Entre el telégrafo y la IA: el punto de inflexión de la UIT

En teoría, las telecomunicaciones en el mundo no se mandan solas. Requieren una brújula universal que ordene el uso del espectro, armonice las frecuencias radioeléctricas y procure que la comunicación a distancia funcione de manera segura, eficiente y sin interferencias. Ese rol, según el diseño consensuado por los países, lo ejerce la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT).

Pero las telecomunicaciones que dieron origen a este organismo en 1865 no tienen mucho que ver con el ecosistema digital del siglo XXI. 

Allí radica la tensión central que experimenta el alma de la UIT: ¿cómo se actualiza (“aggiorna”) una institución nacida para administrar telégrafos eléctricos en un mundo donde conviven Inteligencia Artificial, satélites de órbita baja, redes de ultra alta capacidad y plataformas globales que mueven millones de datos?

El diagnóstico de esta columna no pretende ser injusto ni lapidario. Es una invitación a mirar con honestidad el punto de inflexión que enfrenta la UIT, porque tenemos fe en que ella puede hacer todavía un mejor esfuerzo que la instale en el liderazgo que debe ostentar. 

Mucha historia y un protagonismo en dilución

La UIT es, literalmente, una de las organizaciones internacionales más añosas del planeta. Nació el 17 de mayo de 1865, en París, como Unión Telegráfica Internacional, cuando la telefonía apenas despuntaba. En 1932 adoptó su nombre actual y amplió su mandato hacia la telefonía y la radiocomunicación. En 1947 pasó a integrar formalmente el sistema de Naciones Unidas, instalándose en Ginebra (Suiza).

Hoy la misión formal de la UIT es ordenar el uso global del espectro radioeléctrico, administrar las posiciones orbitales, coordinar estándares técnicos y apoyar el desarrollo de infraestructura en países con brechas de conectividad. Un mandato ambicioso, necesario y técnicamente complejo.

Sin embargo, la pregunta que cualquier observador razonable puede formular hoy es simple: ¿está la UIT ocupando el lugar que las dinámicas del ecosistema digital requieren?

Un mandato valioso y algo extemporáneo

Aunque la UIT se define como el “organismo especializado de las Naciones Unidas para las tecnologías digitales (TIC)”, la verdad es que su estructura interna —centrada en radiocomunicaciones, normalización y desarrollo de las telecomunicaciones— refleja una mirada propia del siglo pasado. Ese enfoque sigue siendo indispensable, pero ya no es suficiente.

En efecto, la transformación digital (Industria 4.0, Cuarta Revolución Industrial, era de los sistemas ciberfísicos, etc.) exige que la gobernanza internacional incorpore con claridad debates como las plataformas digitales y la concentración de poder. 

También la Inteligencia Artificial, el uso responsable de datos y la ciberseguridad avanzada. De igual manera, que incluya la arquitectura cloud y Data Centers, blockchain, los modelos OTT y la interoperabilidad digital de próxima generación, entre otras temáticas tecnológicas emergentes.

La UIT participa en algunas de estas líneas —WSIS, AI for Good, iniciativas de conectividad universal—, pero su presencia no siempre resulta gravitante. Una o dos iniciativas relevantes no bastan para anclar el liderazgo en un ámbito tan vertiginoso. 

En otras palabras, la convergencia entre telecomunicaciones y tecnología parece que aún no permea con la fuerza necesaria la estructura interna de la institución.

La gobernanza global ante el poder de los Estados 

El segundo desafío no es técnico, sino político. La UIT opera en un sistema donde los Estados conservan márgenes amplios de soberanía, incluso en un ámbito que exige profunda armonización internacional. Le cuesta a la UIT lograr disciplinar a las naciones.

El ejemplo más citado es el artículo 4.4 del Reglamento de Radiocomunicaciones, que permite a los países utilizar frecuencias en condiciones distintas a las reconocidas internacionalmente, asumiendo los riesgos de interferencia. 

Este mecanismo, concebido como un equilibrio entre cooperación y autonomía, termina debilitando la disciplina colectiva del espectro, especialmente en un contexto donde el tráfico inalámbrico se multiplica exponencialmente.

Esto obedece a que ese “salvavidas soberano” —el art. 4.4 del Reglamento— debilita la disciplina internacional del espectro y convierte a la UIT en un árbitro sin pito ni tarjetas rojas. 

La proliferación de usos no armonizados, combinada con la creciente densidad del tráfico inalámbrico, amenaza la interoperabilidad que el propio Reglamento pretende resguardar.

