Europa y México: dos modelos de conectividad frente a frente y por qué el mercado único de acceso a Internet ya no puede esperar

La competencia global ya no se libra en acuerdos comerciales ni en las capitales políticas, sino en las redes que transportan los datos, en la infraestructura invisible que sostiene la Inteligencia Artificial y en la calidad de la conectividad que impulsa fábricas, escuelas, hospitales, logística y finanzas. 

En una economía donde la capacidad de procesar información se ha convertido en una nueva forma de energía, el acceso a Internet es hoy la variable que define riqueza, productividad y soberanía. Por eso el Digital Networks Act (DNA) —que se espera en Bruselas a inicios de 2026— representa mucho más que una reforma técnica: es un acto de política industrial de alcance continental, la base de la infraestructura digital europea para las próximas décadas.

Europa vive una contradicción profunda: alberga algunas de las industrias más avanzadas del mundo, pero sigue operando con infraestructuras digitales fragmentadas y con normas diseñadas cuando las redes fijas y móviles pertenecían a mundos distintos. Hoy esa distinción se ha desvanecido. El tráfico converge, las aplicaciones no distinguen entre tecnologías y los usuarios exigen continuidad. 

Sin embargo, la realidad sigue siendo opaca: en varios países europeos, la cobertura “de fibra” supera oficialmente 75%, pero según diversas fuentes independientes, la proporción de hogares que realmente pueden activarse en plazos razonables es mucho menor, creando una brecha estructural entre lo que aparece en los mapas y lo que los usuarios pueden utilizar en la práctica. Esta fractura castiga inversiones, empresas y ciudadanos y evidencia la urgencia de un marco más transparente y armonizado.

En un reciente viaje por el sur de Europa, un empresario manufacturero me contó que contrató —a un costo elevado— un servicio de fibra que, en teoría, ofrecía 1 Gbps. “Nos tardamos más de cuatro meses en activarlo”, dijo. “Y mientras tanto, nuestra línea de robots seguía operando con una conexión móvil improvisada.” Esta microhistoria no es una excepción: es el síntoma de un sistema que con demasiada frecuencia confunde el mapa con el territorio.

Ver hacia afuera ayuda a comprender aún mejor el riesgo. México, uno de los mercados digitales más dinámicos de América Latina, es un laboratorio natural de lo que ocurre cuando las redes fijas y móviles no crecen de manera coordinada. 

La fibra se concentra en las ciudades principales, mientras vastas regiones del país dependen de 4G, 5G o FWA no por preferencia tecnológica, sino porque no hay alternativas. El resultado es una “conectividad móvil como primera opción” que permitió una expansión inicial veloz, pero que revela límites profundos: latencia menos predecible, resiliencia más frágil, capacidad más volátil. 

Es un modelo que funciona hoy, pero que podría convertirse en un freno mañana, cuando la Inteligencia Artificial exija redes con tiempos de respuesta inferiores al milisegundo y calidad uniforme en todo el territorio.

Existe, sin embargo, otra lección —esta vez positiva— que México puede tomar de Europa: la convergencia regulatoria. Europa, aun con demoras e inconsistencias, está intentando construir un sistema en el que las redes fijas, móviles y FWA no compitan de manera desordenada, sino que se integren en beneficio de los usuarios. 

La transparencia en los parámetros técnicos, la neutralidad informativa, los estándares comunes: todo esto podría ayudar a México a evitar que la red móvil se convierta en un sustituto permanente de la red fija, en lugar de una pieza complementaria en la arquitectura digital nacional.

Pero el punto más estratégico —y más geopolítico— tiene que ver con la proximidad de los contenidos. Mientras Europa debate, China avanza con una velocidad casi continental: ha construido casi 4.7 millones de estaciones 5G para finales del tercer trimestre de 2025, tejiendo una red de Edge Cloud que acerca datos y servicios a los usuarios. 

Estados Unidos, por su parte, integra fibra, 5G y redes privadas bajo una lógica de cloud continuum dominada por los grandes hyperscalers

Europa, en cambio, sigue atrapada en un mosaico de normativas nacionales, mientras las otras grandes economías ya operan como mercados digitales unificados. Las Content Delivery Network son las autopistas invisibles del siglo XXI: una CDN europea neutral, independiente de operadores verticalmente integrados y distribuida de forma capilar, no es un detalle técnico, es una infraestructura estratégica para resguardar la competitividad industrial del continente.

El mercado único de acceso no es, por tanto, una reforma para especialistas. Es la base de la capacidad europea para competir con Estados Unidos y China y, al mismo tiempo, un modelo que puede inspirar a economías emergentes como la mexicana. 

Significa garantizar calidad, evitar asimetrías informativas, orientar inversiones sostenibles, construir una infraestructura a la altura de las ambiciones de la Inteligencia Artificial y de la economía de los datos. 

Significa reconocer que en la economía de la Inteligencia Artificial no ganarán las naciones con más servidores, sino aquellas con redes más cercanas, más rápidas y más confiables. Es una decisión de identidad: definir si Europa será un conjunto disperso de redes nacionales o un bloque digital unificado, moderno y resiliente.

Y la verdad es que una Europa fragmentada nunca será competitiva, mientras que una Europa conectada sí, y este es exactamente el momento de construirla.