A medida que se acerca el silbatazo inicial para la Copa del Mundo de 2026, la maquinaria de relaciones públicas ha comenzado a trabajar a marchas forzadas.
A los aficionados y ciudadanos en México se nos venden promesas de un país moderno, conectado y listo para el futuro. Sin embargo, basta con caminar por las calles de nuestras ciudades o intentar enviar un mensaje en un estadio lleno para darse cuenta de que la narrativa oficial choca de frente con nuestra realidad técnica.
Hay que decirlo con todas sus letras: México será sede de un Mundial de pasión, de cultura y de fiesta, pero bajo ninguna circunstancia será un Mundial tecnológico.
El ejemplo más claro de este espejismo de modernidad es la celebración de la habilitación de pagos sin contacto (contactless) en el transporte público.
Ver a funcionarios y ciudadanos maravillarse porque un validador en el Metrobús o el Metro acepta una tarjeta de crédito o pago con el smartphone es la prueba fehaciente de nuestro rezago.
No me malinterpreten: es una medida necesaria y cómoda. Pero vender esto como “vanguardia” es un insulto a la memoria tecnológica global.
Londres implementó el pago con tarjetas bancarias en sus autobuses en 2012 y en el metro en 2014. Ciudades asiáticas llevan una década o más pagando con el celular. Lo que en México celebramos hoy como un salto cuántico hacia el futuro, en el resto del mundo es parte de la cotidianeidad desde hace años. Estamos inaugurando la norma de ayer, no la innovación de mañana.
Un verdadero Mundial tecnológico implica infraestructuras que hoy no tenemos. Hablamos de redes 5G reales y robustas que soporten a 80,000 personas transmitiendo video en vivo simultáneamente desde el Estadio Banorte (Azteca), algo que hoy colapsa las redes con la mitad del aforo.
Hablamos de biometría avanzada para la seguridad que no vulnere la privacidad, de sistemas de transporte inteligente que gestionen el tráfico en tiempo real con IA, y no de simples parches digitales sobre un sistema de movilidad obsoleto.
Mientras Qatar nos mostró estadios desmontables y sistemas de refrigeración de última generación, y Japón nos deslumbró con robótica, México apuesta por la “tropicalización” de tecnologías maduras.
El peligro de este discurso triunfalista es que nos conformemos. Al aplaudir que “ya nos parecemos a Europa” porque podemos pagar el pasaje con el teléfono, olvidamos exigir la verdadera innovación que fomenta el desarrollo económico.
La brecha digital en el país sigue siendo abismal. La tecnología que presumiremos ante la FIFA y el mundo entero se limitará a las burbujas turísticas y las zonas gentrificadas de la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. Fuera de esos perímetros, la “vanguardia” desaparece.
Recibiremos al mundo con los brazos abiertos, sí. Pero no nos engañemos ni intentemos engañar a los visitantes: lo que verán no es innovación, es una actualización de software que llegó con diez años de retraso.
Nos leemos en la próxima #BigTech.