividad al que se pueda acceder. Habrá que ser más creativos y dejar de pensar que teleeducación es grabar una clase o transmitirla en vivo por streaming.
Impacto industrial
Ya pensando en el mediano plazo, no puede dejar de pensarse en el impacto industrial de la pandemia. Más allá de la caída de la actividad económica, también resultante del cierre de fronteras y las dificultades de abastecimiento. En un marco previo donde cada vez eran más fuertes los discursos antiglobalización, no debería llamar la atención que se propicie el retorno de ciertas actividades industriales a sus países de consumo, rediseñando las cadenas de abastecimiento. Algo que podría impactar en mayor medida a China y otros países de oriente que combinan, en distintas proporciones, mano de obra barata, tecnología y ecosistemas de proveedores para ser competitivas. Así no sería extraño que haya un resurgimiento de fábricas locales que, ante la imposibilidad de competir en costos laborales, opten por la robotización y la automatización. Algo que encontrará en la tecnología 5G un aliado estratégico que ayude a acelerar su despliegue y adopción en el sector productivo.
Claro que automatización y robotización juegan en contra del trabajo de los seres humanos. Por lo tanto, recobrarán fuerza propuestas del estilo “impuesto al robot” como forma de financiar alguna suerte de ingreso universal que compense, parcialmente, la menor demanda de fuerza laboral. Paralelamente, implicará el estudio serio de planes de reconversión educativa a un ritmo más acelerado del que se viene dando en los últimos tiempos.
Centralidad de la red
Aunque parezca una verdad de Perogrullo, uno de los emergentes de la pandemia es sin duda el rol central de las telecomunicaciones en la sociedad moderna. Para informar, para actuar, para conectarnos. Y si no están presentes, o lo están en forma deficiente, se producen asimetrías que hoy ya no deberían ser tolerables.
Todo el tráfico adicional generado por las personas que se recluyeron en sus hogares y dejaron de salir, de trabajar fuera de su casa, de ir a la escuela, significó una demanda adicional no prevista sobre las redes. Si bien en líneas generales éstas respondieron adecuadamente, también dejaron al descubierto a aquellos proveedores con tecnologías propias de los primeros tiempos de la banda ancha: algunas inalámbricas, el ADSL y hasta redes HFC que no estaban adecuadamente actualizadas y dimensionadas. Los grandes ganadores fueron aquellos con fibra óptica. El nuevo escenario, con un uso aún más intenso de las telecomunicaciones, permite predecir un nuevo piso de tráfico (más allá del crecimiento natural que se viene registrando año con año) lo que implicará una fuerte presión para invertir en mejorarlas. En el caso de las redes móviles, menos impactadas que las fijas por poder hacer offloading sobre éstas, sí se notó el mayor tráfico en aquellas zonas donde 4G no llegó o si lo hizo, lo hizo en forma precaria.
La pandemia marcará que no sólo será necesario profundizar los planes de inversión por parte de los operadores, tanto fijos como móviles. También será necesario que de una buena vez los gobiernos a todo nivel, desde el municipal hasta el nacional, encaren seriamente una política que permita bajar las barreras al despliegue de antenas y otras infraestructuras clave para llevar los servicios de telecomunicaciones a todos los habitantes, en todo lugar. De la misma forma, exigirá una aceleración de la asignación de más espectro, dejando de lado el objetivo recaudatorio para poner el foco en el mayor y mejor acceso. Es conveniente recordar que las redes son en muchos casos la única alternativa de conectividad, especialmente en los sectores sociales más desfavorecidos. El Estado deja de ser factótum de esta desigualdad.
El seguimiento estatal de los individuos
El cercenamiento de la privacidad no es algo nuevo, aunque se ha visto potenciado tanto por el uso de Internet desde una PC como, y en mayor medida, a través del uso de los smartphones. No sólo por los sitios que visitamos, muchas veces asociados a nuestro perfil básico (edad, género, lugar de residencia) potenciados por lo que las plataformas van aprendiendo de nosotros. También gracias a la geolocalización se puede saber en cada momento en dónde estamos y hasta con quién. Esto resulta de gran utilidad para gestionar la pandemia: desde ver los grados de acatamiento del aislamiento (que se puede obtener de la información agregada con que cuentan las telcos) hasta saber si estuvimos en contacto con algún contagiado (de manera identificada a través de la intervención de alguna app instalada en el dispositivo personal).
En la batalla contra la epidemia del coronavirus ya son varios los gobiernos que han desplegado tecnología de vigilancia y monitoreo. La duda es si, una vez pasada esta crisis, volverán atrás con estas medidas de monitoreo o si, como sucedió más de una vez, medidas de emergencia continúan vigente una vez pasada ésta. En la post pandemia, nuestras libertades individuales, así como nuestra privacidad, estarán más amenazadas que nunca ante un escenario que nos dejará más expuestos. La sociedad deberá buscar que privacidad y bienestar no sean excluyentes. Será sin duda un tema que escalará en la agenda político-social de la post pandemia.
El inicio de una nueva era
Ante la incertidumbre global respecto de cuándo se podrá retomar una vida normal sumada a los aprendizajes en la forma de trabajar, estudiar y cuidarse durante la pandemia hay algo que parece claro: varias son las medidas de emergencia iniciales que pasarán a ser parte del escenario cotidiano. Pero este nuevo escenario que está en construcción exigirá muchos cambios.
Por un lado, la infraestructura. El sector público y el privado deberán trabajar en conjunto y seriamente, no sólo para terminar de conectar a los desconectados sino también para que esa conexión sea más homogénea y de capacidad razonable, minimizando las asimetrías actuales. Despliegues de fibra, 4G y, en un futuro no muy lejano, 5G, con el complemento del satélite u otras tecnologías para áreas geográficamente más alejadas. Por otra parte, poner en lugar nuevas formas de trabajar, estudiar y cuidar la salud exigirá cambios más profundos en la manera de hacer las cosas. Es necesario reconsiderarlas en un entorno que será cada vez más híbrido entre online y offline.
La pandemia es un llamado a la realidad. Disponemos de muchas tecnologías que son ventajosas pero que hasta ahora no usamos con más intensidad quizá por una inercia propia del género humano, aún en estos tiempos de cambios. Pero atención que, paralelamente y buscando la supervivencia, muchos gobernantes (a todo nivel) toman medidas que, tan sólo tres meses atrás, hubieran resultado inimaginables. Algunas basadas en la tecnología y otras no. Habrá que velar por mantener nuestras derechos, libertades y privacidad en un mundo que se presenta más controlador. La película de futuro distópico debe terminar cuando lo haga la pandemia.