No necesitamos otro ícono de 5G en la pantalla del celular: lo que necesitamos son ciudades que no se interrumpan.
Imaginemos una doctora que puede hacer un ultrasonido a domicilio sin que se congele la señal, un robot de almacén que nunca se detiene porque la red no falla, una clase entera que entra en una experiencia de Realidad Aumentada como si fuera a abrir un libro. Eso es una ciudad “dual gigabit”: cuando la fibra óptica a un gigabit y 5G a un gigabit trabajan juntas, la tecnología deja de ser un obstáculo y se convierte en un aliado invisible de la vida diaria.
El concepto es sencillo. “Dual gigabit” no significa sólo velocidad, sino confiabilidad.
La fibra óptica da estabilidad y capacidad de subida de datos —para enviar estudios médicos, entrenar modelos de Inteligencia Artificial, transmitir video en vivo en alta definición— mientras que 5G “stand-alone”, es decir, independiente de las viejas redes 4G, aporta movilidad, latencia baja y la posibilidad de dividir la red en “rebanadas” dedicadas, de modo que un robot en una fábrica o una ambulancia en servicio tengan siempre prioridad.
Cuando las dos redes se planean de forma coordinada, la ciudad se vuelve más fuerte: si una excavadora corta un cable, la red móvil cubre el vacío; si una aplicación móvil se congestiona, la fibra absorbe el tráfico. No se trata de megabits por segundo, se trata de que el servicio funcione siempre.
China lo entendió rápido. Con un plan nacional claro certificó decenas de “ciudades gigabit” en un solo año, desplegando millones de estaciones base 5G y creando una infraestructura que no sirve únicamente para presumir picos de velocidad, sino para garantizar servicios estables a escala metropolitana.
Europa, por su parte, fijó en su “Década Digital” la meta de llevar gigabit a todos los hogares y 5G a todas las zonas pobladas en 2030.
México tiene que leer estas experiencias como advertencia y oportunidad: si no aceleramos, corremos el riesgo de quedarnos en la periferia digital, mientras que con visión estratégica podemos saltar etapas y posicionarnos como líder regional.
Los ejemplos de uso son evidentes y están a la vuelta de la esquina. En salud, la telemedicina y el monitoreo remoto de pacientes son posibles sólo si la subida de datos es estable y la latencia baja.
En manufactura y logística, los robots y vehículos autónomos dependen de un 5G confiable y de una columna vertebral de fibra que soporte los llamados “gemelos digitales” de las plantas.
En seguridad pública, las cámaras y sensores de movilidad no saturan la red si existe un equilibrio entre fijo y móvil.
Y en cultura y turismo, sectores estratégicos para México, experiencias inmersivas en museos o transmisiones volumétricas de conciertos pueden ser parte de la oferta cotidiana, no un piloto aislado.
¿Cómo medir si una ciudad mexicana es realmente “dual gigabit”? Con tres indicadores sencillos.
Primero, disponibilidad: que la red funcione más de 99.99% del tiempo. Segundo, velocidad de subida: más de 200 Mbps en fibra y más de 100 Mbps en 5G en exteriores. Tercero, latencia: menos de 15 milisegundos de manera constante, para garantizar tiempo real.
Estos números no son tecnicismos: son la diferencia entre un hospital que atiende a tiempo y uno que se queda esperando la conexión.
Para llegar ahí, las políticas públicas deben ser directas. Hace falta simplificar trámites, crear ventanillas únicas para permisos y coordinar excavaciones con empresas de energía, agua y telecomunicaciones.
Es crucial planear en conjunto: no tiene sentido cablear colonias enteras en fibra sin pequeñas antenas de refuerzo, ni desplegar 5G sin conectividad de regreso en fibra.
México también debe dar prioridad a que los hospitales, parques industriales y universidades tengan acceso a 5G “stand-alone” y a fibra de última generación.
Y sobre todo, el Estado no debe pagar por cables o postes, sino por resultados medibles: servicios que cumplan con indicadores de calidad definidos de antemano.
La hoja de ruta es clara para cualquier alcalde ambicioso. En los primeros meses se debe mapear infraestructura y simplificar permisos. Al cabo de un año, lanzar proyectos piloto en hospitales y parques industriales. Y en dos años, extender la cobertura, publicar en línea indicadores de desempeño y ajustar los precios de los servicios gigabit para que sean accesibles a toda la población.
Los errores a evitar también son obvios: confundir cobertura con calidad, olvidar que el futuro depende tanto de subir como de bajar datos y subestimar el costo energético de las redes que debe reducirse cada año.
Las ciudades dual gigabit no son un lujo tecnológico: son política industrial urbana. China lo demostró, Europa se puso metas concretas. México no puede quedarse atrás.
La diferencia no se medirá en kilómetros de fibra, sino en minutos de vida ahorrados y servicios que no se interrumpen. Cuando un estudio médico llegue diez minutos antes, cuando una patrulla o una ambulancia arriben medio minuto más rápido, cuando una clase de secundaria disfrute de Realidad Aumentada sin buffering, sabremos que la ciudad dual gigabit ya no es un sueño: es tiempo ganado para todos.
