Las crisis de la industria telco: ¿galgos o podencos?

Hace un tiempo, dos conocidos míos discutían con vehemencia acerca de la situación actual de la industria de telecomunicaciones. Uno sostenía que el sector atravesaba una “crisis financiera” que permeaba todo el ecosistema. El otro, más técnico y con mayor volumen de lecturas en el cuerpo, prefería hablar de una “crisis de sostenibilidad financiera”. 

La discusión de mis amigos no se trata de un debate bizantino, enredoso o insignificante, ya que cada término arrastra consigo implicaciones prácticas. En los argumentos, mientras uno de ellos saca a relucir la inminente quiebra del ecosistema —la crisis financiera—, el otro opta por hablar de un modelo de negocio resistente pero con fecha de vencimiento —la crisis de sostenibilidad. 

La escena me recordó una vieja fábula española de Tomás de Iriarte (1750-1791) acerca de dos conejos. Estos mamíferos, perseguidos por unos astutos perros del extrarradio de Madrid, hacen una pausa en su huida para debatir si los canes tras ellos son galgos o podencos. “¡Hala, macho, estoy seguro que son galgos esos cabrones!”, dice uno. “Ni de coña, chaval, que son podencos de toda la vida, te lo digo yo”, le replica el otro. 

Mientras los conejos discuten la pertenencia racial de los perros, estos les alcanzan tan entretenidos en su discusión metafísica que ni cuenta se dieron como pasaron de esta vida terrena a la celestial. 

La moraleja es clara: discutir minucias cuando se está en peligro es una mala idea. Sin embargo, cuando se trata de una crisis, conviene ser precisos respecto de la fisonomía del animal. Este es el caso de la discusión de mis conocidos, porque no es lo mismo una crisis financiera que una crisis de sostenibilidad. ¿De qué tratan cada una?

Las crisis financiera y de sostenibilidad

Una crisis financiera tiene efectos inmediatos. Supone insolvencia o ruina que conlleva sueldos impagos, cortes de servicio, tiendas cerradas, reorganizaciones judiciales. Algo visible, dramático e irrefutable con lo que cualquier persona lloraría a mares. Pero esto no es lo que ocurriría hoy con la industria telco en Chile si hacemos abstracción del caso WOM que enseguida veremos. 

En cambio, lo que sí enfrentaríamos es una crisis de sostenibilidad financiera, que tiene efectos mediatos —no inminentes. Esta es una pendiente resbaladiza que no lleva al despeñadero todavía, pero que lo señala con insistencia para el mediano y largo plazos. 

En este tipo de crisis hay un modelo de negocio que, aunque hoy genera ingresos, muestra signos claros de fatiga: márgenes reducidos, inversiones que no retornan, servicios convertidos en commodities, estructuras tarifarias presionadas por la guerra de precios, exigencias regulatorias crecientes, entre otros síntomas.

Para entender la diferencia entre una crisis financiera y una de sostenibilidad basta recordar a la extinta cadena estadounidense Blockbuster. En 2007, con la llegada de Netflix, la compañía no quebró de inmediato. Pero ese año comenzó su declive, no por falta de ingresos contantes y sonantes, sino porque su modelo de negocio ya no era sostenible frente a la nueva competencia de la entretención. La bancarrota llegó finalmente en 2010. Lo que sufrió Blockbuster fue, primero, una crisis de sostenibilidad y, luego, advino la crisis financiera. 

Los focos de alerta del mercado

En telecomunicaciones, las señales de alarma son variadas. En Chile, el ARPU en Internet móvil bordea los 7 mil pesos, mientras que en en el servicio fijo ronda los 15 mil. El despliegue de 5G ha sido costoso y aún no aparecen los casos de uso rentables que justifiquen la inversión. 

Las promesas del IoT se demoran más de la cuenta y el Edge Computing está en pañales. Mientras tanto, la voz y la Internet se han comoditizado, borrando todo intento de diferenciación; hoy se compite por precio y no por una propuesta de valor.

A ello se suma un encarecimiento sostenido en los factores productivos. Los arriendos de terrenos para torres de antenas suben considerablemente, alimentados por prácticas especulativas de los dueños de los inmuebles. Asimismo, el espectro radioeléctrico que tendía a ser uno de los más baratos de la región en cuanto al canon anual que se debe pagar al Estado, ha ido subiendo de precio en las licitaciones que lo adjudican a los concesionarios.

