Ley de Redes Digitales: Europa decide no ser un mercado. Y México lo ve con total claridad
Escribo estas líneas como uno de los mayores expertos mundiales en telecomunicaciones y políticas de redes, después de décadas trabajando directamente en la regulación europea, los mercados globales y las estrategias industriales. Precisamente por eso, el Digital Networks Act (DNA) debe leerse sin indulgencia, por lo que realmente es y no por lo que promete ser. No representa una reforma estructural. Es una decisión política clara: Europa ha renunciado a construir un verdadero mercado único de las telecomunicaciones.
El DNA se presenta como el instrumento que debería preparar a la Unión Europea para la era de la Inteligencia Artificial, Cloud y 6G, impulsando la inversión y simplificando las reglas. Sin embargo, detrás de esta narrativa tranquilizadora emerge una decisión mucho más profunda. El texto no supera la fragmentación histórica del sector europeo de las telecomunicaciones: la asume como un dato estructural y la hace administrable.
Veintisiete mercados siguen siendo 27 mercados, con 27 reguladores, modelos industriales divergentes y condiciones económicas a menudo incompatibles. No existe una licencia única europea, no existe una armonización real del acceso a las redes, no existe una gobernanza capaz de imponer decisiones comunes y vinculantes.
La promesa de simplificación se transforma así en su contrario. El DNA añade capas regulatorias, alarga el marco normativo y aumenta la discrecionalidad. Habla insistentemente de inversiones, pero evita el tema que hace posibles esas inversiones: la escala. Sin escala continental no existe una infraestructura digital competitiva. Es una ley económica antes que industrial. Un mercado que no genera escala no atrae capital; un mercado que no atrae capital deja de ser relevante.
Esto no es un descuido técnico. Es una decisión política consciente. El DNA protege el statu quo, hace manejable la fragmentación actual y neutraliza cualquier hipótesis de verdadera integración. Los incumbentes nacionales siguen siendo el eje del sistema, mientras que la idea misma de un operador paneuropeo de redes queda archivada sin ser nunca declarada abiertamente inviable. No hay una sola disposición en el DNA que haga realmente posible un mercado europeo de las telecomunicaciones.
Es en este punto donde el DNA deja de ser un asunto interno de la Unión Europea y se vuelve relevante para socios estratégicos como México. Para quien observa a Europa desde fuera, el mensaje es inequívoco: la UE no es un mercado digital integrado, sino una colección de excepciones regulatorias coordinadas de forma imperfecta. Entrar al mercado europeo sigue significando enfrentar altos costos de entrada, incertidumbre jurídica y la imposibilidad de replicar modelos a escala continental.
Desde la perspectiva mexicana, la comparación con América del Norte es inevitable. México opera en un ecosistema donde el tamaño del mercado y una mayor homogeneidad regulatoria permiten planificar inversiones en infraestructura a largo plazo. Europa, con el DNA, elige deliberadamente no competir en ese terreno. Y cuando se trata de Cloud, Edge Computing, Inteligencia Artificial, 5G avanzado y futuro 6G, la escala no es un detalle técnico: es el factor decisivo.
Las consecuencias son concretas y medibles. Una regulación que no crea escala reduce la inversión extranjera directa, debilita la integración de las cadenas de valor digitales entre la Unión Europea y México y erosiona la credibilidad europea como socio estratégico en las grandes batallas tecnológicas globales. Una Europa incapaz de poner orden en su propio mercado interno pierde peso negociador también hacia el exterior.
El verdadero mensaje del DNA no es técnico, sino político. Europa ha optado por administrar su debilidad en lugar de corregirla. Ha preferido un compromiso regulatorio a la construcción de una infraestructura de mercado verdaderamente continental. Para México, que está redefiniendo su estrategia industrial y digital en un mundo cada vez más competitivo, este mensaje es imposible de ignorar.
Esta decisión aún es reversible, pero el tiempo no es infinito. Sin un verdadero mercado único de redes, Europa nunca será una plataforma digital global, sino únicamente un conjunto de mercados adyacentes. En una economía impulsada por la escala, el capital y la velocidad, quien no se convierte en plataforma simplemente es desplazado.
México ya lo ha entendido. La verdadera pregunta es si Europa todavía tiene el valor de hacerlo.
