Excélsior Paul Lara
Las estanterías tecnológicas se llenan de promesas: tutores con inteligencia artificial (IA), juguetes que conversan con los menores y programas de estudio personalizados. Esto es parte de lo que nos explica un texto muy bien trabajado en The Economist, donde se explica que la IA promete democratizar una educación que antes era privilegio de reyes: un entorno a medida, siempre complaciente. Suena a utopía, ¿verdad? Pero yo veo una distopía de la comodidad. Veo los cimientos de una jaula de oro digital, donde la sobreprotección algorítmica amenaza con sofocar la formación social y el pensamiento crítico, no sólo en los niños, sino en los adultos que inevitablemente surgirán de este experimento.
El riesgo más profundo de la IA generativa no radica en que los chatbots fallen —con alucinaciones o respuestas inapropiadas—, sino en que triunfen. Cuando un niño se relaciona con un compañero de IA que nunca critica, nunca pide esperar turno y siempre está de acuerdo, estamos ante una preparación social deficiente. La vida, los negocios y la democracia exigen negociación, gestión de la frustración y la capacidad de entender una perspectiva ajena. Si un tercio de los adolescentes prefiere la conversación fácil con un bot a la complejidad de un amigo o un padre, estamos cultivando una generación sin las herramientas emocionales necesarias. Crearemos colegas inflexibles y parejas incapaces de hacer el intercambio que requiere cualquier relación. La IA está normalizando y facilitando el aislamiento.
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