Un réquiem por Telefónica

En la liturgia católica del rito romano, un réquiem es una oración por el descanso eterno del alma de una persona tras su separación del cuerpo y que espera la resurrección final. Así, la misa de réquiem constituye las exequias del difunto, el acto litúrgico mediante el cual se despide a los muertos de la vida terrenal.

Recientemente, fuimos testigos de la multitudinaria misa de réquiem por el Papa Francisco I, celebrada en la Plaza de San Pedro en Roma. Por otro lado, entre las más célebres composiciones musicales de réquiem destaca la de Wolfgang Amadeus Mozart, que ha perdurado como símbolo universal de despedida solemne.

Pues bien, entre tantas exequias, partidas y oraciones, ha llegado el momento de rendir también nuestro propio réquiem: uno dedicado a una teleco de talla mundial que abandona su vida corporal en América Latina. Es el réquiem por Telefónica, cuyo espíritu empieza a abandonar nuestro continente, dejando apenas su cuerpo insepulto entre nosotros. 

La guadaña de la muerte

La decisión mortal ya fue tomada en Madrid: Telefónica se va de América Latina, iniciando el repliegue definitivo de sus operaciones en México, Perú, Colombia, Argentina, Uruguay y Chile. Ya lo había hecho en El Salvador, Guatemala, Nicaragua, Costa Rica y Panamá. En los demás países donde aún mantiene presencia, la retirada de Telefónica es cuestión de semanas, horas o minutos. Sólo Brasil, por ahora, queda a salvo del desbroce final generalizado. El nuevo CEO de la compañía, Marc Murtra, ha dejado tres veces clara la nueva hoja de ruta: “la prioridad será Europa, Europa y Europa”. 

Así, Telefónica comunica formalmente el inicio de su muerte civil en la región. Y, con ello, el inicio solemne de su despedida de la tierra bendita de Rivera y Kahlo, Guayasamín y Matta, Bórquez y Vargas Llosa,  Mistral y Neruda, etcétera.  Por eso, el momento justifica elevar una plegaria solemne en memoria de la compañía hispana. No por nostalgia, sino como acto de memoria por un fiel difunto. 

La construcción y el desgaste

Telefónica llegó a América Latina en los años noventa como parte de la gran ola de privatizaciones en amplios sectores de la economía. Se presentó como el rostro moderno de la globalización: eficiente, tecnológica e integrada al mundo. Y en buena medida, ayudó a ampliar las redes, a popularizar el acceso a la telefonía y a reducir algunas brechas históricas.

Sin embargo, su contribución estuvo lejos de ser una desinteresada obra de filantropía. Telefónica operó bajo lógicas que hoy calificamos de privilegio: heredó posiciones dominantes, usufructuó rentas aseguradas por licencias estatales, resistió la apertura plena a la competencia cuando amenazó sus márgenes. Allí donde pudo, ejerció presión sobre reguladores y gobiernos, no siempre a favor del interés público, sino para resguardar su propio equilibrio contable. 

En Chile, aún nos ruboriza que, en 2020 y 2023, Telefónica haya abusado de acciones procesales ante los tribunales para frenar, entorpecer o al menos aplazar el despliegue de 5G, toda vez que de esta forma privaba de ventaja a sus rivales en la puja por las licitaciones. 

Un comportamiento similar habría demostrado Telefónica al norte del continente. “En México, la compañía optó por una estrategia beligerante en la regulación, presionando siempre al regulador (Cofetel, IFT) para establecer medidas más estrictas contra su principal competidor, América Móvil. El regulador (ahora extinto) siguió inopinadamente las demandas de Telefónica, aplicando medidas asimétricas a Telcel, pero no se tradujo en un beneficio real para la empresa española ni en mayores inversiones para el país”, señala Jorge Bravo

Por eso, la retirada de Telefónica no se percibe hoy como una tragedia colectiva, sino como el desenlace natural de una relación desgastada, mal avenida, carente de cualquier affectio societatis. Telefónica no abandona una tierra que la idolatraba, sino que se despide de mercados que, para ella, se volvieron incómodos, poco previsibles, escasamente rentables. En fin, una pesada cruz camino al Gólgota que difiere en 180 grados de los promisorios mercados como Alemania, España y Reino Unido. 

Telefónica no se va por nobleza, sino por cálculo de aritmética básica. Como tantos otros gigantes industriales, entendió que América Latina ya no ofrece las tasas de retorno que su modelos de negocio necesita para pasar a integrar el club de países del G7.

Los motivos del repliegue

“No hay difunto que haya sido malo, ni tampoco novia que luzca fea”, decimos en el sur americano. Sin embargo, este réquiem no pretende ocultar los claroscuros de la trayectoria de Telefónica. Sólo aspira a interpretar lo que el finado deja en el ánimo de los presentes.