Lo mismo ocurre en la competencia por posiciones orbitales geoestacionarias, donde los países con mayor capacidad técnica avanzan a un ritmo acelerado que deja poco espacio a quienes no tienen los mismos recursos. Este escenario tensiona la misión de equidad global que la UIT está llamada a proteger.

Una presencia tenue en los debates estratégicos del futuro digital

Mientras la OMS lidera de manera visible la agenda sanitaria mundial, la OMC coordina la discusión global del comercio y la FAO orienta la seguridad alimentaria, la UIT aparece situada en un rol más discreto o circunspecto. 

Este suele ser secundario —“segundón”— respecto de los debates que definirán la infraestructura del futuro. Pareciera que la UIT no tiene agenda o no quisiera tenerla en sus propios temas.

Algunos conceptos, como Open RAN, fair share, network slicing, neutralidad de red en arquitecturas avanzadas, ciberseguridad, resiliencia digital, 6G, redes mayoristas y nuevas formas de coordinación, etc., suelen avanzar impulsados por otros actores. Principalmente, la GSMA, 3GPP, la IETF, la Internet Society o las grandes compañías tecnológicas que dominan la innovación global.

En América Latina, la situación es más evidente. La discusión sobre conectividad, infraestructura y modernización institucional la han llevado adelante, con matices, el Banco Mundial, el BID y la CAF. 

En Chile, al menos, la visibilidad del trabajo de la UIT es baja. Su articulación con el regulador local no siempre resulta perceptible para el ciudadano informado, quien no ha escuchado de ella “ni en pelea de perros”.

No se trata de negar lo que hace la UIT, sino de advertir que su voz se escucha menos donde más se necesita. Ello, a pesar de que eventualmente pueda realizar un amplio paquete de actividades. Pero en este mundo de las apariencias, la señora del César no sólo tiene que serlo, sino también esforzarse por parecerlo. 

Un desplazamiento del centro de gravedad

Que los debates estratégicos del ecosistema digital migren fuera de la UIT no es un detalle menor. Significa que la coordinación multilateral —el propósito para el cual esta organización fue concebida— está ocurriendo en otros espacios. 

Mientras tanto, los Estados continúan financiando un organismo cuyo protagonismo se ve menguado en las discusiones críticas. El riesgo no es la desaparición de la Unión, sino su irrelevancia.

Por ello, algunas voces se han preguntado si tiene sentido mantener la UIT y todo su aparataje institucional en pleno siglo XXI. Mi respuesta es que “sí, tiene sentido”. La UIT sigue siendo el único foro universal con legitimidad técnica y política para administrar dos bienes naturalmente escasos y estratégicos, como son el espectro y las posiciones orbitales. Ningún consorcio privado ni estándar de facto puede reemplazar esa función.

La cuestión no es si debe existir, sino cómo debe reinventarse (“aggiornarse”) para recuperar liderazgo y asegurar que su misión siga teniendo impacto en un ecosistema digital que cambia cada día.

Un llamado razonable a la reinvención

La UIT conserva historia, legitimidad y conocimiento acumulado. Es un activo institucional que puede —y debe— jugar un rol más decisivo en la gobernanza del futuro digital. Pero requiere ajustar prioridades, modernizar su agenda, fortalecer su capacidad de anticipación y volver a ser un actor gravitante en temas que ya no admiten indiferencia.

La tecnología avanza como un tren de alta velocidad. La UIT puede subirse y conducir parte del trayecto, o resignarse a observar desde el andén, como Penélope en la canción de Joan Manuel Serrat. 

Esta burlada mujer —con su bolso de piel marrón, zapatos de tacón y vestido de domingo— se limita a mirar desde un banco del andén cómo llegan y salen los trenes, sin subirse a ninguno de ellos. Lo único que ella espera es el retorno de ese caminante amado, ya lejos, que una tarde de primavera la cautivó.

La conclusión es clara y sin matices. Si el siglo XIX le dio origen y el siglo XX le otorgó prestigio, el siglo XXI le exige a la UIT algo más. Esta meta consiste en asumir el rol de protagonista en la gobernanza digital global, antes de que otros con mayor vocación de poder decidan ocupar ese espacio en su lugar. 

En claves bíblicas, sólo los violentos y audaces logran arrebatar el reino de los cielos —es decir, la gloria eterna o el éxito temporal. 

¿Con qué disposición anímica se encuentra la UIT para tomar el liderazgo que supone dirigir la orquesta del ecosistema digital?