Estas señales de alarma pueden leerse de distintas formas, pero en mi opinión se trata de una crisis de sostenibilidad —como lo ha dicho tanta gente. En cualquier caso, hay que tener cuidado con las interpretaciones de los extremos  —la indiferencia y el alarmismo.

El error de los extremos

El primer extremo es la incredulidad regulatoria. Si el Estado minimiza la gravedad del fenómeno, puede acelerar reformas sin medir efectos, como acortar la duración de las concesiones en exceso, imponer nuevas cargas sobre infraestructura crítica en la duración de baterías o exigir obligaciones técnicas que duplican costos sin mayor beneficio social. Esta tentación del regulador se refuerza cuando se piensa que las empresas exageran o dramatizan con fines tácticos.

El otro extremo es el dramatismo empresarial. Si las compañías sobreactúan la crisis, corren el riesgo de volverse caricaturas de sí mismas. Esto pasa cuando se oponen a todo, frenan cambios y se encierran en una trinchera lastimera. El andar infundiendo tanta lástima termina por resentir algunos ánimos y las dosis de empatía con un sector que puede estar realmente en momentos críticos.  

En este contexto, el caso de WOM podría ser leído como una señal del colapso del sector. Pero también puede explicarse como el costo de decisiones comerciales poco prudentes en un entorno competitivo (guerra de precios, temeridad en los plazos de los proyectos técnicos en los concursos 5G y FON, retiro inoportuno de dividendos por Novator Partners en 2022, etc.). 

En un mercado abierto, las malas apuestas se pagan. Así funciona: sobreviven los más aptos para asegurar la supervivencia de la especie. Por lo tanto, uno podría pensar que es una crisis autoinfligida o no, aunque en cualquier caso diferente a las crisis que provienen de factores exógenes determinantes.

Lo mismo sucede con Telefónica. Su salida de Chile puede parecer una tragedia, pero cuenta a su haber con negocios millonarios provenientes de la venta de torres y redes de fibra que hizo en años previos. Los españoles no se van con las manos vacías como en muchos desplazamientos migratorios. A veces, retirarse a tiempo también es una buena estrategia, ya que los potenciales compradores no pagarán limosnas sino considerables cifras en dólares.

Mi opinión es que poner a WOM y Telefónica como si fueran el niño símbolo de la crisis de sostenibilidad del apaleado sector telco es una decisión al menos discutible. 

El llamado a la acción 

La crisis de sostenibilidad que vive el sector telecomunicaciones exige algunas actitudes y medidas imprescindibles. Desde luego, menos teatro y más estrategia. 

En tal sentido, se requiere mirar con lupa el modelo de negocio e imaginar qué otras cosas puede ofrecer la industria más allá de la conectividad entregada de manera desnuda. Las preguntas que cabría hacerse son variadas. ¿Puede entregar servicios gestionados, como ciberseguridad, redes privadas empresariales, IoT como servicio, etc.? ¿Puede ser puente para el ecosistema digital, como el mundo fintech, las ciudades inteligentes, la salud remota, etc.? ¿Puede convertirse en plataforma para terceros, como ofrecer APIs a desarrolladores, network slicing, etc.? En fin, dicen que el cielo es el límite.

Asimismo, enfrentar la crisis de sostenibilidad exige una mayor toma de conciencia. Aún no estamos en la indigencia, pero la amenaza famélica ya camina cerca. Y eso debería ser suficiente para provocar acción, reacción y movilización. No se trata de dramatizar ni de minimizar, sino de prepararse para el largo invierno que caerá sobre Winterfell y toda la casa Stark. 

El tiempo para rediseñar el modelo es ahora. Porque si no lo hace la industria, el libertario mercado lo hará por ella, quien sabemos carece de la compasión y la misericordia como virtudes principales. 

En suma, la pobreza aún no le respira en la nuca a las telcos. Pero podría empezar a hacerlo con suaves susurros. Y si los perros que se acercan son galgos o podencos —crisis financiera o de sostenibilidad—, lo podemos seguir discutiendo en el camino. Esto, mientras corremos para quedar a salvos de alguna manera posible.