A muchos, la abrupta retirada de Telefónica da la impresión de una escapada entre gallos y medianoche. Como si la compañía huyera de algo, en una retirada furtiva que no dejó espacio para los abrazos de despido. Otros, más pragmáticos, interpretan su estrategia como sensata y estoica: mejor beber el amargo trago de una sola vez que prolongarlo a goteras en una agonía.

Ante todo, no parece que Telefónica huya por insolvencia. Aunque sus cifras ya no sacan aplausos, no muestra señales de quiebra terminal, a diferencia de casos como WOM, que terminó peregrinando al Tribunal en Delaware en busca de indulgencias financieras. Telefónica, en cambio, podría haberse jubilado discretamente, con una pensión frugal pero digna.

Tampoco la firma española pareciera huir del futuro digital, aunque eso debe ser matizado. El mundo tecnológico crece, se contorsiona, duele y vitaliza: computación en el borde, Inteligencia Artificial, procesamiento en la Nube, la Cuarta Revolución Industrial. 

Algunas telecos ya se reinventan para ser catalizadoras del negocio B2B, como la empresa Entel que, con su filial Entel Digital, apuesta a disputar terreno a las firmas tecnológicas en el macro-negocio de las soluciones de conectividad. 

Otras firmas, como Telefónica, ven el futuro con interés, pero también con fatiga y pereza. “Antes costaba mucho menos llegar a fin de mes”, pareciera querer decirnos. Algunas voces acusan que Telefónica suele mostrarse renuente a los cambios de época que experimenta la sociedad.  

Eso sí, Telefónica quizá huye, en parte, de la feroz competencia que erosionó las rentabilidades. Ya no estamos en la época dorada de las concesiones monopólicas de fines del siglo pasado. Hoy competir significa enfrentar a tres, cuatro o cinco operadores, todos dispuestos a bajar precios, a innovar, a arrebatar clientes. Telefónica, acostumbrada a mercados más protegidos, encontró en esta jungla poco espacio para replicar su modelo histórico —el modelo chileno de la “sandía calada”—.

Por último, Telefónica pareciera huir, también, de la indomesticable idiosincrasia latinoamericana: inestabilidad política, ingresos rayanos en el umbral de la pobreza, altos precios del espectro, falta de certeza jurídica, trámites regulatorios extenuantes, neo-dictaduras a la carta, etcétera. Todo esto, variable según el país, compone un paisaje que vuelve poco sexy cualquier esfuerzo de despliegue sostenido en la región.

Las preguntas que nos deja

Pero más importante que los motivos de su partida son las preguntas que la retirada de Telefónica nos deja abiertas —y que el viento no se llevará. Preguntas que hoy resuenan como letanías inevitables, repetidas y machaconas, pero no menos ciertas:

  • ¿Cuál es el número óptimo de jugadores en un mercado? ¿Tres, cuatro, cinco? 
  • ¿Cómo monetizar las nuevas redes —5G y fibra óptica— cuando el ARPU no crece y los modelos tradicionales de facturación ya no reflejan el valor generado?
  • ¿Qué ajustes necesita el principio de neutralidad de red para viabilizar el network slicing y el IoT masivo?
  • ¿Hasta qué punto los operadores deben seguir financiando, en solitario, la infraestructura digital que sostiene todo el ecosistema? ¿Hay espacio para el fair-share?
  • ¿Cuánto frena la inversión el engorroso sistema de permisos y licencias que presentan muchos países? ¿Llegó la hora de transitar hacia una regulación y controles ex post?
  • ¿Es posible emparejar definitivamente la cancha entre operadores tradicionales y servicios OTT?
  • ¿Qué rol deben asumir los reguladores y las autoridades de competencia en esta nueva era de convergencia del mundo telco, tecnológico y audiovisual en lo digital?

La partida de Telefónica no es un simple episodio corporativo. Pareciera ser un síntoma de agotamiento estructural. Si no se redefine el modelo telco en América Latina, tarde o temprano otros réquiems podrían venir. 

Telefónica no huye de América Latina por simple cobardía. Se repliega como el soldado que arranca porque reconoce que ésta ya no es su batalla. Regresa a Europa, a un terreno que siente más predecible, más rentable, más suyo.

En lo que sembró e hizo progresar al continente, es justo reconocer el legado de Telefónica. Pero su retirada también marcará el acta de defunción de un modelo que ya no tendría cabida en el futuro que buscamos construir. Este es, pues, su réquiem. No un canto de nostalgia, sino un acto de memoria. Y, sobre todo, un punto de partida para pensar lo que viene. 

¡Telefónica en América Latina, requiescat in pace!